Escribo estas líneas en un escritorio que no es mío, desde un cuarto que no es mío en una casa ajena… después de haber llenado de besos a una mujer ajena en lugares indescriptibles.
Escribo esto sabiendo que en pocas horas llegará la policía para detenerme y regresarme al calabozo al que pertenezco y en el que pasaré los próximos quince años de mi vida.
No pienso argumentar ni decir que mi condena es injusta: hace cinco años recibí una sentencia de diez por haber matado a un hombre.
Soy culpable, yo lo hice y me arrepiento poco o nada. Sí, no era mi responsabilidad cobrar esa deuda, hacer ‘justicia’; pero, alguien debía hacerlo.
Supe que él fue quien atacó a una persona que amé desde siempre, que era parte de mi familia. Supe también que llevaba escondido meses y cruzarme con ese asqueroso rostro me descolocó.
Debí pensarlo mejor, debí no hacerlo, no porque no se lo mereciera esa basura; sino, porque Marcela no se lo merecía.
Marcela es mi esposa, bueno, exesposa, aquella a quien esta mañana llené de besos y caricias como nunca antes.
Digo que es una mujer ajena porque llevamos tres años divorciados, le pedí el divorcio para que pudiera seguir con su vida sin mi existencia como un lastre en la suya.
Si es que hoy pude amarla, fue debido a que me escapé de mi custodia durante una visita al hospital.
Pasa que Marcela me escribió una carta, hace un par de semanas, diciéndome que viajaría a España y que ya no me enviaría eventualmente aquellas cartas que me acompañaron todo este tiempo.
Al recibir la carta de Marcela mi corazón se hizo un nudo, tuve que ir corriendo a la letrina a vomitar lo poco que tenía del almuerzo.
En el suelo de mi celda, con los ojos reventados, mis compañeros me preguntaron por qué me había metido un ‘bate’ sin compartir.
‘Bate’, ‘Troncho’ o ‘Churro’ son términos informales para referirse a un cigarrillo de marihuana.
La sorpresa de ellos se debió a que nunca he consumido nada extraño en todo el tiempo que llevo en esa celda, de alguna manera no soy el típico asesino de manual.
Mi nombre es Armando y soy, antes que un asesino, un profesor de literatura peruana, un exesposo y un amante de la vida.
Sé que es irónico y algo incongruente; pero, es quien soy.
No consumo drogas, ni si quiera alcohol, hago una rutina de ejercicios todos los días. Leo, escribo y ayudo en la escuela de la prisión.
El anuncio de la partida de Marcela despertó en mí un duende chiflado que diseñó un plan que me trajo hasta el escritorio donde escribo estas líneas.
Pensando en cómo salir de prisión recordé que, cuando estaba en el colegio, una vez me indigesté comiendo palta con yodo.
Era un experimento para comprobar la reacción de este elemento con alimentos que contienen almidón.
Yo comí algunos de los alimentos a los que le agregamos tintura de yodo y terminé en emergencia con unos cólicos espantosos.
Así, conseguí algo de yodo con El Farmacéutico y ayer me tomé media botellita después del almuerzo.
Transcurrieron dos horas y los cólicos llegaron.
En verdad era un dolor aún peor del que recordaba. Mis compañeros llamaron a los custodios que me llevaron a la enfermería. Una hora después, el personal ordenó mi evacuación al hospital.
Llegué por emergencias y me dejaron en observación mientras me pasaban suero e intentaban averiguar qué me pasaba.
Obviamente, jamás dije qué había hecho, lo que había comido.
Temiendo una peritonitis por un apéndice reventado, los doctores empezaron a moverse con rapidez.
Yo me quejaba de dolor y me revolcaba en la camilla, cuando una enfermera se acercó a mí y dejó caer, en medio de mis rotaciones, un invisible de cabello.
En cinco años en prisión había aprendido a abrir esposas con un alambre y me bastaron unos segundos para quitarme las esposas.
Bueno, en realidad, las aflojé; pero, no me las quité, para no despertar sospechas en el personal médico.
Con las esposas flojas, empecé a dejar de quejarme de dolor y los médicos se calmaron, me preguntaron si el dolor había bajado o si estaba mejor.
Yo les dije que sí; pero, ordenaron que permanezca en observación esa noche. Era todo lo que yo quería, que ordenen mi internamiento.
El hospital era un pequeño desastre, las ventanas estaban rotas, no había barrotes, es decir, tenía la oportunidad que deseaba.
Cerca de las dos de la mañana, cuando todos dormían, me escurrí por la ventana y caí tres metros a un pastizal.
Al llegar ahí, encontré que no había cerco en esa parte así que empecé a caminar por la parte de atrás del hospital hasta la esquina.
Ahí tomé un taxi al que le dije que me habían asaltado y que debía volver a casa. El caballero me trajo hasta Marcela.
Cuando llegué, ella me vio desde el balcón cuando toqué la puerta y bajó corriendo a recibirme, pagó el taxi e ingresé.
Poco o nada conversamos; si no, que nos llenamos de besos entre lágrimas.
Jamás permití una visita conyugal, jamás permití que me visitara en la cárcel y ella estaba de acuerdo.
Esto no porque no la amase; sino, porque no podía permitirnos esa imagen.
– La próxima vez que te vea será aquí -le dije, la última vez que conversamos frente a frente.
Y fue tal y cómo se lo dije.
Existen dos tipos de principios que describen la naturaleza de las cosas a nivel legal.
De iuris (en papeles) Marcela no era mi esposa. De facto (en los hechos) Marcela siempre fue mi esposa y yo, siempre, cada segundo, seguí siendo suyo.
He dejado la cama, de la que ahora es su casa, ya no la mía; en el cuarto que ahora es su cuarto y ya no el mío, hará una hora.
Marcela está en bata preparando el café del desayuno, sabe que dentro de poco vendrán a detenerme y llevarme a mi celda.
Es muy probable que me sumen años de condena; pero, ya no importa nada.
Si Marcela, después de esto, continua con su viaje, sabré que hice hasta lo imposible y si dentro de unos años, cuando termine esta odisea, averiguaré sobre ella.
Espero de corazón que algún juez se apiade de mí y entienda que ni este escape ni el asesinato de ese violador, fueron hechos de maldad.
Lo maté porque ese tipo jamás entraría en la cárcel y me escapé a ver a mi esposa, porque no podía permitirme que partiese al otro lado del mundo sin darle un beso en libertad.
No escribiré más porque quiero hacerle el amor una vez más a mi esposa hasta que llegue la policía. Disfrutaré, al menos por un instante más de esta libertad.
Sí, he gastado una hora escribiendo; pero, es porque la mitad de este texto lo hice con Marcela colgada de mi espalda, besando mi cuello y acariciando mi pecho.
Si dentro de cinco o más años (espero que menos) salgo en libertad; moveré cielo, mar y tierra para regresar con ella.
Bueno, Marcela acaba de entrar con el café. Adiós.
Sólo una cosa más: Marcela, te amo, siempre te voy a amar.
Por siempre tuyo.
Armando.
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4 respuestas
Que hermoso de verdad lo compartiré
Excelente relato! Dios te siga bendiciendo Fernando.
Fernando, lo usual con tus relatos es que pueda armar una película en mi cabeza con los eventos que describes y esta vez, sin mucho detalle, lograste causar el mismo impacto.
Me resulta curioso el uso de los signos de puntuación de Armando que no he encontrado en tus columnas anteriores, es como si te hubiera poseído Armando y da un olor a nuevo a tu columna. Me gustó mucho.
Este relato es hermoso y no necesita que lo califique. Felicitaciones!
Wowww he imaginado todo ello, tus relatos siempre me hacen viajar a todas partes!