EL ÚLTIMO PRIMER BESO

EL ÚLTIMO PRIMER BESO

Anoche di, el que espero sea, mi último primer beso, y fue perfecto. No parecía serlo: la sincronización era absoluta.

Ya se había dicho de todo, ya se habían dejado claras las intenciones y, más importante aún, nos encontrábamos rendidos al amor.

Ayer no fue la primera ocasión que tuve para besarla o robarle un beso; pero, antes me había negado a intentarlo por encontrarlo impropio.

¿Cómo besarla si no nos habíamos abrazado por más de unos segundos?

Algo tan íntimo como un beso ameritaba la seguridad de, al menos, poder fundirnos en un interminable abrazo sin miedos ni dudas.

La intimidad es un concepto, muchas veces dejado para la sexualidad; pero, existen miles de maneras de hacer el amor.

Cuando te sientas por horas a consolar a una persona, sólo escuchando, abrazando y alentando, esa es una manera de hacer el amor.

Cocinando y sirviendo, claramente se está amando a la otra persona, ¿acaso eso no es hacerle el amor?

Sin besarla y (casi) sin haberla tocado, yo la había amado más de una vez en silencio y ella lo sabía.

– No eres como los demás -repetía una y otra vez.

Yo no podía dejar de cuestionarme y agradecer por la cantidad de imbéciles que habían pasado por su vida.

Es que un hombre que no puede ver a los ojos a una mujer por centrarse en otros atributos, es un animal, no un hombre.

Una persona que sólo está buscando ese acercamiento físico está actuando, en principio, de manera egoísta y, por ende, en ausencia total de cualquier tipo de amor.

La ruma de babosos que la pretendió, creó en ella una coraza casi impenetrable, una muralla casi imposible de batir; pero, hemos aquí.

Ovillada entre mis brazos, como si de su lugar favorito se tratase, y mirándola a los ojos, procedí a besarla.

No fue un beso tierno, no fue un beso novel. Fue un beso con carácter, con peso, con hambre y deseo.

Fue ese punto de la novela donde todos saben que va a pasar algo para lo que se fueron preparando en capítulos previos.

En tiempo ordinario han pasado pocos días desde que decidí cruzar las fronteras de la amistad al plano desconocido del amor.

Son pocos días desde que la madrugada que, lleno de valor, decidí escribirle y decirle: “me gustas, estoy interesado en ti, quiero conocerte y que me conozcas porque creo que podríamos tener algo lindo”.

No sorprenderé a nadie al decir que ese estilo, claro y directo, no se encontraba en mi repertorio y respondía a un intento de no hacer lo mismo que siempre con una persona diferente a las demás.

Ella es una mujer extraordinaria y requería, de mi parte, ser un hombre extraordinario, claro y determinado en mis intenciones.

Para mujeres como ella, un timorato y acobardado es una pérdida de tiempo; porque, para niños, suficientes los que atiende en sus voluntariados.

Era momento de demostrar quien era el hombre en el que me había convertido.

Tenía que ser quien estaba destinado a ser, así no lo fuese en aquel momento.

Decirle “me gustas” fue el mayor acto de hombría que he tenido.

No era la primera vez que se lo decía a alguien; pero, era la primera vez que de entrada dejaba en claras mis intenciones.

– Tómalo o déjalo; pero aquí, ni tú, ni yo, vamos a perder el tiempo, ya no estamos para tonterías -pensé.

Su respuesta fue algo bastante inesperado para mí.

– Vamos, conozcámonos.

Así de precisa, sin bemoles, sin dudas sobre las dudas.

Es: “no estoy segura, no lo vi venir; pero, si tu invitación es a conocernos, quisiera conocerte y saber qué onda contigo”, fue maravilloso.

Cuando algo está destinado a ser, será.

La primera vez que la vi en su oficina, detrás de su escritorio, con la mirada seria, los labios perfectamente dibujados y el rostro pálido pensé:

– ¡Qué guapa la secretaria!

Sin más, no esperaba nada y seguí la vida.

Muchos meses después, en una reunión, ella y yo coincidimos y la recordé en el acto.

Quienes me conocen sabrán que soy malísimo para recordar rostros y nombres, y que soy aún peor en asociarlos; pero, no pasó así con ella.

Sabía de dónde la conocía y pude asomarme a su manera de pensar, de hablar y actuar, fuera de aquel escritorio de madera.

– Encima de guapa, inteligente la muchacha -pensé luego de escuchar en silencio sus ideas.

Estaba fascinado; pero, bloqueado emocionalmente a sentir lo que sea. No fue mi momento y tampoco lo forcé.

Hace unos meses intenté abordarla, tras salir del bloqueo en el que me encontraba; pero, el cobarde sujeto que le presenté, huyó ante el mínimo obstáculo.

Cruzar la frontera de la palabra, para entrar en un campo desolado y lleno de minas, fue una aventura arriesgada; pero, tuve ayuda.

Ella me ayudó, con la claridad de mis intenciones y la profundidad de mis sentimientos, a cruzar el campo y llegar a ella.

Sin su apoyo, jamás hubiésemos terminado fundidos en aquel delicioso abrazo que derivó en aquel beso, el primero de muchos anoche.

Recorriendo sus labios, abrazándolos con los míos, no dejaba de pensar en el camino que ambas bocas tuvieron que recorrer para llegar a donde estaban.

Pensé en los hombres que besó, en las mujeres que besé y les di las gracias a todos por formarnos, directa o indirectamente, para el mejor beso de mi vida (y creo que el de ella también)

Fue un sublime, absoluto y convincente: “de aquí soy”.

Hace años no me ponía colorado frente a una situación; pero, mi presión y palpitar no fueron ajenos a ese frenesí.

Qué cosa más extraordinaria fue besarla y que me bese, que me coma la boca a besos, como si de un viejo amante se tratase.

Era curioso, nuestros labios, nuestros cuerpos, nuestras manos se encontraban en una posición increíblemente natural.

Realmente no pareció un primer beso, ni un primer acercamiento físico.

Éramos dos personas listas para estar aquel preciso instante.

No hubiera funcionado antes y, después, siempre hubiese sido una mezquindad.

Aquel beso, lícito, consentido y arropado en los pañales del amor, tenía todos los permisos habidos y por haber.

No recuerdo nunca haber tenido tanta química con alguien.

Se lo pregunté y ella respondió lo mismo, mientras no dejaba de sonreírme.

– Si así empezamos, ¿cómo terminaremos? -pensaba mientras no paraba de besarla.

Ella se encuentra en casa y yo en la mía, aún no es el momento de compartir un techo; pero, los sueños estarán indefectiblemente entrelazados en adelante.

Sé que lo vas a leer, así que aquí te repito lo que, entre mis brazos te dije:

– No me quiero ir de aquí, te quiero.

5 respuestas

  1. Fernando wow!!!
    Qué fue eso?!
    La cantidad de emociones plasmadas en este relato son sencillamente hermosas y creo que está entre tus mejores 10 columnas románticas.
    Verdaderamente, el amor toma muchas formas y tú has relatado una de las más hermosas.
    Por repetitivo que suene, esta columna no necesita calificación. 10/10 y god.

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