NUEVA VIDA

NUEVA VIDA

“¿Dónde queda tu casa?”– preguntó Romina. Su voz jadeaba y se sentía en ella las largas horas que llevaba llorando; su tristeza acumulada. Tomó un taxi sin llevarse nada de aquella prisión que la acogió tres años y enrumbó a la casa de Juan Luis.

Romina tenía dieciséis años, la experiencia de al menos ocho vidas y el dolor de más de mil. Sentada en el taxi, pensaba en cómo la vida se ensañó con ella, no desde una autocompasión benevolente y tibia, sino desde la búsqueda de todo lo que no debería volver a hacer, las decisiones que no debería tomar y las personas que debería evitar.

Cuando su madre enviudó, no tardó ni medio año en encontrar un compañero que pronto la embarazaría sistemáticamente y le haría tres hijos en cuatro años. Romina fue la mayor, pero como siempre ratificaba su padrastro, ella no era de la familia,

En un silencio cómplice, Karina nunca intervino en los maltratos de su pareja a Romina. Eran recurrentes reclamos sobre el dinero y cómo no alcanzaba para toda la familia por causa de esa niña que no era su hija. “Deja de gastar en ella, no es mi hija”– decía.

La miseria que dejaba no alcanzaba para comer. En palabras de aquel sujeto, cuyo nombre prefiero no señalar, decía: “Karina, no hay comida y es porque te gastas todo en Romina, la plata de mis hijos la gastas en tu hija, no me quieras ver la cara de tonto”.

La pequeña Romina creció teniendo certeza de muy pocas cosas en la vida, una de ellas era que nadie la quería en su casa. Cuando tuvo edad suficiente para leer, escribir y remar; se escapó en canoa a casa de sus abuelos.

Salir de Contamana no era nada fácil en aquella época. Con ayuda de una canoa y un remo, muy pegada a la orilla, una Romina de ocho años surcó el Ucayali con dirección a su libertad, a la quebrada de Cachiyacu.

“Cumpa, ¿A dónde ya vuelta va tu entenada?“– preguntó un viejo amigo de licores al imperfecto quien, alzando la voz, llamó a Karina y dijo: “Aquí el compadre dice que vio a tu hija en el puerto surcando”.

Karina guardaba cierto escepticismo sobre la noticia, pero cuando Romina no volvió por la noche empezó a preocuparse, claro, sin hacer nada.

A los días, mientras evisceraba pescado en el puerto, un compañero de trabajo de Karina le dijo: “Le he visto a la Romina con sus abuelos en Canaán”. Sin aspavientos, Karina le dijo que sí, que se había ido a pasar unos días porque los quería ver después de tiempo.

Nadie la buscó. Nadie fue por ella nunca. Estaba a media hora en moto, a hora y media caminando, a poco tiempo en bote, pero nunca fueron por Romina.

El tiempo pasó y, con los once años, Romina fue llevada a Iquitos por una tía hizo que termine su primaria en la escuela nocturna e inicie la secundaria, misma que no terminó ya que antes de su cumpleaños trece la invitaron a ir a Lima con otra tía.

Ella era Patricia, y al principio acogió a Romina como se debe, con un espacio, algo de comida y la promesa de que le haría acabar el colegio.

Dicen en la selva que el invitado en casa ajena es como el muerto, a los tres días apesta. Romina empezó a apestar en la casa de Patricia a la semana de llegar. Las miradas perdieron su ternura y comenzaron a llenarse de reclamos y tensiones.

“Mira hijita, aquí en Lima no es como en Contamana o Iquitos, aquí todos trabajan así que, por favor, te vas buscando algo porque en esta casa hay que poner para la luz, el agua, el alquiler y la comida”– informó con cara de pocos amigos Patricia a su sobrina.

Romina salió al día siguiente y encontró un trabajo como moza en un pequeño restaurante a unas cuadras de su casa. Cuando volvió por la tarde, con una sonrisa, a informarle a Patricia que lo había logrado; ella pidió ir al local y hablar con el jefe.

Durante el encuentro, que fue breve, Patricia acordó el monto de pago de su sobrina y en qué fechas ella vendría a cobrar. Durante los tres años que Romina vivió en casa de Patricia, nunca vio ni un sol de su sueldo.

“Hay muchos gastos en la casa”, “Nos subieron el alquiler” o la peor de todas “Tu mamá me ha pedido dinero porque está muy enferma”, eran algunas de las excusas recurrentes para que Patricia no le dé ni un sol a Romina, que no se preocupaba por el dinero porque pensaba que eso era normal, total ¿Acaso conocía otra realidad?

Sentada en el taxi, Romina no podía dejar de pensar en todo el dinero que Patricia le robó. Nunca envió ni un céntimo a su madre. De esto se vino a enterar la vez aquella en que ella intentó contactar a Karina y terminaron enfrascadas en una terrible discusión.

Romina recordó cómo había tomado valor para reclamarle por nunca defenderla del sujeto aquel al que pretendía que llame papá, cómo no fue por ella a casa de sus abuelos y cómo permitió que siga rodando por el mundo sin preguntar por ella y solo llamando a pedir dinero.

“Nunca he pedido dinero a tu tía”– señaló Karina y cortó la llamada. De aquella llamada a la llamada a Juan Luis trascurrió una semana en la que juntó cuanta escueta propina cayera a espaldas de su jefe y de su tía y se propuso escapar de casa a donde sea.

Sentada en ese taxi, Romina jamás hubiera sospechado que aquel tipo terminaría de arruinar su vida. No pudo sospechar que antes de los veinte intentaría por primera vez acabar con su vida sin saber que ya estaba embarazada de su primer hijo.

Moviéndose por las calles atiborradas de gente y carros peleándose por llegar a ningún lugar no pudo imaginar que su tentativa sería noticia nacional y que culpar a Juan Luis y sus infidelidades por el intento de suicidio devino en la debacle de la relación de la que salió con dos hijos.

Sentada en ese taxi Romina no imaginó que años después de esta tragedia y tras dejar atrás a Juan Luis, en una charla de media hora, le contaría su vida a un escritor que llegó a la librería donde atendía preguntando por papel y tinta y terminó llorando junto a ella.

Sentada en ese Taxi ella sólo podía pensar: “Este es el inicio de una nueva vida”.

 


 

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8 respuestas

  1. Me gustó mucho Fer, cuentas una historia de que se puede ver reflejada en varias mujeres día a día, muchachas tan jovenes pasando por situaciones poco favorables. Espero la siguiente historia con ansias 🥹🫶🏼

  2. El relato que acabo de leer no es algo de ahora sino que sucede desde siglos en familias que muchas veces no existe la buena comunicación con los padres, el cual repercute en los hijos, como en este caso en las mujeres. Excelente forma de narrar Fer. Me siento orgullosa de ti.

    1. Realmente es un relato conmovedor, refleja la falta de comunicación en la familia y cómo esta repercute en los hijos que son los más afectados y quienes en ocasiones tienen que dejar de ser niños para convertirse en adultos. lleva mucho a la reflexión su historia profesor, magnífico 🙌✨

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