UNA SOMBRA EN LA MEMORIA

UNA SOMBRA EN LA MEMORIA

Saliendo del mercado, Rosa Sifuentes decidió tomar una ruta alterna a casa. Algo le llamó la atención, una sombra al final del callejón le resultó familiar.

Fue antinatural: ante lo desconocido y potencialmente mortal, la reacción instintiva era retroceder. Pero, si era quien Rosa sospechaba, no había razón para temer.

Acelerando el paso, la curiosa caminante llegó hasta el final y dobló a la derecha, en la misma dirección en la que la silueta se desplazó.

Al ver el nuevo callejón, con paredes húmedas y charcos en el suelo, descubrió que no había nadie, no estaba Alejandro.

Era extraño, después que desapareció en octubre del año pasado, nunca más se supo de él, simplemente se lo tragó la tierra y nadie conoció paradero o destino suyo.

Él era un tipo bastante normal, estudiante de último año de escuela y, al acabar el año, cada cual tomaría su rumbo.

Rosa era su compañera de salón y, más que una simple compañera, era una amiga que deseaba que sea más que sólo eso.

La noticia de la desaparición de Alejandro fue vox populi; pero, se trataba de un chico rudo. Un tipo bueno por dentro, con una coraza inflexible y tosca, además de un cartel en la frente que decía: ¡aléjate!

Tras su desaparición, Alejandro fue buscado en todo San Pedro.

Este era el apacible hogar de unas quince mil almas, una plaza, una iglesia y varias cantinas para calmar la sed de los obreros del nuevo ferrocarril que conectaría al pueblo con la capital.

Durante la búsqueda pegaron carteles, se hicieron cadenas por WhatsApp y otras redes sociales. Incluso se llegó a pedir información de su paradero en la radio del pueblo.

  • Amigos radioescuchas, el joven Alejandro Robles se encuentra no habido, se le vio por última vez regresando de jugar con sus amigos en el parque Las Palmeras.

 

Vestía un short azul eléctrico, zapatillas blancas y un polo morado, cualquier información, comunicarse con esta radioemisora -se oyó regularmente el primer mes de su desaparición.

“Seguro se fugó por una chica”, era otra de las cosas que recurrentemente se murmuraba en las esquinas, tampoco es que lo extrañasen tanto.

Sólo Rosa quedó con una espina atravesada en el corazón. Era su amigo, su Alejandro, su gran cariño silente.

En medio de los rugidos y las malas actitudes, Rosa había descubierto en Alejandro a un joven talentoso y sensible.

Ella era la única persona en la escuela que entendía el porqué de su actitud.

Alejandro vivía en casa con sus padres; pero, ese grupo era lo que sea menos una unidad familiar.

El padre era alcohólico, la madre era víctima de violencia doméstica, y ambos agredían frecuentemente a Alejandro y a sus cuatro hermanos para que no ‘molesten a papá’, cuando este dormía ebrio en la sala.

La rabia que cargaba su joven corazón era desfogada, a menudo, en peleas callejeras y malas calificaciones, su desempeño era bajísimo.

Si por obra de Dios se encontraba a punto de egresar de la escuela, era gracias a Rosa, quien lo ayudaba en todo.

La tarde que Alejandro desapareció, Rosa lo había acompañado a jugar básquet con sus amigos y luego caminaron a su casa.

  • Cuídate, nos vemos el lunes en la escuela -dijo Alejandro.
  • Escríbeme cuando llegues por favor, te quiero -dijo Rosa, cayendo en cuenta que era la primera vez que le decía algo así.

 

Sorprendido y sonrojado; pero, con el ceño fruncido, Alejandro respondió asintiendo con la cabeza y caminó dos cuadras más, hasta la casa de sus padres.

Rosa repetía aquel momento una y otra vez en su cabeza, se preguntaba qué había pasado. ¿Sería tal vez culpa de haberle dicho ‘te quiero’?

La idea de que Alejandro se hubiese escapado con una chica, para Rosa, estaba por completo descartada, ella no sabía de nadie más y sabía (casi) todo de él.

Algo no le cuadraba; pero, cuando los meses pasaron y Alejandro no daba señales, tuvo que empezar a hacerse la idea de que, muy probablemente, no volvería a verlo.

Por eso cuando, cuatro meses después de su desaparición, Rosa creyó ver la silueta de Alejandro al final del callejón, no dudó en correr hacia ella y buscarlo.

Mirando el final de la calle, Rosa no pudo evitar sentirse nostálgica recordado la última vez que lo vio y culpándose, una vez más, por lo dicho.

Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos como cristales que se reventaban sobre el pavimento, cuando una mano sucia, áspera y grande le tapó la boca mientras la sujetaban por la espalda.

Rosa temió lo peor.

La presión se le bajó, las piernas se le derrumbaron y el corazón se preparó para asumir un ruin y doloroso destino, un cruel final.

El segundo de desesperanza sufrió una abrupta interrupción cuando un olor llegó a ella.

En medio de la humedad, grasa y basura, un sutil aroma se abrió paso, olía a él, a su humor, a su calor.

No podía ser cierto, Rosa no entendía qué era lo que estaba pasando cuando el tipo que la sujetaba susurró:

  • Por favor no grites, tenemos que hablar; pero, no grites.

 

Ya no había margen de error, ¡era él!

Rosa relajó el cuerpo y Alejandro aflojó la presión sobre ella.

Lentamente, Rosa giró entre los brazos de Alejandro y se aferró a él como un náufrago a su tabla. El llanto, esta vez de felicidad, brotó con aún más intensidad.

  • Por favor, tenemos que escondernos, acompáñame en silencio -dijo Alejandro tomándola de la mano.

 

Sigiloso, agazapado y con la mirada alerta, Alejandro dirigió la operación de escape a un bosque cercano.

Al llegar, Rosa encontró un pequeño campamento montado. Calculó que Alejandro llevaba ahí menos de una semana, lo supo por la cantidad de basura y alimentos consumidos que pudo ver.

  • ¿Dónde estuvo todo este tiempo? -se preguntó.

 

Ya sin la presión del estado de alerta, Alejandro pretendió sonreírle a Rosa, a lo que ella respondió con una cachetada.

  • Pero, ¿tú eres idiota o qué tienes?, ¡¿cómo te desapareces así?!, ¡¿cómo reapareces así?!, ¡¿qué tienes?!, ¡¿qué te pasó?! -dijo Rosa con lágrimas en las mejillas.
  • Rosa, Rosita, en verdad lo siento mucho, estoy arrepentido de todo; pero, no sé qué hacer…

 

Mirándola con miedo, Alejandro confesó lo que lo llevó al exilio.

  • Rosa, maté a mi papá.

 

Desconcertada, Rosa miró a los ojos a Alejandro y le pidió que continuara.

  • No sé bien qué pasó. Yo me acosté después de escribirte, estaba muy feliz de haber pasado la tarde contigo y con los muchachos. Me quedé pensando en la forma en la que me despediste.

 

Rosa se sonrojó; pero, no le bajó la mirada a Alejandro.

  • En medio de la noche escuché que mi papá llegó borracho, como siempre, y empezó a gritar pidiendo comida. Mi madre bajó de su habitación y le imploró que no alzara la voz, a lo que mi padre respondió con una bofetada y más gritos.

 

La cara de Alejandro se ponía cada vez más roja y los ojos se le llenaban de lágrimas que no se atrevían a ceder ante la gravedad.

  • Yo no aguanté más Rosita, llevaba años escuchando que mi padre le hacía cosas terribles a mamá, y me harté. Salí de mi habitación y bajé a auxiliar a mamá.
  • ¡No te metas! -me gritó mi papá.
  • Deja de una buena vez a mi madre, ¡lárgate, cabrón!, ¡borracho de mierda!, machito eres para pegarle a una mujer, a los niños; pero, a mí no me tocas hace tiempo, ¡ven pues, machito, ven!, ¡saquémonos la mierda de una buena vez, cabrón! -le grité a mi papá.

 

Rosa miraba con estupor a Alejandro mientras él continuaba el relato.

  • Rosita, cuando mi papá corrió hacia mí, di un paso al costado y se fue de cara sobre la mesa de centro de la sala, era una mesa de vidrio y se rompió toda.

 

Pude ver cómo varios pedazos de vidrio se le incrustaron en la cabeza, el cuello y los brazos. La sangre salía a borbotones, mi madre se desmayó. Yo no llamé a la policía.

¡Te juro que no supe qué hacer en ese momento! Subí a mi habitación, me cambié la ropa, saqué un par de polos y hui al monte.

Tengo miedo Rosita, tengo mucho miedo, en verdad odiaba a mi papá; pero, te juro que no quise matarlo.

Los ojos de Rosa no salían de su asombro.

  • Estás seguro de lo que me cuentas -preguntó Rosa.
  • ¿Tú eres idiota? ¡Te dije que peleándome con mi papá lo maté! ¿Cómo puede eso no ser verdad? -respondió alterado Alejandro.

 

Rosa procuró ignorar el insulto y metió la mano a su bolsillo, agarró su celular y empezó a revisar su galería.

  • No creo ser idiota Alejandro; pero, aquí estoy con tu papá buscándote por el malecón, una semana después de que desapareciste -dijo Rosa, mostrándole una foto.

 

Alejandro sintió que el mundo se le desmoronaba por completo, ¿cómo era posible que su padre esté en esa foto con ella? ¡Él había muerto desangrado como un pollo en la sala de su casa!

  • Tú me estás jodiendo, jamás creí que serías capaz de hacer una bajeza así, Rosa. ¿Qué tienes?, ¿qué te hice?, ¿por qué me haces esto? -reclamó Alejandro.
  • No hice nada Ale -dijo Rosa mientras abría su mochila- estos son los panfletos que todos hemos estado repartiendo, tu papá está bien, está vivo y, desde que te fuiste, ha dejado de beber. No deja de culparse por tu partida.

 

Alejandro no entendía nada, ¿cómo era eso posible? Él había amanecido en el bosque luego de haber caminado toda la noche, huyendo de la escena del crimen.

Rosa intentó acercarse a él. Alejandro hizo un flojo intento de alejarla; pero, finalmente, fue abrazado por ella.

Entre los brazos de Rosa, Alejandro tiritaba, lloraba y sollozaba como si fuera un niño.

  • Yo lo vi desangrarse, ¡yo lo vi! -murmuraba entre dientes.

 

Al ver la convicción de Alejandro, Rosa tuvo una idea retorcida; pero, que era la única plausible.

  • Ale, ¿y si lo soñaste? -dijo Rosa- Te juro por Dios que tu padre está vivo y que la mañana que no te hallaron en casa yo vi a tu madre, no tenía golpes, ni nada. Te lo juro, Ale -finalizó.

 

Las palabras de Rosa encendieron un faro en la mente de Alejandro y, como si fueran flashes, empezó a ver escenas de aquella noche donde simplemente se paró de la cama, se puso ropa y salió con su mochila.

El verdadero terror de que aquello fuera un sueño, surgió cuando se preguntó si aquel era el primer sueño que confundió con la realidad, o cuántas veces más le había sucedido.

¿Cuánto en su vida era real?, ¿qué había sido real y qué había soñado? Las preguntas se dispararon en el paredón de fusilamiento de la memoria y empezaron a quedar como pendientes a resolver.

Quedaba creer, creer en Rosa, por encima de sus recuerdos. A esas alturas del partido, sólo quedaba creer en la única constante de su vida: ella.

El llanto y sollozo empezó a menguar, mientras Rosa seguía abrazándolo tendida en el suelo con él en su regazo, apoyándolo en su pecho.

  • No entiendo cómo o por qué; pero, en casa te esperan, ven conmigo, vamos -dijo Rosa, abrazándolo aún más fuerte.

 

El silencio de San Pedro fue sepulcral cuando todo el pueblo pudo ver caminando, por en medio de la avenida principal, a Rosa Sifuentes junto a un indigente con dirección a la casa de los Robles.

Las miradas inquisidoras alfombraban los pasos de los jóvenes, que poco a poco, eran reconocidos como Rosa y Alejandro.

Ambos, mientras caminaban, sólo compartían miradas de aliento con la esperanza de llegar al final de la calle, doblar a la izquierda y tocar la puerta de su casa.

  • ¿Listo? -preguntó Rosa.
  • Si estás conmigo, siempre -respondió Alejandro.

 

Rosa sonrió y, sujetando la mano de Alejandro, tocó la puerta tres veces.

 

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6 respuestas

  1. Fernando, ¿hay segunda parte
    No sé a qué santo patrono de los literatos te estás encomendando, pero semana a semana estás entregando productos de alta calidad.
    Este relato muestra la esperanza de un joven lleno de psicopatologías que merece secuela y que me encantaría que un día formara parte de una serie de televisión, sugiero el título «La Rosa de Polar» (🤣🤣🤣🤣🤣).
    Bromas a parte, calificar de este relato está de más. Sigue así!!!

  2. Que fuerte, hay muchas personas como alejandro que sufren abusos, en algún momento la mente después de tanto estrés les tiene que jugar una mala pasada de hecho.
    Excelente fer sigue asi

  3. Muy buena historia, teena pensando cuánto de todo ello fue cierto… Pero cuando se sufren de esos abusos constantemente, la mente te protege y crea escenarios que evitan que sufras más.

    Hay parte dos?

  4. Desconcierta pensar que nuestra mente puede jugar con la realidad y nuestra naturaleza humana caer tan fácilmente para así actuar de maneras no esperadas… Muy buen relato 😁👌

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