No pretendo que crean absolutamente nada de lo que les voy a contar, pero esto es lo que me pasó. Sin dramas, sin exageraciones, es simplemente lo que me tocó vivir, y lo dejo como testimonio para que, si a alguien más le ocurre, sepa que no está loco, que yo también lo viví.
Mi nombre es Juan, tengo 36 años, estoy casado, tengo dos hijos y trabajo en una obra como conductor de quien lo requiera. Soy un errante, un trotamundos. Estudié un poco de muchas cosas, he tenido trabajos varios, y esta es mi primera vez siendo el chofer de alguien.
Nací en la selva, crecí en la selva, me enamoré y tuve familia aquí. Escuchar mitos y leyendas es pan de cada día; todos juran haber visto seres antropomorfos, criaturas mágicas y situaciones sobrenaturales, todos menos yo.
Al menos no hasta hace una semana, cuando me encontraba manejando hacia el campamento base de la obra, ubicado a unos 45 kilómetros ingresando a la margen derecha del caserío Shiringal Alto. Fue un ingreso no programado y nocturno, algo bastante inusual.
Debía llevar a tres personas y una considerable cantidad de repuestos para las máquinas de la obra. Iba con el carro lleno y pesado.
Salimos de Pucallpa pasadas las nueve de la noche, avanzamos por la carretera Federico Basadre hasta San Alejandro, seguimos 20 kilómetros más hasta Shiringal Alto e ingresamos a la trocha en medio de una copiosa lluvia que puso la vía en un estado deplorable.
A diferencia de otras partes de la selva, Ucayali tiene una peculiaridad: cuenta con vastas cantidades de arcilla a lo largo de su territorio, y una lluvia en una trocha como la que me tocó recorrer esa noche convirtió la polvareda en barrizal.
Si bien no había manejado antes para otras personas como chofer, tengo mucha experiencia al volante y en moto; he recorrido gran parte de la Amazonía conduciendo diferentes tipos de vehículos.
Por eso, cuando me encontré con aquella jabonosa vía que recorría casi a diario desde que ingresé a la obra, simplemente tomé las precauciones necesarias y empecé a rodar hasta el campamento.
La lluvia aumentaba cada vez más, el barrizal empeoraba y las voces dentro de la camioneta no ayudaban mucho. Ese silencio tenso que no habla, pero dice tanto a la vez; los suspiros, las bocanadas hondas… En general, la desconfianza de llegar bien al destino final.
Avanzamos por más de media hora. Nos encontrábamos a la entrada del puente Mario cuando el carro simplemente patinó. Empezó un vaivén de izquierda a derecha que se detuvo al borde de un barranco.
Todos gritaron dentro de la camioneta mientras yo intentaba dejar que el vehículo fluyera en medio del derrape. Sabía que era lo correcto, que no debía ponerle ningún freno brusco ni luchar contra el movimiento.
Cuando el carro se detuvo, todos nos miramos. Hubo un silencio aliviado y tímido que se prolongó más de lo esperado; los segundos parecían horas en ese instante. Nadie se atrevía a romper el silencio que nos abrazaba tras el caos.
– ¿Saben dónde estamos? —preguntó el ingeniero.
– Es el puente Mario, ingeniero —respondió uno de los obreros que más tiempo llevaba trabajando en la obra.
– Es el kilómetro 37, ingeniero —agregué.
El puente Mario se llamaba así porque, hace algún tiempo, un volquete cargado con 500 bolsas de cemento cayó en el mismo puente, pero del otro lado de la vía. Pudo ser una tragedia, pero el conductor salió ileso de la cabina del vehículo. El nombre del chofer era Mario.
Fue imposible no pensar en esa anécdota cuando mi compañero llamó «puente Mario» al lugar donde casi perdimos la vida. Con el silencio roto y el alma de vuelta al cuerpo, el ingeniero dio la orden de que él y el obrero que conocía la obra salieran a pedir ayuda.
– Está bien, jefe, aquí me quedo con el compañero hasta que vuelvan con el tractor —le respondí.
Las puertas se abrieron, y en medio de la lluvia salieron y empezaron a caminar. Yo me asumí acompañado por el segundo obrero y empecé a hablar hasta que le hice una pregunta… y no me respondió.
Cuando me di la vuelta, pude ver que estaba solo en la camioneta.
– Este pendejo… —pensé.
Al caer en cuenta de que me había quedado solo, empecé a pensar en cosas que normalmente no pensaba. Primero, me di cuenta de que estaba pisando el freno a fondo, además del freno de mano enganchado y el carro en primera marcha.
Me empezó a dar miedo la idea de retirar el pie del freno; sentía que cualquier movimiento alteraría el precario equilibrio que me mantenía sobre la ruta.
Sumado a ese miedo, las obesas gotas que seguían cayendo hacían un ruido ensordecedor, pero con el tiempo se volvieron parte de ese macabro y oscuro ruido de fondo en medio de la noche amazónica.
A pesar del bullicio, el sonido de la lluvia empezó a volverse más blanco, más genérico, y, por ende, me permitió escuchar los demás ruidos de aquella noche. Verdaderamente hubiera preferido seguir escuchando solo la lluvia, pero, en fin.
La lluvia no paraba. Había pasado media hora desde que mis acompañantes se retiraron del puente Mario a pedir ayuda, y a lo lejos empecé a escuchar un silbido agudo y constante.
– ¿Quién está pasando a esta hora por aquí? —pensé, mientras el silbido aumentaba su intensidad por proximidad.
Intenté ver por los espejos en medio de la oscuridad si alguien asomaba silbando por el camino, pero no había nadie.
El silbido seguía; era imposible que una persona silbara tanto tiempo de manera consecutiva. Me negaba a creerlo o siquiera a considerarlo, pero una semana después de todo, no existe más explicación que lo que diré a continuación.
Tuvo que ser El Tunche, ese fantasma del bosque que tanta gente reconoce por sus largos silbidos y los miedos que infunde en los más valientes que se adentran en el bosque. No se trata ya de si son creencias; para mí, esto fue una vivencia aterradora.
No podía pensar en nada; solo escuchaba la lluvia, el silbido y las ramas de los árboles sacudiéndose como si fuera el fin del mundo.
Voy a contarlo todo: era la una de la mañana y me entraron unas terribles ganas de orinar. No creo que fuera el miedo, simplemente que a esa hora ya debería haber llegado al campamento, haberme cambiado, ido al baño y realizado mis deposiciones.
Las ganas iban in crescendo, y empecé a evaluar la posibilidad de soltar el freno, abrir la puerta en medio de la torrencial lluvia y bajar para liberar la presión en la vejiga.
Lo pensé durante no pocos minutos, y cuando me decidí a bajar, al instante de abrir la puerta, un fuerte sonido vino desde las ramas del bosque que cubría mi ubicación.
Más me demoré en abrir la puerta que en cerrarla. Volví a pisar a fondo el freno y me acomodé en mi asiento.
– Esta vaina está rara —pensé, mientras recuperaba el aliento tras el susto que me llevé.
Creí en ese momento que reclinarme para dormir sería la mejor opción. Iluso yo. No pude descansar nada. Quizá me eché dos o tres minutos hasta que volví a mi posición inicial, y frente al carro vi que una luz se encendía.
No era una luciérnaga, eso estaba claro; era una luz más grande, como de una lámpara lejana. La gente de la selva que lea esto seguramente ya sabe de qué se trata, pero para los demás, les explico: existe en la selva la leyenda de una luz que levita cerca de los cuerpos acuosos y que, presentándose como una guía, termina confundiendo y haciendo que las personas se pierdan y nunca más encuentren el camino a casa. Esta luz es conocida como La Lamparilla.
Hice como quien mira, pero no ve, así que no me di cuenta de que la luz, que empezó pequeña, poco a poco se hacía más grande, como si se acercara a mí. Tampoco me percaté de que el silbido se había acallado y que la lluvia seguía intensa, como hacía una hora.
A esas alturas de la madrugada, solo pensaba en qué estarían haciendo mis acompañantes. Solo cuando llegaron una hora y media después del incidente me enteré de que caminaron media hora hasta un pueblo pequeño, donde pidieron una furgoneta prestada.
Con la furgoneta, los tres partieron rumbo a Shiringal Alto, donde tuvieron que despertar al operador de la retroexcavadora con la que finalmente fueron hasta mi ubicación. Luego, empleando dos cabos y un Slim, terminaron por alejarme del abismo.
La camioneta estaba intacta; todos estaban contentos. Ni bien el vehículo salió de peligro, me bajé, corrí a un lado de la vía y oriné. Lo disfruté insanamente, con placer culposo, como si fuera la mejor meada de mi vida.
Volví con una sonrisa; todos ya se habían subido a la camioneta. Arranqué el carro y, sin más incidentes, recorrimos los últimos ocho kilómetros que faltaban para llegar al campamento. Concluyo esto recordando un viejo refrán que dice: «No me hables por ciencia, sino por experiencia».
Definitivamente, esto ya no es una creencia; es mi vivencia. Dime lo que quieras: sobre lo supersticioso, lo alucinado, lo aterrador, sobre las proyecciones psicológicas o sobre si un tumor me está haciendo tener episodios esquizoides. Dime lo que quieras; mi vivencia fue esta.
Sin más que decir, me despido recordándoles que anden con cuidado y que no cerremos del todo las puertas a estos mitos y leyendas. Estas creencias y vivencias están ahí por algo y forman parte de nuestra cultura.
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11 respuestas
El Tunche, la Lamparilla; definitivamente es plausible su existencia si consideramos la posibilidad, no pequeña dada la región de la que has escrito, de que alguien hace siglos haya practicado alta brujería.
Una vez más, una historia muy bien contada, con elementos de terror y suspenso que son poco comunes en ti, pero que salió bien
No he tenido situaciones que me confirmen al 100% que los mitos y las leyendas sean ciertas pero, las historias y vivencias de otros me provoca el temor suficiente para desear no confirmarlo. 😅
Un tono sombrío resalta entre la paleta de colores monocromáticos en matices negros y grises sobre esta nueva narrativa, digna de un libro de cuentos y fábulas de la selva; mi querido Edgar Allan Poe de Calleria, espero que sigan las narrativas así; realzando nuestra mística regional, acaparado de muchas quimeras textuales y líricas; es momento que les otorgues adaptabilidad en contextos actuales y le des forma a una nueva generación de todo lo que la región tiene para ilustrar a los lectores del mundo. Definitivamente es una gran narrativa Fernando «Ramsey Campbell» GP-A de Ucayali.
No creo ser el único que lo nota y no se si tienes conocimiento de ello pero tus textos son muy versátiles, muy ricos en influencias, muy referenciados a leerlo y venirme a la mente un autor por la narrativa o por los aspectos de detalle; siempre noto algo resaltante y es bello ejercer el «LEAR» (el arte de leer y disfrutar).
Saludos y exitos.
Para ser sincera, este tipo de texto es de los que más me gusta leer porque hay tanta gente que tiene una anécdota sobre su cercanía con estos entes que alimenta mi creencia en ellos. Buen trabajo Fer, tus historias nunca defraudan🫶🏼
Excelente relato!! Cuantos nos identificamos con las vivencias amazónicas, una nueva narrativa ,de lo que ya estamos acostumbrados a leer, excelente !!
No es cuento chino, estos seres sobrenaturales existen, mi mamá lo vivió en carne propia.
A ella se le presento la lamparilla.
Hasta ahora no he tenido este tipo de experiencias, y tampoco deseo que me pase 😅
Interesante relato, viví una situación similar ya te contaren. Aquí en mi pueblo suceden cosas!!!
Buena Historia interesante y muy cierta
Lo máximo! Me gustó mucho leer este relato😊 Exitoooooos al autor🎊🎉🥳🤗
Por más ciencia que uno estudie o haya, las experiencias que no pueden explicarse y que no se cree hasta que realmente a uno le pasa, es la clara evidencia de que hay que tener la mente algo más abierta ante tanta misticidad que hay en el mundo. Y si eres selvatico más que seguro que has pasado por alguna experiencia así.