EL FLACO ALBERTO

EL FLACO ALBERTO

‘El flaco’ Alberto Azerrad Araujo: masón, judío, loretano, pucallpino, emprendedor, empresario, padre, esposo, ingeniero, maestro y amigo; ha muerto.

Ojo, este no será un obituario; será un viaje por mi memoria.

Alberto fue mi tío, un tío de cariño como solemos decir en este lado del mundo. Esto significa que no guardábamos consanguineidad.

Él era mi tío porque fue amigo de la familia de mi madre, de mi abuelo Jaime y mi abuela Kika.

Ir a su velorio fue impresionante, ingresar al salón principal del templo de la logia masónica de Pucallpa fue curioso.

Definitivamente no fue lo que esperaba; pero, tampoco me sorprendió: era lo que se podía pedir de sus miembros (tómenlo para bien o para mal, lo dejo a vuestro criterio)

Estar ahí me reencontró con viejos rostros conocidos de mi primer colegio, del cual el Flaco fue promotor junto a su esposa Cecilia.

Estando ahí me pregunté cuáles habían sido las anécdotas que me unían a mi recientemente fallecido tío y recordé algunas que quiero compartirles.

Cuenta mi madre que el flaco Alberto tenía la costumbre, cuando yo era un petipan, de invitarme a la rueda de los adultos en las reuniones para hacerme una pregunta:

– Sobrino -con aquel marcado ceceo- ¿con quién trabaja tu papá?

A lo que enfáticamente respondía:

– Con la putalola.

Recién formulaba mis primeras oraciones al hablar; pero, me llamaba muchísimo la atención el trabajo de mi papá con la computadora.

Yo no entendía del chiste en aquel momento; pero, ese es el recuerdo más antiguo que tengo de él.

Ese y las anécdotas jocosas que el Flaco le contaba a mi mamá cuando encontraba mi triciclo bien estacionado en UNICROM, el primer instituto de computación de Ucayali, fundado por él.

No tengo recuerdos más antiguos de él, el siguiente recuerdo, también cortesía de mi madre tiene un matiz colorido.

Importante es que sepan que mi madre es pintora y, durante quince años, fue docente de arte en el colegio Antonio Raimondi.

El colegio Raimondi, a su vez, fue fundado por Elena Lugón y Cecilia Urrutia, esposa del flaco Alberto.

En este contexto, un neo escolar (o sea yo) decidió que no se sabía los nombres de los colores en inglés.

Yo tendría unos cuatro o cinco años y, como era de esperarse, la noticia voló a oídos de mi madre.

En aquel tiempo el colegio era pequeño, muy familiar, y todos sabían todo lo que pasaba ahí.

En ese marco, el Flaco le dice a mi madre, a la salida de clases, que me llevaría a la bodega.

Al regresar, mi tío Alberto estaba partido de la risa.

– Negrita, tu hijo es un pendejo -dijo Alberto.

– ¿Por qué tío? -preguntó nerviosa mi madre- ¿Qué pasó?

– Está hueveando a su profesora… -dijo entre risas el Flaco.

– ¿Cómo así?

– ¿No ves que me contaste que lo han jalado en los colores en inglés?

– Sí, tío; pero, ¿qué pasó? -preguntó angustiada mi madre.

– Que llegamos a la bodega y le pregunto qué quiere a lo que me responde que una galleta naranja Orange, ¡es un pendejo! -celebró el Flaco mientras yo degustaba mi galleta.

Durante sus exequias lo recordaron como alguien gruñón o renegón; pero, los recuerdos que tengo de él fueron siempre con una sonrisa enorme.

Flaco; pero, con una panza muy particular. Parecía una pita con nudo.

Escribiendo estas líneas, he recordado que el flaco pertenecía a un selecto club de señores que compartían un secreto.

En algún lugar de la cuidad, que por casualidad descubrí, el flaco Alberto y otros connotados varones de la cuidad, se sometían religiosamente al teñido de sus cabellos crespos.

– Nunca falta, Fernando -me comentó el barbero- pero, vienen a un privadito y bien de noche para que nadie los vea -finalizó mi amigo y fuente.

Imaginarme a mi tío en plena teñida siempre me causaba gracia, pero, imaginarme a jueces, fiscales y grandes señores de la vieja guardia pucallpina pasando por aquel ritual, simplemente me partía de risa.

El último recuerdo, el más relevante para mí, tiene que ver ya conmigo de adulto.

En aquel momento yo trabajaba para Diario Ímpetu e hice una pequeña biografía a mi tío. Un perfil como el prohombre que fue para Pucallpa.

Años más tarde, tuve que entrevistarlo en el marco de un video que realicé por el 30 aniversario del Colegio Antonio Raimondi.

En ambas ocasiones pasó lo mismo: en determinado punto, la nostalgia lo sobrepasó y lo quebró en llanto.

Ojo, un sentido llanto, un llanto muy natural, real, la ebullición de las emociones de un hombre sin miedo a expresar lo que siente.

Siempre admiré eso en él, no sé si era así con todos o si es que mis preguntas tocaban fibras sensibles; pero, admiraba mucho saber que era un hombre sin miedo a llorar.

No sé cuán cierto sea este dato; pero, otra cosa curiosa que siempre escuché sobre el flaco Alberto era que estaba de novio con mi tía Cecilia desde los quince años.

Cuando pensaba en el tiempo que ello significa, no podía dejar de pensar en lo afortunado y bendecido por Dios que él fue, a pesar de las dudas constantes del Flaco sobre la existencia de Él.

Otro dato que se me viene a la mente era que nunca viajaba en el mismo avión que mi tía Cecilia, como una precaución para cuidar de sus hijos, en caso pasase algo con el vuelo.

Estos últimos dos datos no los tengo verificados; pero, creo que forman parte del mito del flaco Alberto.

Lo que sí sé es la cantidad de palabras de agradecimiento fue abrumadora.

– Si lo llevábamos a Lima, hubiera sido una injusticia a su memoria -me comentó en reserva una de las hijas del tío Alberto.

Creo que al final eso es lo importante: la cantidad de vidas que, positivamente, tocamos/impactamos durante la nuestra.

No es tan importante los años; sino, qué hicimos con ellos.

El Flaco murió con ochenta años vividos a plenitud, a la cabeza del instituto que formó de cero y que tanto amaba, comiendo, riendo y juntándose con quienes quería.

– Al final, de todas las enfermedades que tengo, me va a llevar la más cojuda -dijo el Flaco poco antes de descompensarse e ingresar a la sala de emergencias de la que no salió más.

Su muerte me generó un fuerte conflicto teológico y doctrinal; pero, al final decidí quedarme con que la Misericordia de Dios sabrá que hacer con un hombre bueno, carente de Fe.

El Flaco se fue; pero, vivirá en todos los que los conocimos, en su esposa que, a pesar de las serias condiciones que tienen restringida su movilidad y habla, vino a Pucallpa a despedir a su amor.

Vivirá en Alberto, Lorena, Rafael y Cecilia, sus cuatro hijos.

Vivirá en sus hijos, nietos, alumnos, amigos… y en cualquiera que haya sentido el alcance de su generoso corazón.

El Flaco vivirá eternamente en nosotros.

Descansa en paz, tío Alberto.

 

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5 respuestas

  1. Hermoso Fernando. Muchas gracias.
    Me tocó el corazón. Todo lo que dices es cierto, solo que aunque si era creyente, nunca practicó una religión y aunque nació judío, creo que murió más católico que muchos

  2. Lo único que puedo decir, que un gran tío se nos fue. Tuve la suerte de visitarlo en este último viaje y de reírnos de cada anécdota que pasamos, al despedirnos siempre con un hasta luego y no un adiós, no pensaría que sería la última vez que lo viera. Siempre que viajaba allá ibamos a visitarlo en el instituto, era una parada obligatoria, se extrañará ello.

  3. Celestino y yo también lo recordamos con la sonrisa cálida en el rostro y l a sencillez de un gran hombre. Solo se nos adelantó 🫂.

  4. Fernando, no pudiste abordar mejor la historia de un hombre, que seguramente tuvo sus miserias, pero que tenía un corazón enorme.
    Como católico, lamento mucho que no tuviera fe, de haberla tenido, hubiera sido un santo muy grande.
    De todo corazón espero que descanse en paz y Dios le tenga misericordia por todo el bien que hizo.
    Un abrazo fortísimo y esta columna no necesita calificación.

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