¡Maldita sea! ¿En qué momento se me ocurrió enviar esa carta? ¡La culpa es de Trump! Si esa loca vuelve, es culpa de Trump… y en parte mía…
¿Qué se suponía que debía hacer?
Yo pensé, y lo digo con absoluta sinceridad, que escribirle al presidente haría la diferencia para que Cristina pudiese quedarse allá, haciendo su vida sin molestar a nadie.
Lo que no esperaba era el convertirme en el catalizador de esta hecatombe, el detonador de Hiroshima, en mi propio verdugo.
Hace una semana recibí un sobre que venía directamente de la Casa Blanca. Me sorprendió verlo ahí, enorme, elegante, soberbio.
Tenía mi nombre, los sellitos y todas esas cosas. Estaba como para enmarcarlo y ponerlo en la sala.
Adentro, encontré un documento que tenía como encabezado un águila dorada, y en letra azul marino: “White House Office of Presidential Correspondence” o, en español, Oficina de Correspondencia Presidencial.
La carta decía así:
Señor
Salvador M. Olortegui Reyes
PucallpaRecibimos con atención su correspondencia dirigida al presidente de los Estados Unidos, en la que nos informa sobre el estatus migratorio irregular de la ciudadana peruana María Cristina Vildoso Del Águila.
Agradecemos su compromiso con el cumplimiento de las leyes de este gran país. Le informamos que su valiosa aportación ha sido remitida a las autoridades competentes para que tomen las acciones correspondientes con la celeridad que el caso amerita.
El Gobierno de los Estados Unidos trabaja incansablemente para garantizar que nuestra nación continúe siendo un territorio de oportunidades para quienes ingresan legalmente y contribuyen al crecimiento de esta patria.
Asimismo, apreciamos el interés que expresa por nuestro país y lo invitamos, cuando lo desee, a iniciar un proceso de solicitud de visado siguiendo los procedimientos establecidos por el Departamento de Estado.
Que Dios lo bendiga, que Dios bendiga a América.
Atentamente,
Oficina de Correspondencia Presidencial
La Casa Blanca
Mientras leía la carta, tuve que sentarme y releerla al menos dos veces.
Quince renglones. Ni siquiera necesitaron ciento cincuenta palabras.
Al terminar la carta sentí que estaba en un limbo, en una cueva borrosa y fría en la que el pánico me tenía paralizado.
El papel se convirtió en acero y mis brazos no pudieron sostenerlo. Los antebrazos y bíceps me quemaban.
Hacía mucho que no sentía pánico. La última vez fue cuando María Cristina me lanzó el cenicero de cristal de mi abuelo en la espalda.
Ni siquiera recuerdo porqué discutíamos, sólo recuerdo ponerme de pie para alejarme y que todo se calmara.
No fue posible.
Pararme y evitar la discusión fue el espacio que ella necesitó para lanzar el pesado cenicero contra mí.
El dolor en la espalda fue fuerte; pero, no tanto como la indignación que me ocasionó.
El dolor emocional, la herida emocional que me creó fue tremenda.
Esa no fue la primera agresión de Cristina, tampoco la última; pero, creo que fue la primera vez que me arrojó algo.
Aquella también fue la primera vez que sentí muy seriamente que en algún momento debía cortar con ella.
Lo sé, debí hacerlo mucho antes, antes incluso que se marchase; pero, fue muy rápido.
María Cristina y yo nos conocimos y, dos años después, nos casamos. Fue fulgurante. Apasionante. Un frenesí.
Ella era fuego, candela pura. Y yo, su proyecto personal. Su misión era enamorarme, cautivarme, ¡hacerme perder la cabeza!
– Dame una noche y te demostraré por qué seré el amor de tu vida -me dijo cuando la conocí.
Le sobró la mitad de mi cuba libre. Cuando acabó su frase ya estaba a su merced.
La amé desde siempre, o al menos así lo sentí el día en que la conocí.
Su trabajo no fue arduo, la frase, la mirada y la sonrisa que me mandó fueron el conjuro que me tuvo a su lado, incluso, cuando volaban las cosas.
Cuando yo era su amor, era la mujer más amable, tierna y dulce del mundo; cuando no, me resultaba irreconocible.
Yo idealicé ese vaivén. Al principio era como casi anecdótico, bastante inusual; pero, poco a poco fue volviéndose algo normal.
– El matrimonio lo arreglará todo -pensé estúpidamente.
El matrimonio no solucionó nada. La convivencia profundizó el Cotahuasi, elevó el Everest, expandió el universo.
-El amor lo solucionará todo -fue la siguiente mentira que me compré.
Puede que sí, pero en esa inestabilidad, en ese dolor, en ese vaivén, no habían decisiones claras, no había determinación… no había amor.
A pesar de las señales, no tomé acciones evasivas, todo lo contrario.
Me aferré más a que, por algún mágico o milagroso motivo, todo se arreglaría.
No fue hasta el vuelo de aquel cenicero que empecé a tomar en consideración que quizá debería evaluar la posibilidad de un final.
Para cuando había tomado la decisión, ella ya se había ido.
En verdad, cuando trato de hacer memoria de cómo pasó, sólo puedo encontrar mis errores como esposo.
Es muy fácil culpar de todo a la otra parte; pero, en el negocio de estar en pareja, las ganancias y las pérdidas se dividen por la mitad.
¿Cómo es posible que haya comprado pasajes, arreglado maletas y simplemente haber desaparecido sin que me diera cuenta?
¿Cuán poca atención estaba dándole a mi hogar? Ojo, estamos bien separados y tengo cero intenciones de regresar con ella; pero, creo que siempre es bueno hacer un mea culpa.
Simplemente se fue y lo hizo tan bien que nunca más volví a saber de ella; hasta aquella llamada que me hizo para darle un mensaje a mis ex suegros.
Recordando todo lo vivido en este pseudomatrimonio, también recuerdo el proceso de divorcio. Fue complicado.
He escuchado a mis amigos hablar de sus divorcios, de los dramas con sus esposas. Mis dramas fueron conmigo, en las mismas cuatro paredes donde ahora hago esta catarsis.
Estar rogándole a amigos de amigos de amigos y conocidos de ella que le alcancen los papeles, que los firme y que me los devuelva fue un viacrucis.
Quisiera olvidar todo eso, dejar todo atrás, quisiera no recordarlo; pero, no puedo, esa fue mi vida… esta es mi vida.
Así que, ahora, prefiero culpar a Trump. ¡La culpa es de Trump!
La vida ya nos había puesto en nuestros lugares, yo ya rehice mi vida, ella ya rehízo la suya. ¡No la quiero cerca!
En verdad me hubiera encantado que Biden la hubiera echado en medio de la gran deportación silenciosa que realizó.
Ya… que al menos no la hubieran dejado entrar; pero, si ya entró, déjenla tranquila. No quiero tenerla aquí… tenerla cerca… ¡Han pasado cinco años!
Lo que realmente me preocupa no es su presencia; sino, su lengua.
Yo estoy bien porque no sé nada de ella; pero, si por a o b se le ocurriese hacer alguna aproximación, algún contacto… ¡Tengo miedo!
He sido capaz de sobrevivir a muchas cosas: sus maltratos, mis angustias, su partida, mis ansiedades, su frialdad… ¡Todo!
Creo que sólo hay una cosa a la que no me siento capaz de sobrevivir: a verla aparecer, escucharla y, en el peor de los casos, recibirla.
A que las paredes de este cuarto donde escribo vuelvan a retumbar con sus sonidos, los buenos, los ricos, los malos… que vuelva a colonizar mi cama, mi casa, mi corazón.
Me aterra imaginarla en su bata floreada preparando café, me da mucho miedo mi asquerosa amnesia selectiva que no pudo seleccionarla.
Es inminente, sé que volverá aquí, donde viven sus padres, a un par de cuadras de mi casa, su ex casa…
Dicen que nombrar un problema es la mitad de la solución.
El problema es que yo no tengo solución.
Cuando ella llame a la puerta… abriré.
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7 respuestas
Que pasará después? 😯 Queda seguir con la canchita y ver qué hace cuando toque la puerta…
Fernando, te superaste a ti mismo largamente.
Por favor, dígnate terminar este relato con otras dos o tres partes más porque se está volviendo una adicción.
Las emociones de Salvador se sienten tan vivas, el miedo a lo que podría suceder es palpable y emocionante. Ya quiero saber qué pasará cuando María Cristina toque esa puerta.
Otra vez, incalificable!!!
Como dice la tía Susy
Que se haga la dieta del estudiante …
Excelente relato, nos deja con la incógnita qué pasará después de abrir la puerta
Éxitos
¿Y la enfermera que conoció? Ay…
Fuerza amigo
Que difícil superar todo eso para que luego vuelva pero el miedo es parte de la vida. Es mejor afrontar las cosas y tampoco ser tan bueno de recibirla de nuevo si ya cada uno tiene su vida es mejor que siga así.
Ojalá que Salvador sí le den la visa, ciudadanía y residencia.