GUSTO INESPERADO

GUSTO INESPERADO

El día que descubrí mi gusto por la capsaicina fue algo inesperado, trascendente y revolucionario: nada volvió a ser lo mismo.

Siempre le tuve respeto, la verdad.

En realidad, lo que yo decía con relación a la capsaicina era que no me gustaba, porque era una herramienta vana para mejorar un trabajo mal en la cocina.

No tenía un encanto por sí misma; pero, hay veces que nos predisponemos a que las cosas no nos gusten.

Puede que tenga un encanto, seguro que lo tiene; pero no estamos dispuestos a averiguar cuál es.

No puede ser que exista tantísima gente a la que le encante determinado sabor, olor, textura o placer y que no tenga un motivo de ser.

Atreverme a probar y que, en medio del dolor, encuentre placer: lo disfruté, he de confesar.

Desde aquel primer encuentro con la capsaicina, no he vuelto a comer igual, siempre que como, requiero un poco de ese picor.

Claro, un poco, un gustito, un antojo. No puede, ni debe, ser el sabor principal.

Aún me mantengo firme en que, si la comida sabe más a ají que a la sazón, es porque la comida es mala.

Capsaicina es el nombre del compuesto que hace que todos los ajíes piquen.

Definitivamente se trata de un gusto adquirido.

Nadie nace pidiendo un poco de ají en su biberón o en su papilla.

Convengamos que, por más sabroso que se lo puedan encontrar, el ají es perfectamente prescindible.

Podríamos tranquilamente vivir sin él.

No así sin la carne o las verduras, sin las frutas o las diferentes fuentes de carbohidratos que nos acompañan.

Esos sí son elementos imprescindibles de la cocina; pero, el ají como complemento posterior o añadido… siempre será algo optativo.

Evidentemente hay gente adicta a la capsaicina, gente que no puede dar un bocado sin ella.

Un claro ejemplo es una querida tía, entrada en sus sesentas, que colecciona corazones y semillas de todo ají que encuentra para hacer sus cremas.

Esos aderezos son un poema al fuego del infierno; pero, ella no puede comer sin esa ardiente salsa.

A mis más de treinta años, me había mantenido al margen de lo picante, básicamente porque pica y, eso duele.

Sin embargo, eso cambiaría cuando el amor llamó a mi puerta en la figura de una hermosa dama.

Con la llegada de Esmeralda a mi vida, tuve que tomar una decisión importante: acompañarla en ese gusto o mantenerme firme.

La firmeza me tendría a salvo; pero, la aventura me acercaría a ella, a un futuro novedoso.

Decidí arriesgarme y, a Dios gracias, no perdí.

Esmeralda me mostró que no debía tenerle miedo a lo picoso y yo, a la vez, pude enseñarle a ella que había que encontrar un balance.

Yo acepté a la capsaicina en mi vida; pero, como parte de los últimos bocados de la comida.

Era la cereza del helado, el punto cúspide de una buena comelona.

Un par de bocados finales con su picantito era la justa medida.

Quizá podría distribuirse el ajicito a lo largo de la comida; pero, sin quitarle importancia a lo importante, la carne, las verduras, los carbos.

¡Tan rica que es la carne, por sí misma!

Su sabor, su textura, su olor, todo es perfecto y puro. Una buena porción de carne no requiere de nada más que no sea sal y pimienta.

Tal vez un poco de picante; siempre y cuando no me alejen del sabor matriz.

Si es así, no tengo problema en abrirme a nuevas experiencias.

Creo que estas aventuras culinarias, a pesar de los eventuales y muy probables riesgos, sirven para romper la monotonía.

Cuando conocí a Esmeralda, lo último en lo que pensé fue que a ella podría gustarle lo picoso.

Cuando la vi por primera vez tan tranquila, mesurada y serena, no imaginaba que detrás guardase un dragón insaciable.

El gusto de Esmeralda por la capsaicina era brutal.

La primera vez que cociné para ella, lo disfrutó y me lo hizo saber sin demora.

Yo sabía que era un buen cocinero, que tenía calidad de ingredientes y excelente técnica culinaria; pero, en su rostro vi que algo le faltaba.

Cocinarle a alguien implica conocer sus gustos y empezar a brindarle, en el tiempo, lo que él o ella más le gusta.

Esmeralda jamás me dijo: ¡dame picante!; fui yo, mi paciencia y mi experimentación cocinándole lo que me llevó a ese descubrimiento.

Me costó creerlo.

En verdad pensé que había sido un error de la matrix y que esa reacción al picante fue circunstancial; pero me equivoqué.

Desde que le puse picante a la comida, Esmeralda hizo todo lo necesario para que entienda que ese era el camino.

Debo confesar que, si bien soy buen cocinero, no tenía experiencia ni cocinando picante ni comiendo ají.

Me tomó desprevenido, por sorpresa; pero, uno debe estar siempre listo para enfrentar los desafíos que la vida nos coloque.

Aún soy escéptico sobre la capsaicina y lo prescindible que es al cocinar.

Esmeralda, en cambio, le da un valor único y dice que nadie había equilibrado el picante como yo.

Antes, cuando ella pedía ají, le daban una montaña que solo servía para tapar malos sabores.

Ahora, en palabras de Esmeralda, todo mi trabajo culinario era impecable, innovador y avanzado; pero, que incorporase el ají, lo elevó a la n.

Sigo sin entender cómo es que me atreví a tantas cosas por Esmeralda; pero, ahí estamos, avanzando y disfrutando la vida.

Al final, lo verdaderamente importante es darte el tiempo de conocer a la otra persona y servirle el platillo que guste y viceversa.

Entendí que el picante es apenas una excusa, un destello, un modo de jugar con fuego sin quemarse.

Lo esencial está en la mesa: la persona que tienes enfrente, su historia, sus gestos, lo que calla y lo que entrega.

Así, si la comida es picante o no, pasa a un segundo plano.

El primer plano siempre quedará en la persona, en su dignidad y en el amor que pongamos al cocinar para el otro cada día.

3 respuestas

  1. Fernando, qué delicioso relato cocinaste!
    Sabrás que mi historia de amor empezó con un cebiche, ardiente como el infierno en el Callao.
    Construiste un protagonista muy sencillo y tierno, pero también con carácter.
    Quiero repetir este plato… dos o tres veces.

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