CRÓNICA DE MI VIUDEZ

CRÓNICA DE MI VIUDEZ

El día que murió Isabel, murió gran parte de mí. Creo que, hasta cierto punto, también morí yo, dos veces, aquella noche de febrero.

Compartimos juntos 26 años. Era imposible imaginarme una vida sin ella, era imposible imaginarme una muerte sin ella.

Estar sentado en esa sala callada, con sollozos disimulados, y observar al médico decirme que se fue, simplemente me pareció surreal.

El 27 de febrero de 2023, mientras regresábamos de una fiesta, una llanta se reventó y me obligó a orillarme.

Bajé del carro y fui a ver cuál era; se trataba de la posterior derecha y me detuve a renegar en silencio.

Isabel siempre me pedía calma en esas situaciones y, con los años, aprendí a serenarme; pero, había momentos con los que simplemente no podía.

Ese, precisamente, era uno de esos momentos.

Con la mirada en el reloj, me dirigí a colocar el triángulo de seguridad para empezar a cambiar el neumático.

De regreso al auto, pude ver en el retrovisor el rostro de Isabel iluminado por una fuerte luz. La verdad, no entendía qué estaba pasando.

Desde aquí, todo fue como en cámara lenta.

Isabel se desabrochó el cinturón, y se dispuso a bajarse del auto.

La luz fue aumentando su intensidad.

Al voltear el rostro, pude ver cómo un camión se acercaba a toda velocidad.

Mis ojos volvieron a Isabel, di uno o dos pasos hacia ella; pero, el aire que movía aquel mastodonte me tiró a un lado de la carretera, mientras colisionaba contra nuestro auto.

El ruido fue ensordecedor. El olor a combustible y a frenos quemados llenó el ambiente.

Los oídos me zumbaban en un pitido infernal.

Cuando recobré la conciencia, mi carro yacía a unos ochenta metros de mí, sobre el pastizal de la berma.

Me reincorporé y empecé a gatear y luego a correr hacia Isabel.

Ella estaba bañada en sangre, inconsciente y atrapada entre la hojalata que se había convertido en su jaula.

Al verla, morí por primera vez esa noche.

Desesperado, cogí el teléfono y llamé a emergencias para reportar el accidente.

Durante la llamada, Isabel recuperó la conciencia, me miró, se esforzó por dibujar una sonrisa y luego compungió el rostro.

Alonso, mi amor, ¿estás bien? -preguntó.

¿Cuánto amor podía tener esa mujer?, ¿cuánto me llegó a amar?, traté de decirle que estaba bien, que ella permaneciera quieta, que no hablase, que pronto llegaría la ayuda, que ya estaba en camino.

No sé si lo logré.

No sé si pasaron quince minutos o una hora. Cuando llegaron los bomberos empezaron a tratar de abrir con sus ganzúas la hojalata para liberar a Isabel.

A pesar del evidente dolor que sufría Isabel, no se quejó, no gritó, no maldijo. Miraba con esperanza a los bomberos, quienes hacían todo lo posible para sacarla de aquella prisión.

Insisto, no tengo idea cuánto tiempo tomó; pero, lograron sacarla y colocarla en una camilla con un collarín.

Aplicaron varios torniquetes y le colocaron un suero mientras la subían a la ambulancia.

  • ¿Es usted su pareja? -preguntó un bombero.
  • Su esposo -respondí.
  • Suba a la ambulancia con nosotros, apúrese -me ordenaron.

 

Más rápido que inmediatamente trepé a la parte posterior de la ambulancia. Era la primera vez que estaba en una.

Isabel permanecía en una serena y dolorosa calma. Yo le pedía a Dios su fuerza para estar firme para ella; pero, por dentro mi corazón estaba en la más absoluta anarquía.

Al llegar al hospital, los médicos me preguntaron su grupo sanguíneo y si tenía algún tipo de alergia a medicamentos.

  • Es O positivo y no tiene alergias -respondí, mientras se llevaban a Isabel al interior de la sala de emergencias.

 

Antes de que se cerrara la puerta pude ver cómo Isabel me saludaba con los dedos.

En aquel momento lo sentí como un: ya regreso cariño. Cuatro horas más tarde, descubrí que se trataba de un adiós.

Aún no entiendo la razón del proceso de reconocimiento del cadáver.

Sí sabía que era mi esposa la mujer que entró. Yo les di todos los datos, yo estuve ahí cuando ese animal nos impactó, yo la acompañé en la ambulancia.

  •  ¡Joder!, ¿era necesario que tenga que ir a reconocerla?, ¡Sí, doctor, esa es la mujer de mi vida!, ¿puede hacer algo para enviarme a donde ella está en este momento? -pensé.

 

Los médicos cayeron en cuenta que yo también estaba ahí… ileso.

Tenía un par de raspones que impedí que me curaran, me parecía una ridiculez, una ironía de la vida ver a mi mujer destrozada y yo sólo tener un chichón, iyo debería estar en esa cama de metal!

El velorio fue horrible. Isabel fue una mujer demasiado buena con demasiada gente, ojo, esta no es la típica canonización de un muerto fresco.

Dicen que nadie es más bueno que un recién fallecido. No era el caso de Isabel, ella era genuinamente una santa.

La fila de personas que llegaron a darme el pésame era interminable.

En verdad, yo sólo quería que nadie más viniera. Tuve tantas veces ganas de mandarlos a la mierda, de pedirles un respetuoso silencio o simplemente que se largaran; pero, no lo hice.

La voz de Isabel me acompañaba en cada furia y me serenaba y cada que pasaba eso sentía más ganas de morirme, ¡yo debería estar en ese cajón!, ¡joder!

El paso por el cementerio fue más de lo mismo. Mis ojos evitaban el cajón, como un vano intento de no creer que eso era lo que estaba sucediendo.

Luego de las ceremonias, las palabras, los rezos, los pésames y los llantos, tuve que volver a casa a lidiar con la ropa en el armario, su cepillo de dientes y aquella horrorosa leche de soya que tomaba cada mañana.

Esa fue una segunda tortura, ¿o fue la tercera? A estas alturas, ya no tenía clara la cuenta de todos los círculos del infierno que recorrí, desde la muerte de mi amor.

Han pasado dos años y días desde que Isabel murió y hoy la he recordado demasiado.

Hoy, después de todo este tiempo, salí a tomarme un café con una amiga.

Creo que nunca en mi vida sentí tanta culpa.

Fue un café, sólo eso, no fue necesario más para sentirme un asqueroso infiel, un desleal, un traidor.

Sé, en el fondo de mi corazón, que Isabel jamás desearía que yo pase el resto de mi corta o larga vida de luto; pero, no puedo dejar la culpa.

Me reí con ella, flui con ella, en verdad la pasé muy bien.

Es la primera vez que salgo a un café desde que murió Isabel y creo que será la última en mucho tiempo.

No puedo con la culpa, estoy jodido.

En verdad no puedo dejar de sentir que yo debí haber muerto aquella noche, no dejo de pensar en tantas muestras de amor que tuvo, incluso en aquel doloroso final.

Aún no sale de mi mente su voz, ella es la voz de mi propia conciencia.

La extraño tanto que, todas las mañanas, tomo una taza de esa asquerosa leche de soya. Creo que el día que deje la soya, estaré listo para seguir adelante.

Por ahora no me debo aventurar. No estoy listo para sentirme bien, creo que, así miserable como vivo, es un justo estado para mi alma.

Al final, todo se reduce a esto: nunca seré capaz de matarme; pero, tampoco encuentro justo ser feliz, no después de Isabel.

 

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6 respuestas

  1. Fernando,
    Has captado muy genuinamente la devastación de un corazón partido de dolor, un relato que se me ha hecho muy rápido de leer, pero se siente el dolor de Alonso en cada palabra. Ese sentimiento de serle infiel a la persona que ya no está ahí es bastante horrible.
    No sé si Alonso es una persona real, pero dan ganas de rezar por todos los que sufren la pérdida de quién amaron.
    Incalificable, sigue así.

  2. Poniéndome al día con tus historias, me encuentro con esta que me hizo recordar y recorrer una historia similar bastante personal. Y si, la culpa dura incluso más tiempo que la pena.

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