Cuando ella partió, juró nunca más voltear la mirada, seguir hacia cualquier lugar que no fuera atrás: descubrir un mundo nuevo.
Cuando él la vio partir, sintió un dolor en el pecho que no guardaba lógica con la paz que le acompañaba aquel adiós.
Era comprensible, nunca pudo amarla como ella a él.
Cuando ella llegó a su primer destino, la vida no fue nada amable. Los rostros desconocidos, casi tanto como las calles, la seguían juzgando sin conocerla.
Definitivamente, le dejaron claro que ya no estaba en casa.
Para él, amarla resultó un esfuerzo vano, ella no tenía ningún problema, salvo los defectos naturales del ser humano.
La aventura de vivir en una nueva ciudad, en un nuevo país, resultó complicada. El éxito cosechado en el trabajo se diluía en la tragedia de aquel departamento vacío de piso café y paredes blancas.
– Ahora, ¿qué sigue? –se preguntaba constantemente él.
– ¿Debí quedarme? –preguntaba ella.
Cuando él conoció a ella, la vida era otra. Aún no había descubierto su vocación, ni su esencia, ni la terapia.
Cuando ella tuvo que volver a abrir las alas para un vuelo migratorio al noreste del globo, fue un momento trascendental.
Cuando él se descubrió sólo, pudo finalmente ver en el tiempo a aquella ella que se fue antes de quien se acababa de ir.
Cuando él recibió un mensaje de aquella primera ella, la segunda desapareció para siempre de su mundo.
– Pásame el número de él -me dijo ella por Instagram.
– ¿Cómo para qué quieres su número? -respondí
– Necesito sentarme a tomar un café con él, es la única persona en el mundo con quien no hice las paces -señaló.
¿Cómo podía decirle no? Inmediatamente procedí a compartir el contacto de él, con la esperanza de que ocurriera lo que finalmente ocurrió.
La mañana del domingo primero de junio, ella, después de siete años, decidió escribirle un mensaje a él.
Él no tenía registrado ningún número de ella desde aquel adiós, que recordaría al despedirse de aquella ella a la que no pudo amar.
“Soy yo”, le bastó decir, para que él supiese que era ella. La presión se le subió, los sudores se aproximaron: era ella.
– Me gustaría tomarme un café contigo, ¿te interesa? -preguntó ella.
Él, como siempre, no pudo articular más de tres palabras diferentes.
– Sí… quiero… sí -respondió él.
Ella pactó la cita en un café que había visto en redes sociales. A diferencia de antes, ahora no le pesaba elegir.
A diferencia de la chica que partió, la mujer que volvió siete años después sabía muy bien lo que quería y lo que no, también.
Frente a la determinación de ella, él sólo atinó a decir:
– Te recojo.
Para que luego ella le indicase la dirección a la que él debía ir por su otrora doncella.
Él se volteó y le dijo a su compañero de piso:
– Me llamó.
– ¿Quién? -respondió Manuel.
– Ella… -dijo él.
– ¿Ella?… ¿estamos hablando de la misma ella? -replicó Manuel.
– Sí, de ella.
– ¿La ella que se fue hace poco? -insistió su compañero.
– No, hermano, hablo de Ella, con mayúscula, mi canónica.
Manuel sabía lo que significaba ella en él, así que no lo molestó más y lo instó a seguir con la conversación.
De cuando en cuando, Manuel le hacía gestos con la mano a él para que moviera la boca y emitiese algún sonido; pero, era imposible.
De monosílabos y palabras simples no pasaba.
Cuando él se encontró con ella, en la puerta de aquel edificio miraflorino, casi se le cayó la mandíbula.
Era ella; pero, ya no era la misma ella que partió, casi saltando por la ventana de su habitación, hacía tantos años.
Era ella, revisada y mejorada, era ella, ahora convertida en una mujer profesional, con mundo, con la fuerza suficiente para plantarle cara al destino.
Él, por su parte, seguía siendo él.
¿Había cosas que habían cambiado? Sí, seguramente, cosas como que finalmente tenía algún sentido de la moda
Sentido previamente inexistente en él y raíz de muchas discusiones durante los reiterados esfuerzos de ella por inculcárselo.
Ella se dio cuenta de inmediato.
– Linda gabardina, negro -dijo ella
– Gracias -respondió él.
Al subir, ella notó que él había lavado por completo el coche, se había esforzado y lo agradeció en silencio, sonriendo para ella.
Aquel trabajo, inusual en el chiquillo que dejó hacía casi una década, la envalentonó para tener la versión completa del café que había proyectado.
Para ella había que elegir un camino:
Si él resultaba ser un cretino, peor del que dejó, ella tenía una conversación de cinco minutos, un par de risas fingidas y una ruta de escape.
Ahora, si resultaba que él ya no era un pelotudo; sino, que había aprendido a ser un hombre o lo más cercano a lo que uno es, entonces alargaría la conversación en detalles y sensaciones.
Sensaciones que pronto se descubrieron del velo de la prudencia para dejar en evidencia que realmente eran sentimientos.
Curioso fue el momento donde él empezó la charla ya sentados en aquella mesita en la terraza del San Antonio de Cavencia.
– Me sorprendiste, sabes, me alegró escucharte.
– En verdad venía preparada para un adiós.
– ¿Cuántas veces más te tienes que ir? -replicó.
– No un adiós como el de antes, un adiós sin dolor, soltarnos.
– Yo hace tiempo te solté… -insistió, con una sonrisa y el rostro delatando una flagrante mentira.
– ¡Claro!, por eso estás aquí, ¿verdad?
Después de respirar hondo, él procuró continuar con las riendas de la conversación.
– ¿Cómo te fue?
– Creo que bien, descubrí algo curioso… el mundo es redondo…
Él creyó que le estaban tomando el pelo; pero, decidió hacer una pausa y seguir escuchando el relato.
– …y resulta que, en una esfera, el punto más lejano al que puedes ir es exactamente el que marcas girando 180 grados.
Él entendió la figura; pero, estaba algo confundido.
– Vine para despedirme sin los dramas de la última vez; pero, en su lugar, tengo que confesarte algo.
– Sigue, por favor -le dijo.
– No esperaba querer volver a verte después de hoy; pero, quisiera, antes de acabar este café, pedirte un café más. Esta noche no va a alcanzarnos…
Él entendía perfectamente lo que pasaba, y le pasaba exactamente lo mismo.
Ella, su ella, la mujer que dejó ir, que tuvo que soltar; estaba ahí, de vuelta, frente a él esperando una respuesta.
– Uno, dos, ¡diez cafés más, por favor! -respondió él- creo que no sabes la gratísima sorpresa que tu presencia representa en mí, eres tú; pero, ya no eres tú, eres, eres una versión superlativa de ti.
– Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos -recitó ella.
– Ya no la quiero, es cierto; pero quizás la quiero -respondió él.
Ambos sonrieron con complicidad, con la alegría de haber encontrado muelle para sus barcas.
Ambos supieron que aquel sería el inicio de mil cafés y que, siete años de andar, los habían llevado a donde y con quien debían estar.
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5 respuestas
Amooooo, un relato muy bonito sobretodo la superación de los personajes, tan lindoss. Y uff tremenda referencia el tal vez la quiero. Jsjs
Fernando, qué historia de amor tan hermosa y misteriosa que has redactado!!!
«Ella & él» ha quedado envuelta en un aire ligero que huele a misterio y me gusta mucho, no porque quiera que los dos (o tres) protagonistas lleven nombre, sino porque no tenemos idea de los verdaderos sentimientos de ambos sino hasta el final!!!
Has sabido mantener el suspenso y una lectura entretenida
Felicitaciones, incalificable!!!
Leyendo esto con una lagrimita en el ojo
Wowww que bella historia!
Linda historia 🙂