Amado Sergio,
He esperado cincuenta y tres años para finalmente estar a tu lado sin que nadie más pretenda que te comparta: hoy eres mío.
Yo, tu esposa, estuve contigo en cada uno de los momentos de tu vida desde los dieciséis años y nunca te abandoné.
Nunca te dejé, a pesar de la infinita cantidad de veces que tú a mí me dejaste.
Lo peor, como siempre te lo dije, no era que me dejaras, en fin, sólo era tu mujer; pero ¿y los niños?, ¿por qué los dejabas a ellos también?
Es algo que aquí, a los pies de tu ataúd y frente a toda nuestra familia te pregunto por última vez: ¿por qué a ellos?
Fuiste un esposo fatal, un gran amante conmigo y con un ramillete de forajidas que te sangraron lo que pudieron.
Nunca dejé de cuestionarme cómo ellas podían dormir con las conciencias así de cargadas, o será acaso que no tenían una.
Sergio, amado mío, vuelves a mí después de casi diez años de tu última aventura; y ¿sabes?, sabía que así iba a ser.
Sabía que, cuando tu salud se jodiera, vendrías corriendo a los brazos de la única mujer que te amo cuando no eras nadie.
Vendrías a mí y yo te recibiría por los hijos, que hoy ya son hombres, por humanidad; pero, sobre todo porque aún te amo.
Nunca dejé de amarte, Sergio, ni un solo instante.
Ni siquiera cuando la mujer de nuestro hijo mayor esperaba a nuestro primer nieto, a la par que tu amante también esperaba a tu pequeño bastardo.
No dejé de amarte cuando quebraste los grifos, la naviera y cada empresa que levantamos con nuestro trabajo.
No dejé de amarte cuando me mentías que era la última vez que me engañabas.
Esta es, verdaderamente, la última vez. Finalmente, no me estás engañando: finalmente eres sólo mío.
Tampoco es que puedas ser de alguien más; pero, aunque no lo creas, tu última querida intentó despedirse de ti.
Obviamente no la dejé, ya aguanté suficientes vejaciones como para tener frente a mí su asquerosa figura de cirio derretido.
Esa es otra cosa que jamás te pregunté, ¿qué era lo que encontrabas tan interesante en tus amantes?
Discúlpame la falta de modestia; pero, ninguna estaba a la altura, siquiera, de la más desgastada de mis zapatillas de baile.
Esa tipita en la puerta, sollozando por tu muerte… ¡Deplorable!
Tuve que mandar a los vigilantes a sacarla para no contaminarme con su asquerosa piel que, seguramente, recorriste mil veces.
¡Háyase visto desfachatez más grande!, ¡la amante viniendo a pedirle a la esposa despedirse del marido!
Hay que tener muy poco amor propio para rebajarse así.
Mandé decirle a la casquivana esa que se retire, antes de que llame a la policía, pero para que la recojan del suelo.
¿Puedes creer que tu amante se quejó?, no dejo de pensar qué es lo que le viste a esa insípida; pero, así eras tú, mi amor.
¡Ay, mi amado Sergio!, basta ya de esa escoria y volvamos a nosotros.
¿Por qué tuvimos que esperar a que te mueras para que podamos compartir un tiempo juntos?
Sabes, extrañaba mucho estas charlas, esta intimidad. Extrañaba tu compañía y quiero creer que tú también extrañabas la mía.
Estoy segurísima de que nadie te ha querido y cuidado como yo.
Seguramente te habrán cogido mejor; pero, nunca nadie te dio su corazón ni abrazó el tuyo como yo. Nadie fue de ti, como yo.
Hoy no estás más, y lloro sobre tu cajón.
Te tuve bajo mi techo por veintisiete semanas, cuando esa meretriz te echó de la casa que le compraste.
Estuviste conmigo hasta el final porque así lo quise y porque así te tocó.
Creo que, al final, todo quedó donde debía estar.
Dicen que el tiempo pone a cada profesor en su escuela, cada cura en su parroquia y cada pu… en su esquina.
No pudo ser diferente con nosotros.
Me hubiera encantado que me ames como yo a ti y, que me respetes como yo te respeté; pero, siempre fuiste así: ese eras tú.
No sé si debí dejarte y abrirme paso con mis tres hijos en este mundo.
Quizá debí salir a buscar un mejor destino, un hombre que me ame con pasión y que no le importe nada.
Creo que debí haberlo hecho antes de los niños; pero, ya está, ¿no?
Contigo en ese cajón y conmigo a tus pies, vestida de luto hasta el velo… no cambiaría nada.
Es inútil pensar en cambiar cosas del pasado porque eso podría implicar que alguno de nuestros hijos no hubiera llegado y, si nuevamente tuviese que soportar todo para tenerlos, amén.
No me arriesgaría en cambiar nada de lo que vivimos, reímos y sufrimos en estos cincuenta y tres años; porque sabía tres cosas cuando te conocí.
Que quería ser tu esposa, que quería tener tus hijos y que quería sostener tu mano antes de que mueras.
Dios sabe que me costó; pero, lo conseguí.
Fui tu esposa, la madre de tus hijos y escuché tu último aliento, que lo bebí en un beso.
Mi amado esposo, este es el último dolor que me causas, no me sorprende; pero sí me da paz de que sea el último.
¡Ay, mi mal amor!, finalmente te fuiste del todo, no sin antes ser mío, sólo mío.
Descansa en paz, si puedes.
Por mi parte, hoy puedo dormir serena de saber que, para siempre, seré tu viuda.
Tal vez no fui la única mujer de tu vida; pero, eternamente seré la mujer de tu muerte.
Con amor.
Tuya,
Rosario.
5 respuestas
Muy bueno, que fuerte.
Que fuerte… me encantó!
Fernando… Qué has hecho?!
Esta columna es el equivalente a una telenovela con un final carirativamente feliz donde la mujer «sumisa?» ríe de último.
La carta de Rosario es la carta de una mujer jodidamente enamorada de un hombre con más miserias que la mayoría y que vacía su cólera y su pasión ante el ataud de su amado esposo.
Cualquieras de mierda en las que se fijó su marido y duró pagó el precio de sus errores, pero Rosario siempre estuvo ahí, con enojo, pero con una sonrisa por volver a ver a su esposo. Un perfecto ejemplo de la resistencia de diamante que una mujer, madre y esposa debe tener ante la adversidad.
Esta columna fue para mí a una torta borracha embebida en Amaretto de las que hago yo y no de las que esas put… digo, pastelerías de mala calidad venden en una esquina (sí, se me metió Rosario por un momento 🤣).
Increíblemente bien escrita, la recordaré por un largo tiempo.
Que bien escrita y como captura la esencia de lo que viven muchas atadas a ese amor tóxico…aguanto lo que sea pero al final serás mio
Buena historia! El final que se tenía de antes, podrás haberte ido pero al final… Literal al final serás mío, nadie más podría haberse llamado su viuda 😅