Tras las puertas del puericultorio Juan Miguel Ferré, pude ver cómo Mateo y Carmen conversaban bajo unas escaleras, con el aroma de mar en sus narices.
Encerrados, sin culpa alguna, su existencia ponía en jaque todo dogma existente.
¿Cómo le hablas de amor a un niño abandonado?… ¿Cómo le hablas de bondad a una niña abusada por quienes debieron haber dado su vida por ella?
Los maestros, nunca lo suficientemente bien pagados, terminamos siendo casi padres, casi mentores.
En general, así debería ser la educación y quienes educan; pero, en un lugar como el puericultorio, este deber se volvía una necesidad.
No todos los menores ahí presentes entendían cómo es que terminaron en aquel lugar que, a pesar de los esfuerzos, era una cárcel.
En este popurrí, algunos presos buscaban la fuga de Alcatraz.
Otros vivían como Segismundo, esperando despertar de aquel interminable sueño.
Los que pertenecían a ese segundo grupo estaban convencidos de que era imposible que los abandonasen y que, cuando despierten, estarían en una cama tibia con el beso y el abrazo de papá y mamá.
– Eres un tonto, Mateo, no estamos en un sueño -dijo Carmen, por enésima vez.
– ¿Tú cómo sabes que no lo es? -replicó Mateo.
– Porque no creo que exista una pesadilla tan horrible como esta… -respondió Carmen a Mateo con lágrimas en los ojos y el maxilar entumecido de la furia.
Verlos conversar, mientras evadían mi clase de educación física, me recordaba a los griegos filosofando en sus plazas y jardines.
Sabía de qué hablaban porque, más de una vez, los escuché teorizando sobre la razón de su existencia o qué pasará mañana.
Mateo y Carmen no eran los primeros chicos que escuchaba hablando así; pero, sí fueron los que más vi progresar en sus pensamientos.
– Yo necesito conseguir una mesa antes de fin de año -dijo Mateo con seriedad.
– ¿Para qué una mesa? -preguntó Carmen.
– Para salir volando de aquí, es la manera más sencilla.
Carmen vio con extrañeza la propuesta de su compañero de plática; pero lo dejó continuar.
– El plan es simple -continuó Mateo- con una mesa dada vuelta, agarro setenta y tres globos bien inflados, los amarro a las patas y ¡listo!
Mateo sonreía con el orgullo de quien descubrió un antiguo secreto.
– Cuando amarre los globos, me subiré a la mesa y arrojaré las piedras que pondré de contrapeso, ¿ves?, es imposible que no funcione -sentenció Mateo.
Con mucha incredulidad, Carmen sonrió y preguntó:
– Chévere contigo; pero, ¿cómo vas a dirigir tu cosa voladora?
Si Mateo ya sonreía orgulloso, la alegría que mostró antes de dar su respuesta final era de no creer:
– ¡Dios lo hará!
Carmen pensó en qué era lo que Mateo trataba de decirle, quién era ese tal Dios del que tantas veces había oído y del que se decía que nos amaba a todos.
¿Dónde estaba ese Dios cuando la abandonaron en un basurero y fue encontrada por perros que, ladrando, advirtieron a un reciclador?
Le estaban hablando de ese ser que nadie ha visto, pero en el que se supone que todos debemos de creer… ¿de ese mismo Dios?
Carmen quería mucho a Mateo, como para tumbar de un golpe su sueño.
– … ajá… Dios se encargará, entonces…
– ¡Claro, Carmen!, o ¿acaso dudas de que pueda hacerlo? -dijo Mateo.
“Dudo de su existencia”, pensó Carmen; pero, desde el amor, desde ese amor que creía no conocer contestó:
– No… sí… normal… tranqui; pero ¿a dónde quieres que te lleve Dios en tu cosa para volar?
Con los ojos vidriosos y la voz quebrada, Mateo respondió:
– A Casa…
Carmen le sonrió amablemente y lo abrazó, como a su hermano, como a su yunta, a su compinche.
En el abrazo, Carmen le dijo a Mateo:
– Yo también quiero ir a casa… pero esperaré a mis dieciocho años.
– ¿No quieres ir en mi mesa? -ofreció Mateo, para quien esperar once años en aquel lugar era inconcebible.
– No, Mateito, yo no tengo prisa, siento como si estuviera jugando a las escondidas con ellos.
Mateo miraba con curiosidad a Carmen y su juego.
Pensó en lo mucho que debía querer a su familia para esperar dieciocho años para salir del Centro y atraparlos.
– Un buen día, voy a llegar, les voy a decir: ¡ampay! y les dispararé -haciendo un gesto con la mano, sobre el abdomen de Mateo- ¡pum, pum, pum!
– ¡Suena divertido tu juego!… después de que los atrapes y les dispares, ¿seguirán jugando?
– La verdad, no sé, por ahora sólo pienso en jugar este juego y terminar con todo.
Mateo, quien estaba sonriendo por las cosquillas que le ocasionaron aquellos balazos ficticios, empezó a apagarse de a pocos.
– Yo sí extraño a mis papás, por eso quiero verlos pronto -dijo Mateo.
– Mateo, tú nunca conociste a tus padres, ¿cómo puedes extrañarlos?
– Es que, cuando pienso en mi mamá o en mi papá me pongo feliz y me siento acompañado y extraño que no estén aquí esos papaces con los que sueño.
Quebrada por la ilusión que Carmen no llegó a tener nunca, Carmen volvió a abrazar a Mateo.
– Espero que nos veamos del otro lado del muro algún día.
– Seguro que sí -respondió él.
No había terminado su respuesta cuando Antonio, un niño dos años mayor, se acercó contento.
– Lo conseguí, Carmen… hola, Mateo -dijo Antonio.
– Hola -dijo Mateo.
– ¿Qué cosa? -preguntó Carmen.
– ¡Conseguí los caramelos de queso!…
– ¿Dónde los conseguiste? -replicó Carmen. Mateo no sabía de qué hablaban.
– En la cocina, anoche pusieron muchísimos y hoy los recolecté todos.
En ese momento, Antonio mostró una bolsa traslúcida, que contenía unas bolitas rojizas, rosáceas, en una cantidad considerable.
– ¿Cómo sabes que son de queso? -preguntó Mateo.
– ¡Porque se las comen los ratones, tonto! -respondió Antonio.
– Mira Mateo, conversando con Antonio nos dimos cuenta de que un día hay ratones, esparcen esos caramelos y los ratones se van. Antonio está convencido de que, si se come esos caramelos, también se irá de aquí… ¡como los ratones!
Mateo estaba sorprendido por esta historia.
– ¿Y si te vuelves ratón? -preguntó.
– No digas tonterías, eso es imposible -afirmó Antonio.
– Pero, ¿cómo sabes que no te volverás ratón?
– Fácil, cuando salga, te mandaré un queso desde la calle y sabrás que salí y que no me convertí en ratón.
– Suerte, Antonio -dijo Carmen.
– Sí, mucha suerte, niño -dijo Mateo.
– Gracias, chicos, ya les cuento cómo me va -finalizó Antonio, antes de perderse en el patio.
Lamentablemente no lo supe a tiempo.
Lamentablemente supe de los caramelos de queso, el día en que Antonio se los comió y no despertó más.
Lo descubrí cuando junté a Carmen y a Mateo para preguntarles si sabían algo de Antonio o si tenía planeado hacer algo.
No dudaron en contarme todo con alegría, con ilusión; y, en un genuino acto de curiosidad, me preguntaron:
– …los caramelos de queso parecían una excelente idea, profe, ¿funcionaron?
No tuve el valor de responder.
3 respuestas
Fernando, me has hecho enojar.
Estaba feliz leyendo la historia de Carmen y Mateo, una niña que tal parece que quiere borrar a sus papás de la faz de la tierra y un niño extremadamente inocente y dulce que llora en silencio.
Tu final me sorprendio y destruyó, solo a ti te permito terminar de una manera tan abrupta un relato que parecia que tendría final feliz.
Te felicito, no hay necesidad de calificar esto
Me quedé sin palabras… Pero resonará en mi la frase… Caramelos de queso…
Me quedé sin palabras… Pero resonará en mi la frase… Caramelos de queso…