La primera vez que conocí acerca de la muerte del salmón, me sentí muy identificado con esa realidad.
El salmón es una especie que tiene una vida muy particular.
La eclosión de sus huevos se da en las mansas aguas de una laguna o remanso de un río de montaña.
Ahí, el pequeño salmón sale al mundo y empieza un viaje que lo llevará río abajo, al mar.
En el mar, la vida es más sabrosa -Perdón, no pude evitar el chascarrillo-.
Una vez llegado al mar, el salmón vivirá hasta llegar a la adultez cuando un malhadado día, sentirá el reloj biológico diciéndole: ahora es.
En ese momento, el salmón emprenderá un viaje, a contracorriente, hasta el lago o remanso donde nació para desovar o fecundar huevos, según corresponda, y finalmente morir.
El sentido de la vida del salmón, más allá de lo que haga en el mar, es volver y luchar contra todo para morir al reproducirse.
Es curioso, salvo por el hecho de morir al coger por primera vez, siempre sentí que la vida era así.
Sentí que la gran misión de mi vida era cumplir un objetivo, fuera de mí, y que mi destino era la muerte.
Era mi versión sudamericana del mito de Sísifo.
Si uno la pasaba bien o mal, si uno quería hacer algo distinto, si uno era o no feliz con la misión, resultaba irrelevante.
Lo verdaderamente importante era la misión.
En este contexto, es fácil comprender por qué la reciprocidad era un concepto ajeno a mí.
Es simple: mi misión es cumplir la misión, todo lo demás son distracciones.
A esto se le suma una pésima interpretación del versículo 10 del capítulo 17 del evangelio según San Lucas:
“Somos siervos inútiles; hemos hecho lo que debíamos hacer”
Si somos siervos inútiles, comer, beber o regocijarnos es irrelevante, lo importante es hacer lo que debemos hacer.
Ahí radica la importancia del Magisterio de la Iglesia y de una adecuada catequesis. Para no andar interpretando huevadas.
Si bien es cierto que Lucas afirma que la respuesta a cualquier loa debe ser que sólo cumplíamos una misión, hay más.
Avanzando en la Biblia, en la primera carta de Pablo a Timoteo, capítulo cinco, versículo dieciocho dice claramente que:
“El obrero tiene derecho a su salario”
Y claro, somos siervos inútiles en este mundo porque nuestra misión de amar y servir no es motu proprio; sino, del Jefe.
Pero, ser siervos inútiles, no quiere decir que somos esclavos que no merezcamos un poco de pan, un poco de descanso y un poco de alegría.
No quiere decir, en absoluto, que vayamos por el mundo negándonos a ser bien recibidos, bien tratados, bien queridos.
Significa que no debemos creernos la gran cosa; pero no que debamos rechazar el amor que Él nos manda como reparo de nuestras limitadas fuerzas.
Entonces, ¿cómo quedo con el salmón?
El salmón queda como una malinterpretación de lo que debe ser vivir en este mundo.
¿Tenemos una misión? ¡sí! ¿debemos negarnos a vivir bien y bonito en lo que cumplimos esta misión? ¡No!
Entonces, si debemos procurar vivir bien y bonito, no debemos negarnos a la felicidad que podamos tener en esta vida.
La felicidad, entonces, es una condición natural, positiva y necesaria de esta vida.
Para ser felices es importante vivir haciendo el bien y encaminarnos a él, al bien y a la bondad.
Así las cosas, el meollo del asunto radicaría en la importancia de no sólo hacer el bien; sino, también vivirlo.
Para vivir el bien debemos sostener relaciones saludables en los afectos y las correspondencias.
No hay felicidad más plena que la que brinda la justicia, que no es más que darle a cada uno lo que le corresponde.
No nos olvidemos que Dios es bueno; pero, es justo; y que no hay felicidad más grande que estar en Él.
Por ello, debemos trabajar arduamente por una vida buena y feliz rodeada de vínculos saludables.
A la hora de hablar de vínculos saludables existe una palabra que recientemente he incorporado en mi vocabulario: reciprocidad.
No se puede tener una relación saludable con nadie si es que primero no se ha establecido un mínimo de normas básicas donde el respeto y la reciprocidad deben liderar el listado.
Ojo, estas normas no se circunscriben a una relación de pareja.
¿Han notado que muchas relaciones amicales son ampliamente poco recíprocas?
Es una pena; pero, es una verdad.
Muchísimas veces tenemos normalizado ser la persona incondicional de alguien que simplemente no daría ni el 10% que le damos.
No malinterpreten mis palabras, no pretendo que en el mundo vayamos con una tabla de equivalencias; pero, no se puede no tener algo de vuelta.
Es importantísimo que las relaciones amicales sean recíprocas y que cubran nuestras necesidades.
No hace falta irnos muy lejos, uno requiere determinada frecuencia, determinados gestos o simplemente saber que puede contar con la otra persona.
Y no hasta cinco o hasta diez, como dijo Borges, sino contar en serio con ese otro ser cuando la vida sea buena y cuando no también.
Si aplica para las amistades, cuánto más para la familia.
Es muy cierto el: hoy por mí, mañana por ti; pero no son pocas las veces que ese: hoy por mí, termina en un: y mañana también.
A veces damos todo por familiares que son perfectos desconocidos que, en el fondo, sólo nos trabajan desde la culpa o la sangre.
“¿Cómo no vas a ayudar a tu primo?”, o frases más canallas como “la familia es lo primero”, terminan condicionando nuestras acciones.
Terminan convirtiéndonos en víctimas de un abuso sistemático por la proximidad, abuso que evidencia una absoluta falta de amor.
Dicho todo esto, quiero concluir diciendo que, si aplica para las amistades y la familia, aplica para los amores.
Pedir reciprocidad no es pedir mucho, es ser coherentes con una vida buena, bondadosa y feliz.
Pensar en esa justicia debería ser signo de felicidad y no de tormenta.
Los invito a dejar la muerte del salmón como un evento de salmones.
Dejemos que el salmón muera en su río, no en el nuestro.
7 respuestas
Muy bueno ! Gracias por el recuerdo de volver a pensar en esa reciprocidad
Maravilloso! Y es que me sentí tan identificada. Muchos solo damos y todos felices, pero son pocas las personas empáticas, que piensan en lo que nos costó cumplir con un determinado fin y sienten deuda con uno o la necesidad de ser agradecidos a través de la reciprocidad, el cual nos motiva muchas veces a seguir haciendo el bien.
1000/10 este post.
¡Gracias Fernando!
Curiosamente, la idea de la reciprocidad como base de los vínculos saludables me parece profundamente cierta, pero paradójica y hasta a veces incoherente.
El amor, en cualquiera de sus formas, incluso el amical implica dar (querer, amar) sin esperar retorno inmediato. (Aunque lo deseemos)
Quizá, será que la justicia en las relaciones no siempre se mide por equilibrio perfecto…
Que bello relato acabas de escribir!! Definitivamente nos enseñas que la reciprocidad tambien es algo valioso y necesario para el ser humano, ya que la vida se equilibra: el amor se vuelve más puro, las amistades más sinceras y el esfuerzo más justo. Porque todo lo que se da con sinceridad, de una u otra forma, Dios hace que nuestra acciones siempre vuelvan.
Me gustó. Aunque me parece que salta mucho entre la vida del salmón que tiene su propio reflexión, la felicidad y la reciprocidad, sin profundizar o entrelazarlas. Soy tu fan…así que es solo una pequeña crítica después de afirmar que me gustó mucho.
Fernando, estoy seguro de que esta columna ha interpelado a muchos de tus lectores incluido yo.
Hay amistades que no se merecen, sí las hay; hay relaciones en donde uno solo da, si las hay y existe tal cosa como la necesidad de decir «me tienes hasta el cien y lárgate de mi mundo!» y no muchos tienen el valor de decirlo, sí existe.
Tu larga columna de esta semana es un amable recordatorio que invita a reflexionar cuán felices queremos llegar a ser mientras esperamos que la llamada del Altísimo; de modo que hagamos su Voluntad y vivamos con caridad, seamos mansos, pero no mensos.
Excepcionalmente bien escrita.
La reciprocidad siempre debe estar presente en las relaciones importantes de tu vida, sea pareja, amistades o familia, ahí es donde se ve realmente a las personas, ese círculo pequeño, porque será pequeño, de las que realmente les importas y que a pesar de la distancia, años, o circunstancias estarán en las buenas y las malas.