Parado en la azotea, donde alguna vez tuvo una aproximación telefónica con su musa, el escribidor recordó las tres columnas truncas que escribió esa semana.
Fue una semana agitada. Después de varios meses, el escribidor fue sacado de su casa a la capital para atender menesteres laborales.
A pesar de que le cuesta admitirlo, el escribidor es un tipo apegado a un ritmo de vida bastante predecible.
Desde que decidió empezar a ir al gimnasio, los días dejaron de ser los mismos.
Todos los días, al despertar, el escribidor empieza una revisión sistemática de sus responsabilidades laborales digitales, correos, redes sociales, páginas webs, llamadas, entre otras.
Luego de atender cualquier contingencia, el escribidor se disfraza de atleta, uno bastante fornido y optimista, y se dirige al gimnasio.
En la casa de los gemidos, el escribidor también tiene una rutina diseñada según sus conocimientos en preparación física.
Es bastante irónico; pero, a pesar de su voluptuosidad, el escribidor alguna vez fue un deportista destacado.
La rutina consta de media hora de cardio, una serie de ejercicios con mancuernas y barra para brazos y tronco, y una serie de máquinas para abductores, cuádriceps y glúteos.
Cuando empezó, el escribidor llamaba a su manera de ir al gimnasio: “lo que creo que está bien”; pero, semanas después un buen amigo preguntó:
- Hermano, ¿cómo estás entrenando?, ¿tienes asignados días para cada grupo muscular?
- Hermano, con ir ya tengo bastante -respondió.
- Pero ya, o sea, sé que estás asistiendo; pero, ¿qué haces? -replicó.
Básicamente el escribidor enumeró las actividades antes señaladas, a lo que su buen amigo, el locutor, le dijo:
- Ok, ok, entonces tú entrenas circuito.
Circuito, ese era el nombre del tipo de entrenamiento que hacía el escribidor al pasar por varios grupos musculares en cada sesión.
Luego de casi dos horas de gimnasio, el escribidor baja a almorzar a un menú en el que le preparan un buen plato de ensalada fresca y un fondo con pocos carbohidratos.
Es extraño, desde que el escribidor empezó a asistir al gimnasio, su estado de ánimo cambió rotundamente.
Alguna vez, conversando con él, el escribidor me confesó entre risas:
- En verdad, hasta tengo ganas de vivir, de hacer cosas, de moverme ¡hasta quiero trabajar!
Luego del almuerzo, el escribidor se mueve a la oficina donde continúa sus actividades laborales con los pendientes y demás acciones relacionadas con su oficio de comunicador digital.
Esta visita a la oficina, iniciada con regularidad desde que empezó a tener actividad física, puede ser breve o extenderse muchas horas.
Siempre dependerá de la demanda de servicios o productos a realizar.
Por las noches, de regreso a su realidad de soltero involuntario, el escribidor se prepara algo para cenar, lee un poco, observa entrevistas y se prepara para el abrazo de las musas del sueño.
Esto, todos los días, de lunes a sábado. Otro día les contaré cómo Charlie y Nito describieron a la perfección, hace más de cincuenta años, lo que son los días del Señor para él.
Viajar a Lima, representó para el escribidor una gran incomodidad.
- Hermano, tengo que llevar ropa de gimnasio, mis zapatillas -me dijo.
La verdad, quedé sorprendido. Creí que este reciente viaje a Lima representaría unas ansiadas vacaciones de su ritmo frenético con los ejercicios y la comida pensada.
Me sorprendió gratamente saber que se encontraba buscando espacios para hacer algo de ejercicios y que lo cumplió.
Lo que no sospeché fue que el escribidor sufriría con el desorden, la bulla y la nostalgia que la capital le proporcionaría.
Parado en la azotea, donde alguna vez tuvo una aproximación telefónica con su musa, el escribidor la recordó y volvió a lamentar su sequía.
Por el viaje de trabajo, el escribidor tuvo la ardua misión de ir a un club costero de la capital a exponer sobre las bondades y el accionar social de la empresa para la que trabaja.
Estar ahí, conocer nuevas personas, disfrutar del paisaje y las vistas, fue un regalo para su borrascoso corazón.
Fue un regalo que, como todos los regalos recibidos en la última temporada, los acoge con una ridícula culpa.
Nunca es bueno hablar en nombre de alguien más; peor aún si ese alguien no está presente; pero, creo no equivocarme al decirlo.
La etapa de la vida del escribidor es una donde empieza, poco a poco, a ocurrirle cosas buenas.
Cuando una persona está acostumbrada a manejar en caminos sinuosos o a cruzar mares crispados, la calma puede resultar sospechosamente incómoda.
Los días buenos y bonitos que atravesó, conociendo gente nueva, reencontrándose con personas que no veía hace mucho, le quitaron tiempo.
Creo, firmemente, que las mejores escenas de la vida no son fotografiadas porque andamos más ocupados en vivirlas que en registrarlas.
Escribir es el arte de dejar un registro de las cosas que viven, vivieron o podrían vivir los seres y criaturas del mundo.
El escribidor anduvo lo suficientemente ocupado y nostálgico como para iniciar tres columnas y no poder acabar ninguna de ellas.
La primera que planteó fue una historia de un hombre mayor recordando pasajes de su vida, mientras contemplaba un atardecer en la playa.
Conversando con su editora, la gran Regina, el escribidor tuvo a bien conceptualizar la historia; pero, reservarla para un momento en el que cuente con tiempo.
Creo que no lo he dicho aún; pero, el escribidor suele escribir la noche del miércoles o jueves, después de una semana de darle vueltas a un millón de ideas en su cabeza.
Esta semana, el miércoles por la noche se vio revisando la exposición junto a su jefe y la noche del jueves fue simplemente para caer rendido de cansancio.
El viernes no fue distinto, pero decidió intentar una nueva columna, esta vez procuraría un relato descriptivo sobre lo observado en el club.
Una confesión más, para quien lea esto, el escribidor sabe fluir en múltiples elementos; eso incluye los nebulosos espacios de la alcurnia peruana.
Así, el relato Memorias de un club, intentaría ser un ejercicio descriptivo desde la psicología de las interacciones humanas.
Una vez más, en la misma semana, el escribidor fracasó al observar que la columna se había convertido en un ensayo sobre lo que significa ser pituco.
Lo peor de todo era el hecho de que, debido a la cantidad de pausas que tuvo al escribir, que el ensayo tenía demasiados temas abiertos.
Al escribir, es importante que todas las puertas abiertas se cierren o, al menos, se sepa por qué rayos la dichosa puerta quedará abierta.
No era una mala columna; pero, necesitaba de un tiempo que no tenía para escribirla como se debía.
Sábado por la mañana, el escribidor amaneció con la visita de dos grandes amigos, Madame Sonrisa y Don David.
Juntos fueron al gimnasio y pasaron gran parte del día.
De la interacción con sus amigos y las historias que le contaron aquel sábado, el escribidor albergó un pensamiento en el corazón:
“El precio de la cobardía de tu silencio es ver a la mujer que amas en los brazos de un valiente”
Con esta premisa, el escribidor se dispuso a escribir una historia de amor entre dos chiquillos en el Mar.
La historia era prometedora; pero, el mezquino tiempo y el síndrome del impostor salieron juntos, después de hacer el amor, y empezaron a turbar al escribidor que, parado en aquella azotea, recordó una vez más aquella conversación telefónica con su otrora amada.
En medio de la tribulación, del barullo emocional e intelectual, Regina llamó al escribidor:
- ¿Se puede saber a qué hora me vas a enviar tu columna?
- Dame unas horas, aún no sé de qué escribir -respondió el escribidor.
- Bueno, me escribes eso y me lo mandas ¡ya! -sentenció Regina.
El escribidor, con la vergüenza de haber incumplido su itinerario después de treinta y dos semanas, se sentó y empezó a escribir: Parado en la azotea, donde alguna vez tuvo una aproximación telefónica…
__________________________________________________________________________________________________________
Adquiere mi novela Historias de Cuarentena AQUI
6 respuestas
Siempre sale lo bonito en medio de tanta incertidumbre… Y la verdad que escribir de lo que se pasa al no poder escribir es algo bueno, al menos te hace entender algo de lo que pasa y bueno el empujoncito de Regina también ayuda jajaja
Y es que siempre que leo tus relatos pienso en cómo le haces para tener la inspiración necesaria y dejar fluir todo en ti para que el resultado siempre sea buenísimo 👌😁
Una salidita a escribir me agrada jsjs, dicen que el mejor jugo sale al expimirlo (Regina al escribidor xd).
Muy buena historia joven Fer ✨💗
Fernando, qué es esto!!!
Convertiste la historia de una sequía literaria en probablemente tu mejor relato a la fecha!
Dan ganas de pegarle al dichoso escribidor por cocinar un postre con ingredientes con los que nunca había trabajado y que salió muy bien por razones que solo Dios sabe.
Por una vez amé odiar tu relato o quizás, odio amarlo!!!
Excepcional
Excelente historia 💪 un fuerte abrazo Fer!!!
Una obra de arte sobre la falta de tiempo, no de inspiración jejeje. Esa nunca falta!