Los últimos quince años de mi vida los he vivido sumido en un dolor que sólo supo aumentar en el tiempo.
Yo tenía un tío, médico de la vieja guardia, que decía que, si después de los cincuenta años no te duele algo, probablemente estés muerto y no te diste cuenta.
Definitivamente yo andaba vivo y adolorido.
Anduve así hasta hace tres semanas que decidí, bueno, me forzaron a decidir por un procedimiento médico que me ha quitado el dolor.
Después de quince años sin dormir bien, sin caminar bien, sin hacer nada sin que me doliera… ahora no siento nada.
Va a sonar muy tonto de mi parte; pero, no saben cuánto extraño ese dolor.
Era horrible, era restrictivo, era absolutamente todo lo que no le desearía a nadie… era yo.
Ese dolor se convirtió, con el tiempo, en parte de mi identidad y ahora siento que me ha sido arrebatado.
Pasa que tengo un desgaste de las almohadillas interdiscales en la espalda baja, puntualmente entre las L2 y L3.
Los años, el sobrepeso y factores hereditarios han generado que estas vértebras sufran una erosión.
Es como si, en vez de las almohadillas, ahora tuviera arena entre mis vértebras, como si hubieran pasado una lija gruesa por ellas.
El dolor que esto produce sólo oscila entre fuerte y muy fuerte.
Soy de ese tipo de personas que no se quejan, ¿para qué?… de nada sirve llorar, ¿o sí?
Pude disimular mi dolor como algo ‘muscular’ durante un tiempo en casa; pero, desde que adquirí mi casa de campo, la cosa se agravó.
Me explico, uno de los sueños más grandes que tuve con mi esposa desde siempre fue adquirir un fundo, una chacra, una casita de campo.
Obviamente esta vida implica mucha actividad física que ambos adoramos; pero, que sólo potenció mi lesión.
Al principio podía enfrentarlo con un poco de paracetamol o quizá pasar a naproxeno; pero, cuando llegué al tramadol, porque el Celecoxib no me hacía nada, sabía que ya era hora de hablar.
La cosa es que tenía dos opciones: vender mi fundo, mi casita de campo, mi sueño, el sueño común con mi esposa (y aún tener dolor) o admitir que ya tenía dificultades, hasta para caminar.
Reconocer un problema no es una señal de debilidad, todo lo contrario, es una señal de fortaleza (así no me guste).
Cuando mi esposa supo de la real dimensión de mi dolor, no dudó un instante y consiguió las citas médicas necesarias para saber cómo lo enfrentaríamos.
Ese plural es hermoso.
Saber que tienes alguien a tu lado para enfrentar el dolor es una bendición.
Yo tengo mi bendición hace casi cuarenta años a mi lado y es mi tándem perfecto, la mermelada de mi pan, la agujeta de mi zapato.
Médicos van, médicos vienen y todos concluyeron en que debían realizarme una infiltración a la columna.
No existía medicación mayor ni en crema ni en pastilla que pudieran atacar aquel dolor focalizado.
En verdad no me hacía nada feliz la idea de estar en un quirófano si no era estrictamente necesario.
No le tengo miedo, ni nada por el estilo, sólo creo que muchas veces es el inicio del final, el principio de una serie de torturas que sólo acaban con la muerte.
Soy una persona directa, hace un par de años vengo comentándole a mis hijos que no quiero una vida indigna o forzosamente larga.
Quiero vivir todos los años que Dios me permita, con toda la fuerza que Dios me brinde; pero, si en algún momento pasa algo, a estas alturas del partido, por favor, déjenme ir en paz.
Si un chico de treinta años tiene un problema serio de salud, creo que es más que necesario hacer hasta lo imposible para devolverle la salud.
En mi caso, con más de setenta años, ¡joder!, ya he vivido y he vivido bien, ¿qué más puedo pedir?, ¿a dónde más?
Bueno, el hecho es que yo ya he informado que si me da un infarto que me deja medio frito el cerebro o si tienen que decidir si dejarme conectado a un respirador o no, que ni lo piensen: la respuesta es no.
Quiero una vida digna y una muerte lo más digna posible, a pesar que estoy convencido que no hay dignidad alguna en la muerte.
El punto es que me drogaron en el quirófano, me inmovilizaron con amarras y cosas extrañas y picaron ocho veces en mi columna.
Sé que fueron ocho porque estaba borracho, no dormido.
La droga previa era para que la infiltración hiciera mejor efecto al acercarse lo más posible a la médula.
Y claro, donde me moviera un milímetro, me quedaba en una silla de ruedas con pañales y no, no, no, así estamos bien.
No tengo ningún reclamo o reparo.
La infiltración resultó un proceso tranquilo, ambulatorio y altamente efectivo.
Es curioso, me quedé dos días con la borrachera y fue imposible no recordar a mi padre.
Mi padre fue un tipo particularísimo, algún día contaré más de él; pero, lo que lo trae a esta reflexión es su alergia a la anestesia.
Largamente conocido y sufrido por mi madre, mi padre era un tipo que reaccionaba de una manera muy suya a la anestesia.
Yo le llegué a contar ocho semanas fuera de sí, la última vez que tuvieron que anestesiarlo para una cirugía.
Hablo de desvaríos serios de querer irse a bailar, pedir cigarrillos (amenazando con delatar a mi hijo si no le daba de los suyos) o cosas tan progres como una botella de Macallan 18 a las tres de la mañana.
A Dios gracias he descubierto que no soy como él en la duración; pero, el mareo me duró más de 48 horas.
Lo que sí no duró ni un minuto fue el dolor.
Terminaron los piquetes y terminó el dolor. Tan simple y rápido que no me dio tiempo de despedirme.
Siento que no pude hacer un adecuado luto a mi viejo compañero de batallas, se fue y me dejó un vacío existencial.
Honestamente no me siento bien porque no sé si debo acostumbrarme a este nuevo estilo de vida.
¿Dónde está el dolor?, ¿a dónde se fue mi dolor?, ¿volverá algún día?
Los médicos dicen que sí, que el tratamiento puede durar entre seis y veinticuatro meses; pero, no me pueden asegurar si, pasado ese tiempo, el dolor volverá donde se fue o regresará paulatinamente.
No sé si extraño del todo mi dolor o me siento extraño de no tenerlo más conmigo.
Por ahora aún conservo viejas mañas del dolor.
Me paro con cuidado de la cama, aún uso mi faja (por recomendación médica); pero, me siento como cuando tenía quince años y nadaba entre las peñas del mar de mi ciudad recolectando erizos y lapas.
Dicen que cuando uno es capaz de hablar sobre un problema, ya lograste resolver más de la mitad del mismo… yo no siento que haya resuelto nada.
Quizá releyendo mis palabras encontraré luces.
Por ahora, sólo me queda la nostalgia del dolor ausente y el temor de enfrentar cada día sin su presencia.
3 respuestas
La parte de la decisión de «dejarlo conectado al respirador artificial o no», me tocó una heridita que ya va a cumplir un año desde que se fué de este mundo ☹️
Fernando, solo tú eres capaz de hacer una columna… de la columna. 🤣
El dolor, la ausencia del dolor, el sentimiento de tu protagonista respecto a ese algo que siente que le falta, ese dolor que hizo parte de su definición. Lo retrataste excelente.
No diré que me da curiosidad ser infiltrado en algún momento (de hecho, Dios me libre), pero esta columna provoca curiosidad saber qué se siente tener ese dolor.
Incalificable. Excelentemente bien escrito.
Wowwww me quedé sin palabras…