Escribo esto con mi computadora entre las piernas, en el asiento número diez del carro de las 4:00 p.m. que sale de Pucallpa a Huánuco porque tengo que darle un abrazo a un hermano.
Pasa que, menos de dos meses después del fallecimiento de su padre, por complicaciones coronarias, esta madrugada ha fallecido su madre, mi tía Rosarella.
Estoy seguro de que este será uno de los viajes más incómodos y dolorosos que haré, tiene todos los elementos para así serlo.
Hablemos de lo doloroso.
Alexander y Piero son mellizos, mis únicos amigos mellizos y los conocí en segundo o tercero de primaria, ya no recuerdo bien.
Desde el inicio entablamos una linda amistad que se cultivó con los años y que, a pesar de la distancia, nos llevó a visitarnos y compartir grandes momentos.
La tarde de ayer sábado 26 surgió un impulso, desatendido, en mi corazón: llamar a Alex, saber cómo estaba.
El primer dolor que guardo en el pecho es no haberle hecho caso a Dios, con aquella inquietud, y no haber llamado.
Me duele, particularmente, porque hacía una semana me encontraba en un bus de transporte público en Lima narrando un cuento que justo hablaba de eso: de no postergar los besos.
La noticia de la muerte de mi tía Rossy me golpeó duro, me sentí un fariseo, un pésimo amigo, un hipócrita.
El cuento en cuestión termina con una reflexión que dice:
– Si tienes alguien especial en la vida: una madre, un padre, hermanos, pareja o amigos, no dejes de darle un beso cada vez que puedas…
Maldita costumbre de hablar más de lo que hago, de lo que acciono.
El segundo motivo de dolor, que surge del amor que tengo por la familia Franceza López, es que, a principios de junio, mi tío José, esposo de Rossy y padre de Alexander, Piero, Angelo y Luiggi, falleció.
Con el pasaje en la mano, fue imposible que aborde el bus para darle un último adiós a mi tío José y un abrazo a mis hermanos.
El trabajo, las responsabilidades y los pendientes hicieron imposible mi partida y me dejaron con ese dolor en el corazón.
Durante este tiempo he llamado un par de veces a Alexander, mi socio, mi hermano, uno de mis pocos amigos de infancia.
Ambos sabíamos de la condición de mi tía Rossy, venía batallando hacía años contra un agresivo cáncer que finalmente se la llevó esta madrugada.
No lo dudé ni un instante: armé una maleta, con lo primero que encontré y salí al terminal.
Al llegar, me ofrecieron un pasaje en el siguiente carro, al doble del precio regular, porque estamos en el marco de las celebraciones de la independencia del Perú.
Yo soy un tipo muy comodón y, con los años, me he vuelto peor.
Tuve que tomar el bus que había, no el que quería. Necesito llegar lo más rápido que pueda a Huánuco y abrazar a mis hermanos.
El bus es uno de línea regular, regular turando a debajo del promedio, muy por debajo.
No hay aire acondicionado, los asientos tienen mil años; pero, hay un hermoso paquete de bolsas blancas colgando en la primera fila.
Estas bolsas están estratégicamente dispuestas para que dispongan de ellas aquellos pasajeros que sufren de náuseas y sus consecuentes vómitos, durante este tipo de travesías.
Ese paquete de bolsas es un presagio de lo que puede y va a suceder.
Fui uno de los primeros pasajeros en abordar y pude ver cómo, al menos, diez personas arrancaron bolsitas efusivamente del paquete: se viene una jornada larga.
No quiero pensar en eso; pero, es inevitable.
Escribiendo esto he caído en cuenta que no estoy trayendo ningún abrigo. En verdad que va a ser un tema esta ruta.
No me queda más alternativa que aguantar y disponer de este tiempo para escribir mi columna de la semana y rezar por el alma de mis tíos.
Eso, y guardar con cariño los recuerdos que tengo de mi tía Rossy.
Creo que el último recuerdo que tengo de ella es verla en la hacienda Cachigaga, haciendo panes artesanales en el horno de la casa de adobe.
Sus panes fueron una lección aprendida durante la pandemia y recuerdo lo sabrosos que eran, los recuerdo bien porque los disfruté y porque llevé una bolsa de ellos en la mano hasta Pucallpa.
Recuerdo su amabilidad, siempre fue una mujer atenta, cariñosa y emprendedora.
Siendo madre de cuatro hijos, no recuerdo a mi tía Rossy sin trabajar o sin emprender algún negocio. Siempre la quise y admiré.
La muerte de un ser querido siempre es un evento de reflexión.
El principal dolor que sentimos es la pena de no volver a ver físicamente a aquella persona en nuestros días.
Es un dolor egoísta; pero, completamente natural.
Disculpen el desorden; pero, tengo el corazón hecho un cristo.
Acabo de pasar por la antigua casa de la familia Franceza López en Pucallpa, el molino del kilómetro doce.
El tío José era administrador de una serie de molinos familiares que abastecían de harina de trigo y otros subproductos a grandes empresas.
De esa casa tengo algunos recuerdos muy lindos, de los mejores de mi infancia.
Recuerdo, por ejemplo, cuando jugábamos con pistolas de balines en medio de los sacos de harina, cuando nos resbalábamos por los toboganes o cuando nos accidentamos en una moto que sacamos sin permiso.
Cómo no recordar la vez que Contreras, el perro más bravo que he conocido, decidió servirse un buen bocado de mis costillas.
Quien atendió a aquel puberto, aterrorizado y adolorido, fue mi tía Rossy.
Creo que ella siempre supo el cariño que le tenía a ella y a su familia. Creo que siempre supo que era una segunda madre para mí, mi madre huanuqueña.
Desplazándome a su velorio y entierro, pienso en lo agradecido que estoy con Dios por haberme permitido conocerla, por haberme permitido sentir su amor y por el ejemplo de madre y mujer que me brindó.
Creo que no tengo más para decir sobre ella, el dolor en mi corazón y mi sed por abrazar a mis hermanos es muestra del amor que siempre estuvo y estará.
Y a ti, querido lector, gracias por acompañarme hasta aquí. Sé que no es lo que normalmente comparto con ustedes; pero, necesitaba escribirles estas líneas.
Cuento con sus oraciones por el eterno descanso de mi tía Rosarella López. Que Dios la tenga en su gloria.
Hasta siempre, tía Rossy.
2 respuestas
Fernando, perdona que apenas me dé el tiempo de leer tu columna completa (digo completa porque leí un fragmento en un momento complicado de la semana pasada) y quiero que sepas que siempre te acompañaré en todos tus dolores. Siempre te tengo presente como una de las personas más transparentes que conozco y te quiero lo que no tienes una idea. Así que espero que hayas podido despedir como se merece a tu tía Rossy.
Aun en medio de la tristeza, plasmaste tus emociones con la claridad del cristal y sé que provocaste que todos los que leímos esta columna quisiéramos darte un abrazo inmenso.
Incalificable, te quiero mucho.
Tu con total confianza expresarte, aquí estamos para leerte y darte ánimos!