EL CONFIABLE MARTÍNEZ

EL CONFIABLE MARTÍNEZ

Sentado y mirando la silla, ahora vacía; el confiable Martínez cayó en cuenta que la había perdido para siempre.

La silla, ahora vacía, estaba frente a una taza de café que aún humeaba débilmente, en el aire, el aroma del café y del perfume de Alicia aún eran perceptibles.

– Era té, no café -refunfuñó Martínez.

La taza estaba en la mesa que instaló en su habitación Martínez para compartir con ella. El mantel blanco de última calidad estaba sucio, sucísimo, casi tanto como la ropa que alfombraba el cuarto.

Martínez no terminaba de entender en qué momento se había jodido por completo su relación.

Esta vez, el confiable Martínez no estaba dispuesto a salir corriendo a suplicar porque no se vaya -una vez más- y que se quede para solucionarlo.

Esa pizca de orgullo, que destelló como pirita en el socavón, lo llevó a esperar unos minutos antes de salir y encontrar la sala, también vacía de ella.

Su aroma era débil, pero claramente había salido por ahí de aquel lugar al que Alicia no volvería más.

Y el no retorno de Alicia respondía a un agotamiento histórico de aquel viaje de la vida que reemprendieron hace tres años.

– No doy más -pensó Alicia al ponerse de pie y salir de la casa de Julián Martínez, el confiable Martínez.

Alicia sufría la insoportable levedad del ser de Martínez. Era un tipo ridículamente predecible, absurdamente aburrido y negligentemente terco en defectos profundos.

Incapaz de poner límites y de representar un desafío para ella, Julián era el tipo al que ella podía mediocremente acudir -y al que acudía- desde hacía más de un lustro por afecto y atención.

Ella estaba convencida de que lo amaba, pero había cosas que no terminaban de cuajar. Siempre recordaba los idilios del ayer como un lugar al que no podría volver nunca.

Recordaba los tiempos cuando ella miraba con ilusión y desbordada de amor por Julián. Recordaba su cara y se preguntaba dónde estaba esa mujer, dónde estaba esa que anhelaba a su hombre.

Sin decir una palabra, sabía algo que Julián no: ya no lo amaba.

El confiable Martínez era el tipo de personas que tenían fobia a las ausencias, desde que su padre se fue, todo vacío era invivible.

Para él, hacer lo que fuera por la persona que decidiese estar a su lado era un no negociable: tenía que hacerlo.

Que Alicia se haya fijado en él significaba lo mejor que le había pasado en muchísimo tiempo, por no decir en toda su insípida vida.

– Era té, carajo, sabía que tenía que ser el té. No creo que hayan sido las medias para dormir -se cuestionaba Martínez.

Julián era confiado, absolutamente crédulo, pero no era idiota. Sabía que su relación se estaba desmoronando, pero no entendía el porqué.

Si no era la bebida, serían quizás esos calcetines que tanto odiaba Alicia; o quizá el hecho de que ningún perfume le asentase bien.

Quizá era su insomnio recurrente. Quizá… no. Todo era un eterno quizá.

Cuando rebobinaba los momentos de aquel segundo capítulo, veía cómo fue un proceso decreciente, nunca un paso adelante, tal vez uno al costado para evadir una nueva mala fortuna, pero nada de avance.

Mientras Alicia se sellaba en su impenetrable coraza, Julián cedía más y más, convirtiéndose en un tapete humano.

Para Julián, estar para ella sin importar lo que sea que él sienta, quiera o espere de la relación estaba bien, era lo que le correspondía hacer.

Alicia, por su parte, llevaba tres años esperando a que, de alguna misteriosa manera, Julián un día recibiese el vigor en las pelotas y tomara las riendas de su vida; y quizá, con mucha más gracia, las de su relación.

Alguien dijo alguna vez que la gente cagada caga gente y entre las heridas de infancia de Alicia y los traumas de abandono de Julián, el confiable Martínez, se habían encontrado el hambre y la sed.

Nadie hablaba, nadie planteaba. Ella se dedicaba a mirar, juzgar y anhelar un hombre que no vivía en él y él, por su parte, no entendía qué más podía hacer para que ella se enamorase una tercera vez.

Que fuera café en vez de té no fue el detonante de aquel rocambolesco instante. Era el hecho de que haya elegido el peor de los días de su semana para intentar un amague de cita.

Lo que Julián desconocía era que, así hubiese acertado en todo: el lugar, el momento, el té… nada habría generado una reacción distinta en Alicia, ella estaba harta y explotó con una nimiedad.

Cuando alguien tiene las maletas emocionales hechas, el pasaporte a la mano y el tique comprado a cualquier lugar que no sea donde está en ese momento; el detonante puede lo que sea, hasta una taza de café.

Los vacíos que ambos poseían eran la amalgama que sostenía la relación, pero ninguno era capaz de decir por qué se quedaba o, peor aún, por qué era incapaz de partir.

Lo cierto es que había mucho entre ambos, pero me atrevería a decir que el amor no era una de aquellas muchas cosas.

No son pocas las veces que, como Alicia y Julián, el confiable Martínez, llamamos amor a lo que ni de cerca lo es, confundiendo aún más las cosas.

El confiable Martínez era el apodo que Alicia y su grupo de amigas le habían puesto a Julián; por su parte, los amigos de Julián llamaban a Alicia, Chávez, en honor al tirano bananero del Caribe.

Al confiable Martínez no le hacía la más mínima gracia el apodo, pero ni siquiera ahí era capaz de establecer un límite.

Cuando en su familia alguien tenía que perder y comprender que era por el bien de la familia, el sorteado siempre era Julián.

Cuando él buscaba sentirse algo bien, el dinero que no tenía era su mejor aliado y los prestamistas formales, informales y hasta ilegales eran sus cómplices.

Alicia lo descubría de a uno por mes y sólo atinaba a decepcionarse más y más.

– No te pido lo que no tienes, sólo sé tú mismo, por favor -dijo alguna vez Chávez.

¿Cómo ser uno mismo, cuando tu naturaleza es la de mimetizarte y ser quien la otra persona necesita, quiere o espera?

Aquel pedido de Alicia fue algo que, genuinamente, no pudo comprender Julián. Como dicen hoy los jóvenes, esa de ser él mismo no se la sabía.

¿Quién podría amar a alguien como él? Se preguntaba una y otra vez, mientras concluía que aquel pedido de su mal-amada era un desacierto.

– Estoy seguro de que no quieres que sea como soy, porque te irías en menos de una semana -respondió para sus vísceras.

Julián volvió al cuarto y mirando aquella taza de café, que poco a poco dejaba de humear; el confiable Martínez cuestionó aquella resolución a la que había llegado hacía dos años, la de no ser él mismo.

Alicia no corrió aquella vez, sólo llegó al límite de su tolerancia y se fue caminando lentamente, bajó las escaleras y siguió por la vereda hacia ningún lugar.

Creía que lo quería, sabía que lo detestaba y se cuestionaba por qué no podía irse con felicidad o quedarse con esperanza junto al confiable Martínez.

Sobre todo, ella sabía algo que él no: aquella sería la última vez de la última vez que ambos se harían daño.

La distancia podría doler, pero nada iba a doler más que seguir viviendo una mediocre vida al lado de aquel confiable varón.

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