DIEZ SOLES

DIEZ SOLES

A bordo de su canoa, Marcial Santiago llegó a su choza de pona e irapai para descansar después de toda una noche pescando en el Nohaya.

El verano estuvo duro, el río bajó más de lo esperado y la pesca se complicaba. Encontrar peje era un problema; pishtarlo, salarlo, secarlo, sacarlo y venderlo era casi imposible.

Días duros los que la familia Santiago Noronha atravesaba en medio de la espesura de la Amazonía ucayalina.

Al bajar Marcial llevó con él su remo, las pocas lisas y palometas que logró pescar y su tarrafa que se puso al hombro, luego de calzarse sus shinelas.

El suelo estaba seco, no había ni barro en la orilla, la manta blanca zumbaba a esa hora de la mañana y el mapacho fue el único aliado que encontró para abrirse paso.

– Si la cosa sigue así, voy a tener que ir a la ciudad, ¿cómo ya? -Pensaba Marcial en su camino.

Su casita quedaba a unos doscientos metros de la orilla, entre capironas y una única lupuna, al fondo de su pequeña chacra de yuca, frejol y maíz.

Al llegar, Marcial subió los cuatro peldaños de su endeble escalera de tablas y entró en silencio.

En su cama yacía Dolith, su mujer desde hacía más de diez años, y, al lado de ella, un hombre de unos veinticinco años, profundamente dormido.

El sujeto y su mujer estaban desnudos, sudados y todo el cuarto apestaba a sexo.

Marcial abrió y cerró los ojos cinco veces y guardó el silencio con el que había entrado.

– Ya creo que me he confundido de casa -pensó inicialmente.

Cuando cayó en cuenta que no estaba alucinando, sino que al lado de su mujer había un chibolo, empezó a caminar despacio.

No le quitaba la vista al mancebo durmiente. Sabía que lo había visto antes, pero no recordaba bien dónde.

Una de las ventajas del emponado es que poco o nada suenan los pasos así que, cuando estuvo lo suficientemente cerca, bajó las escaleras y salió al patio.

– ¿De dónde le conozco? -repetía una y otra vez para sus adentros.

Afuera de su casa, vio las lisas y las palometas y recordó que aún no las había pishtado, verbo empleado en la selva para definir la acción de eviscerar un pescado.

Con un cuchillo, del tamaño de la palma de su mano, y sobre una tabla de madera, Marcial empezó a limpiar el pescado, quitarle todo por dentro, lavarlo y hacerle unos cortes superficiales para salarlo y dejarlo secar al sol.

Sus manos trabajaban los pejes, su cabeza intentaba saber de dónde conocía al tipo con el que su mujer le estaba siendo infiel.

Luego de procesar el pescado, se fue a la parte de atrás de su casa y sobre una mesita, puso los pescados y los cubrió con un mosquitero viejo y roído por el tiempo.

– Alguna vez fue blanco -recordó Marcial viendo el tul ajado.

Ese fue uno de los pocos regalos que recibieron cuando se casó con la mujer que hoy dormía junto a…

– ¡Gregorio! ¡Ese es su hijo del compadre Manuel! -murmuró entre dientes- Ese es el Gregorio, ya me acordé.

Era raro, Marcial sonrió al momento de recordar de dónde conocía al amante de su mujer.

Ya con la faena concluida, cogió un poco de agua limpia y se lavó las manos, el pecho, los hombros, la cara y el cuello.

El ruido del agua sobresaltó a Dolith, quien despertó con su movimiento a Gregorio.

– Mi marido, so huevón, nos quedamos dormidos -dijo furibunda al oído de su amante.

Marcial escuchó ruido en la habitación y se acercó a las escaleras, no sin antes haber cogido su retrocarga de cañón recortado.

Gregorio intentó cambiarse con sigilo para salir corriendo por la chacra y perderse en el monte.

– No se apuren, aquí los espero y ni corran que les meto un tiro -dijo en altavoz Marcial.

El mensaje heló a los amantes en su lecho percudido por el sudor y la traición. Gregorio buscó los ojos de Dolith, pero ella estaba ida.

Haciéndose de algo de valor, Gregorio salió primero de la habitación y encontró a Marcial sentado en las escaleras.

– Don Mashico… -intentó decir Gregorio, cuando fue interrumpido.

– Don Mashico me dices, so mierda, Don Mashico, si sabes quién puta soy y sabes que esta es mi casa, ¿me puedes decir qué putas haces con mi mujer?

– Varón, no es lo que piensas -dijo sin quitar la vista de la escopeta- no sé qué pasó.

Marcial respiró hondo, sonrió y gritó.

– Mujer, óyelo, dice este huevón que no sabe cómo te ha fushiliqueado anoche.

Dolith salió y se asustó al ver a su marido con la escopeta entre las manos.

– Mira pues mujer, dice que no sabe qué pasó tu moshaco, ¿con esa cagada te has ido a meter? -dijo con una mezcla de furia y dolor Marcial- Yo te voy a decir qué ha pasado, tú te has tirado a mi mujer y ahora lo vas a pagar.

Ambos amantes se vieron a los ojos y volvieron a la vez la mirada sobre Marcial que no dejaba de ver a Dolith a los ojos, mientras a ella se le inundaban de lágrimas.

– Mi amor, yo te puedo explicar -le dijo su mujer- no es lo que parece.

Marcial esbozó una sonrisa, cerró los ojos y meneó la cabeza de derecha a izquierda con una calma que asustó aún más a los amantes.

– Mujer, está bien que tenga cuarto de primaria y que no sea tan inteligente, pero tampoco me hagas burro, ¿cómo puta es que no es lo que parece? -insistió.

Mirando por primera vez con detenimiento a Gregorio a los ojos, Marcial le dijo:

– Te tiraste a mi mujer, págame.

La premisa desconcertó al remedo de amante que no entendió, ¿Con qué se suponía que debía pagarle? ¿Cómo debía pagarle? ¿Cuánto debía pagarle por haberse acostado con su mujer?

– Apúrate, adefesio, no tengo todo el día, paga y lárgate antes de que te pegue un tiro -sentenció Marcial.

Gregorio empezó a revisar sus bolsillos y sólo tenía unas monedas y un billete de diez soles.

Aún sin entender la indicación de Marcial, Gregorio intentó preguntarle algo pero, él ni siquiera le permitió decir una palabra.

– Dime algo y te baleo, paga y lárgate conchatumadre.

Gregorio metió inmediatamente la mano a su bolsillo trasero, puso el billete en el piso y empezó a caminar en sentido contrario a Marcial.

Un paso… dos pasos, cuando vio que no seguía siendo apuntado por la escopeta, saltó del emponado y empezó a correr por la chacra como si hubiera visto al tunche.

– Diez soles, mujer, eso es lo que vales, no vales ni lo que cuesta un cartucho… estás cagada, lárgate y no te quiero ver más.

Dolith ingresó a la habitación, mientras Marcial caminaba con sus shinelas, su pantalón de tela remangado y su camisa celeste ajada hacia la orilla.

Ahumando las penas con un mapacho, Marcial se preguntó cómo haría para llevar el pescado a la ciudad cuando terminara de secarse en dos o tres días.

Adentro de la habitación, la traidora empezó a recoger sus prendas en una bolsa de rafia azul y blanco. Cuando soltó la primera blusa dentro del costalillo, Dolith empezó a llorar.

3 respuestas

  1. Son historias tan reales que pasan en la vida cotidiana del ser humano, pero para mi lo mejor fué la humillación que nunca podrá olvidar la mujer, y el hombre que se llevó el susto de pensar que pudo haber muerto, Muy bien narrado tu relato Fernandito. Sigue asi.

  2. Don Mashico, supo regular sus emociones🤪aunque parece que aprovechó la situación para sacar dinero..ya que había otra situación mayor que le preocupaba. esperando la segunda parte.

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