La primera vez que papá me llevó con él al trabajo yo tendría unos cinco o seis años, no recuerdo algunas cosas; pero sí las casas chiquititas.
Sentado en aquel infinito y confortable asiento del copiloto, mi papá me llevó en su F12 de Pucallpa a Lima.
Tengo aún marcado el olor a cuero y petróleo de la cabina, así como el rugir de ese motor de doce litros mientras trepábamos los Andes.
Los primeros paisajes fueron los del llano amazónico.
Era infinitamente verde. No había caído en cuenta de cuán grande era la selva hasta aquel momento:
– ¡No termina nunca el verde! -le dije sorprendido a mi papá.
Él sólo se reía y me explicaba que nos encontrábamos en la selva baja y que, en esta parte no había cerritos o montañas.
Desde que salimos me percaté de las casitas chiquititas al lado de la carretera; pero, no quise quedar como un tonto.
Quise creer que se trataba del hogar de los duendes de la carretera o de los gatos, porque escuché que papá hablaba de los ojos de gato después de uno de sus viajes.
Era lo más obvio.
Los llanos se convirtieron, poco a poco, en pequeños cerros, los cerros en montes y los montes en montañas.
– Papá, mis oídos se están tapando -le dije.
– Es porque ya no estamos en la selva baja -me contestó- estamos entrando en la selva alta, ya casi para abrir la sierra.
Tenía sentido ya que, luego de pasar por el gran cañón de la selva, cruzamos un túnel que yo pensé que nos llevaría al infierno.
Tuve miedo porque había muchas más casitas chiquititas mientras más subíamos y nos acercábamos al túnel.
Luego de atravesar el corazón de la montaña creí que habíamos muerto y llegado al paraíso porque habían demasiadas nubes.
No me contuve:
– Papá, ¿nos vamos a encontrar con Dios?
Mi papá sonrió y me explicó que, si bien habíamos subido mucho, no era el cielo donde vivía Dios; sino, la casa de las nubes.
– ¡Hasta las nubes tienen casa aquí! -pensé, emocionado.
Las personas que supieron que papá y yo tendríamos ese viaje pronosticaron que yo vomitaría por las náuseas.
– ¡Lero, lero!, ¡ni un solo vómito!, soy el hijo de un camionero, ¿qué voy a vomitar? -me repetía mientras bajábamos las curvas que luego se repetirían al cruzar una ciudad llena de motos de sonido curioso.
Aquella noche nos estacionamos y dormimos acurrucados en la litera detrás de los asientos donde había una colchoneta, sábanas y una frazada de tigre.
Descubrí que aquel era el lugar más frío del mundo cuando tuve ganas de hacer pipi y papá me acompañó afuera.
– Abrígate bien, campeón -me dijo papá.
El frío entraba por mis huesos, por mi barriga y me empezó un cólico horrible.
Casi no pude hacer pipi del dolor y el frío.
Cuando le avisé a papá que había terminado, me metió a la cafetería de la cochera y pidió un mate de coca.
Me dio miedo; pero, si papá lo pedía, algo bueno debía ser.
Las hojitas eran bonitas, en la taza pusieron un puñado de ellas.
Eran gorditas, secas, crujientes. Sus siluetas me causaron gracia.
Luego de unos minutos, papá me dio de beber aquella infusión y, en un minuto, se había ido el dolor de panza.
Más abrigado de lo que bajé, papá me llevó al Volvo y subimos a calentar la cama que ya se había enfriado.
A la mañana siguiente salimos y regresaron las curvas.
Era curioso, en las curvas siempre aparecían casas chiquitas, más que en las rectas.
Por un instante me pregunté si tenían frío los duendes de las casas chiquitas o si quizá hacían fogatas o dormían juntitos, de a dos.
Papá se dio cuenta que, cada que pasábamos por una casita, yo giraba la cabeza por la ventana y me quedaba viendo para atrás.
– ¿Sabes qué son esas casitas? -preguntó papá.
– Casas de duendes, papi -respondí, con una desconcertante seguridad.
Papá rompió a reír, mientras el F12 rugía con fuerza.
– Campeón, ¿te acuerdas de que hace unos meses un amigo de papá se fue al cielo, con diosito?
¿Cómo no iba a recordarlo?, mamá sufrió mucho pensando que se trataba de papá. No fue hasta que llegó a destino que tomó un teléfono y el alma le volvió al cuerpo.
– Sí recuerdo, papá -le respondí.
– Bueno, cuando alguien se accidenta en la carretera, la familia suele hacer una casita en el lugar donde ocurrió el accidente.
Yo estaba con la boca abierta, no podía creerlo.
No eran duendes ni gatos, eran personas que habían muerto en la carretera.
– ¿Por qué se mueren en la carretera esas personas, papá? -pregunté con angustia.
– Muchas veces por imprudencia… -papá no era imprudente- otras veces porque otras personas manejan mal… -papá manejaba súper bien- y a veces, porque la pista está mal…
Con mis cinco o seis años, sentí una profunda indignación al pensar que mi papá o uno de sus amigos podrían morir por una pista mal hecha.
– ¿Cómo que una pista mal hecha? -increpé.
– A veces no las hacen anchas, o no tienen buen asfalto, o simplemente no las hacen bien, se rompen, se despintan y eso pasa factura…
¿Y ya?, no entraba en mi cabeza que alguien hiciera algo mal, tan mal, que derive en la muerte de otra persona.
Me dio mucho miedo que una cosa mal hecha perjudique a otras personas así de feíto.
Pensé en mí, y en si alguna de las cosas que no hacía bien o que desobedecía podían matar a otra persona.
Me dio cólera que las personas que estaban encargadas de hacer las carreteras no lo hicieran bien y que mi papito se pudiera morir así.
– ¿Quién hace las carreteras? -pregunté enojado.
– Los ingenieros… los…
No dejé que papá termine su respuesta y sentencié:
– ¡Voy a ser ingeniero y voy a hacer buenas carreteras para que no se muera nadie más, papito!
Papá empezó a sonarse la nariz y a respirar raro.
En uno de los pocos llanos de la carretera, papá estacionó su F12 y me pidió que bajara abrigado.
Delante de aquella parrilla negra, con un cinto plateado, que irradiaba calor, papá se arrodilló y me abrazó.
No recuerdo haber visto llorar a papá antes de aquel momento y creo que podría contar con una mano las veces que lo vi llorar después.
– Sé que serás un gran ingeniero, campeón, y harás las mejores carreteras -me dijo, entre sollozos.
Tengo cuarenta años, estoy sentado en un sillón de cuero, viendo mi título de ingeniero civil en la pared, las fotos con papá y mamá, y no pude evitar recordar qué me trajo aquí.
Papá ya no está y afortunadamente no hay ninguna casita chiquitita con su nombre en algún lugar remoto.
Él se fue tranquilo, y yo me quedé por siempre con el compromiso que hice delante de aquel camión.
Siempre, papito.
Siempre hacer las cosas bien.
6 respuestas
Hace unas semanas volví a manejar rumbo a Huánuco y siempre que veo esas casitas me llenan de nostalgia y angustia, pero lo que me llamo más la atención fue lo que ví vi kilómetros más adelante, pude observar a unos señores de edad que limpiaban y tenían flores en su mano y pensé debe ser su hijo. Mientras miraba me vino a la cabeza una reflexión, que esas casitas son un mensaje muchas veces de recordarnos que debemos manejar con responsabilidad por qué podríamos terminar igual o que si lo hacemos con imprudencia poseiamos hacer que otras familias terminen ahí.
Buenas lectura.
Uff, que buen relato. La eterna preocupación de los que hemos tenido familiares camioneros. Gracias fer
Conectar con la niñez y la vida adulta,muestra en definitiva la profunda reflexión…
De que las cosas chiquitas te llevan a grandes decisiones.
Que bonita historia. Me remonto a mi. infancia cuando mi papi viajaba por la serrania. Nos contaba lo tortuoso de los caminos. El administraba una constructora y fue testigo de muchos accidentes, a veces fatales.
Yo también pensaba que esas casitas eran de duendes… Hasta que mi papá también me explicó que eran en realidad… Es muy triste y siempre que veo una en el camino en mis viajes, me persigno, esperando a que no haya más casitas así y que las víctimas no hayan sufrido mucho.
Fernando, fue emocionante!
Retrataste la inocencia de un niño en contraste con la situación de un país donde las cosas se hacen a medias.
Puede imaginar los manerismos del niño y su sorpresa al enterarse de que las «casitas chiquitas» eran pequeños lugares para orar por los difuntos.
Lo escribiste excelente!!!
No lo calificaré de otra manera.