CONTRATO CON LA ESPERANZA

CONTRATO CON LA ESPERANZA

Cuando colapsó todo, sólo me quedó firmar un contrato con la esperanza de que, al final, todo estaría bien.

El problema con la esperanza, como concepto, es que tiene mucha letra pequeña.

A saber, viene con una serie de términos y condiciones que debemos cumplir para que sea efectiva.

Por ejemplo, en ningún lado del contrato se establecen los plazos de ejecución o implementación.

En ni una sola de las infinitas líneas del contrato se definen más ilusiones que aquella de que todo mejorará.

Lo que sí establece, desde el primer momento, es que todo dependerá de uno mismo.

Eso sí me parece una canallada.

¿Qué clase de contrato es ese?, ¿para qué firmo un contrato donde la otra parte pone poco o nada -aparentemente- en la transacción?

Escéptico, decidí continuar con el dichoso contrato que, al menos, era mejor que lo que tenía en ese momento: nada.

Tener esperanza, cuando ya no tienes nada, es tener algo.

Muchas veces se escucha que la esperanza es lo último que se pierde.

Yo tengo serias discrepancias con la propuesta.

Me explico, yo no creo que sea lo último que se pierde; sino, que es lo primero a lo que acudimos cuando perdemos todo.

Primero es necesario perderlo todo, para recién poder ver a la esperanza como una opción.

Mientras uno se sienta fuerte, confiado en un plan -propio o ajeno- y tenga ánimos… la esperanza pasa a un segundo o tercer plano.

Dicho esto, con mi contrato en las manos, empecé un camino que no quise andar.

La esperanza es la entrada a una ruta; pero, como dijo el poeta, se hace camino al andar.

Yo, durante mucho tiempo, me negué a dar más que unos pocos pasos al mes en la esperanza de no requerir otra esperanza que la esperanza de lo perdido.

Mi padre, sabio varón, siempre me decía:

– No hay forma de aprobar y pasar las experiencias de la vida sin aprenderte bien las lecciones de la vida. Cuanto antes lo entiendas te irá mejor.

Ella es maestra, la vida enseña y no se cansará de repetirte las clases hasta que sepas plenamente.

Me negué a creerle por muchos años; pero, fueron esos mismos años los que -a patadas- le dieron la razón a papá.

Para salir de donde estaba debía tomar acciones, debía dar pasos.

Siempre he tenido un debate entre lo profundo del psicoanálisis y lo efectivo de lo conductivo-conductual.

Por mi perfil melancólico, intelectualoide y sesudo, siempre le tuve esperanza al proceso de sanar desde el entendimiento.

Pero mi bipolaridad, ansiedad y compulsividad me ha acoderado a lo conductivo-conductual.

Los más grandes pasos que he dado para salir del hueco que significó perderlo todo, los di desde la acción y no desde la idea.

Fue mi mente la que tuvo que adecuarse a mi cuerpo y las actividades, lugares y situaciones en lo ponía (me ponía).

Salir a bailar, dejar de quejarme por todo, callarme, escuchar, perdonar, pedir perdón… tantas cosas que me impuse para romper la parsimonia de mi catatónica depresión.

Pensándolo bien, la depresión nunca me abandonó, así que no lo perdí todo en aquel momento… bueno fuera que la depresión también se hubiera ido… ¡joder!

Debo reconocer algo que me costó muchísimo aceptar: soy un acumulador.

Ojo, mi acumulación es más sentimental que material.

Sí, acumulo algunas cosas que no debería en casa; pero, principalmente guardo toneladas de información en el cerebro de cosas que no debería.

Quizá por eso soy escritor.

Escribir se vuelve mi pensadero, como el de Dumbledore.

Si no fuera por la escritura, ¿qué sería de mí?

Lo peor de mi acumulación es que ahí radican mis fuertes limitaciones a seguir adelante, a ser mejor.

Mi padre, una vez más, me contó algo que me pareció una tontería en su momento; pero, que lamentablemente es real:

– Tú no le tienes miedo al fracaso; sino, al éxito. Estás tan acostumbrado a estar ‘mal’ que la idea de estar bien es aterradora, innovadora y potencialmente peligrosa por su desconocimiento. Tienes terror a estar bien.

Y no, no es un invento de mi papá, es real.

Muchas veces nos acostumbramos a la mediocridad de nuestro status quo y no queremos saber -por más que lo digamos- de otro camino.

De entre mis mejores decisiones, abrir mi corazón y mi mente a un nuevo amor, fue quizá la más revolucionaria y determinante de mis acciones.

Era ese contrato con la esperanza que me decía que quizá esta vez sí, que quizá no estaba destinado a una deplorable soledad y que tal vez merecía ser feliz; o, al menos, no ser un ser infeliz.

Lo intenté… y no me fue bien.

Se trató de algo impulsivo, no del buen impulso, sino del: why not?

Como correspondía, me estrellé; pero, incluso de ese choque aprendí algo: en verdad podía poner los ojos en otro lado que no sea el pasado.

Esta revelación fue crucial para cuando decidí pausarme, pensar e identificar qué era lo que quería para mi vida.

Suena a cliché y a texto de autoayuda -como toda esta columna- pero en serio considero crucial que cada uno se pregunte qué quieres para uno.

Nadie más que uno es la persona encargada de cumplirlo.

Para cumplirlo, es importante al menos conocer lo que quieres, conocer quién tu eres para que te puedas dar lo que quieres o sientes merecer.

Si bien no caminé durante muchos meses, sí pude repetir el ejercicio de que sí, que no y que nunca.

Este juego consiste en plantease situaciones, circunstancias, personas o momentos en los que definimos qué sí aceptaríamos, que no (o sí, pero con condiciones) y a que nunca accederíamos.

Así, casi dos años después de visitar Hiroshima y el atolón de Bikini, tenía claro qué quería y, con la cabeza fría, fui detrás de un objetivo.

Era tan simple como:

– Hola: este soy yo y me interesa conocerte, que me conozcas y que veamos, como dos adultos, si la amistad que tenemos podría devenir en algo o no.

No había respuesta buena o mala, era sólo un tipo acercándose a una mujer increíble para decirle: quiero descubrirte.

Cuando adquirí el valor de hablarle, el contrato brilló en mi mente con un resplandor áurico inesperado.

Todo me salió bien, dije todo lo que debía decir, fue increíble y aquí estoy ahora, escribiendo estas líneas en lo que espero para recogerla e ir a cenar con ella y mi familia.

Estoy aquí, con la satisfacción de haber dejado atrás, hoy, el ultimo resplandor de aquella hecatombe navideña.

Hoy soy libre.

Costó dinero, tiempo y decisiones difíciles. Esa fue la letra más pequeña del contrato, la que nadie lee hasta que ya está firmada.

No recuerdo todos los artículos, pero sí su última línea, escrita con una claridad que entonces no tenía:

– Al final, todo estará bien.

4 respuestas

  1. Fernando, disculpa la demora con la que leo tu encantadora columna.
    Sí, tener esperanza es así, ganar, perder y a veces caer de cabeza desde un tercer piso, pero verdaderamente, al final todo estará bien.
    La manera en que has abierto tu corazón en esta columna ha sido muy bonita y de todo corazón espero que me invites a esa boda (si necesitas que te convenza, te hago torta borracha de chocolate y Crema Volteada… también borracha 🤣🤣🤣).
    Tu columna no necesita calificarse. La disfruté muchísimo

  2. Seamos paciente con el contrato que hacemos con Esperanza… Realmente al final hay un final feliz de lo que nos proponemos! Sigo renovando contrato con ella ya que me ha dado buenos resultados! Y se que seguirás también haciéndolo!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *