TIERRA DE NADIE

TIERRA DE NADIE

Yo viví muchos años en la tierra de nadie. Probablemente no sepan qué significa eso en el mundo canero.

Hay quienes nacen con perfil académico y dedican una vida a formar sus mentes y habilidades para desarrollar actividades en beneficio de la sociedad.

Existe otra raza de hombres capaces de despertar temprano y dormirse tarde sacando adelante un negocio.

Estos tienen, entre otras capacidades, el don de la palabra, la disciplina y la constancia. Nunca conocerán a nadie más empeñoso que un empresario o un emprendedor.

Yo nací en la tierra de nadie de las expectativas humanas.

Muchos de los de mi especie suelen culpar a las circunstancias, al Estado o a sus padres. Yo me he negado siempre a hacerlo; sería llegar al fondo del fondo del abismo.

Soy un desterrado por vocación. Nunca quise estudiar, nunca quise trabajar, conocí desde muy joven los vicios y acepté que quería vivir así, o que no pretendería jamás vivir mejor.

Las infinitas noches con amigos que después desaparecían me hicieron conocer el alcohol y su dulce veneno.

Licor barato, licor de última, como yo, era lo que libaba a diario.

Las resacas eran eternas y ellas me llevaron a la cocaína. Talco para más rico y caro… ¡santa medicina!

No había resaca o borrachera que resistiera más de dos tiros; pero no había economía que sostuviera todos los tiros que necesitaba.

Eso me llevó a conocer la pasta.

Los compañeros de vicio estaban para la juerga y mi madre, santa mujer, para la comida.

Vicio, con ellos, jamás faltaba. Un plato de comida o un lugar donde dormir, ni de chiste.

No me alcanzará la vida para pedirle perdón a mi madre, hoy en el cielo, por tantas noches en vela y tantos dolores que le ocasioné a su corazón.

La casa de mis padres fue mi primer botín, donde robaba todo: un jarrón, la radio, los cubiertos.

No se salvaban ni los focos del pasadizo ni el papel higiénico que compraban para el mes.

Con los años, los escombros de mi conciencia me llevaron a irme de la casa a unos carros grandes y viejos aparcados en un lugar oscuro del barrio, desde donde partía a robar.

Maceteros, mesas y sillas de patio eran mi principal banquete.

Si por error alguien dejaba abierta una puerta y entraba a una casa, tocaba tasar al ojo y llevarme lo primero y mejor que encontrase.

Yo lo encontraba divertido. No pensaba y las pocas veces que sí, me decía:

– Por cojudos, así aprenderán a dejar con llave sus casas.

Sentía que cumplía casi una labor social.

Hoy, cerca de cuarenta años después de aquel inicio, mi barrio aún me mira con recelo, pero nadie deja una bendita puerta abierta por terror a un nuevo Solano, así me apellido.

Ese era el apellido de mi padre y también mi perfecta descripción. Siempre me sentí ridículamente solo, incluso en mis noches de vicio y perdición.

Fueron muchos años los que pasé en esa vida y muchos más los que pasé purgando condena por robo, microcomercialización de drogas, receptación agravada y asalto.

Cada ingreso al penal era terminar en tierra de nadie, el pampón donde estábamos todos los rechazados.

La cárcel es como una gran colonia con pequeños grupos en su interior.

Estaban los narcos, los sicarios, estaban los negros; estaban también los cristianos, los católicos, los de cuello blanco y los de la tierra de nadie.

Para nosotros no había celda, ropa o paila. No teníamos ni siquiera derecho a los espacios comunes.

La última vez que entré al penal ingresé con una herida abierta en el abdomen, producto de una cirugía luego de que me apuñalaran.

Colgaba de mí la bolsa de mi colostomía, bolsa que vendí ni bien ingresé por cuatro quetes de pasta y un cigarro Caribe.

Desnudo fui arrojado a tierra de nadie porque todos me conocían y nadie me quería. Era un vicioso malo y no me querían junto a ellos.

Al llegar, con un saco de harina me hice una especie de trusa y con una bolsa negra amarré la salida del agujero de mi abdomen.

Aún recuerdo a una señora que nos visitaba. Nunca entendí si era monja o solo un alma caritativa. Era la única que iba a ver si estaba aún con vida.

La reconocía porque era amiga de mi piadosa madre y porque nadie más ponía un pie en tierra de nadie.

Aún no entiendo bien por qué no he muerto. En verdad debí morirme hace mucho.

No sé qué hago vendiendo hoy los buñuelos que me enseñó a preparar mi madre en la puerta de la capilla donde tantos años pidió por mi conversión.

No sé por qué ella tuvo que morirse y yo no. La última vez que salí, ya no tenía padre y mi madre estaba desgastada.

Era como si ella también hubiese estado ahí conmigo, presa, en tierra de nadie, cocinando granos de arroz en latas de leche al fuego de una bolsa ardiente.

Parecía que mis vicios y condenas habían pesado aún más en ella que en mí. Eso me despertó.

Ella decía que fue Dios quien respondió sus oraciones. A mí todavía me cuesta creerlo.

Si fue Dios, me gustaría preguntarle por qué escogió un camino tan cruel para escucharla.

¿Fue Él o fui yo? Pienso en eso, pero tengo el cerebro tan calcinado por el alcohol y la pasta que hasta ahí llega mi capacidad de razonar.

Solo sé que salir y verla tan demacrada, y que incluso ahí ella tuviese una sonrisa para mí, me movió todo y me comprometí con ella.

– Nunca volverás a sufrir por mí —se lo juré—. Yo voy a estar contigo, mamita.

No fue la primera vez que le juraba algo así; pero sí era la primera vez que estaba convencido de que cumpliría mi palabra.

Cuando me vieron andando por el barrio, vendiendo de puerta en puerta rollos de papel higiénico, jabones y hasta libros, muchos llamaron a mi madre para preguntar si estaba robando nuevamente.

– Está haciéndolo bien —decía con orgullo—. Dios oyó mis oraciones.

Poco a poco me fueron mirando con menos recelo en el barrio, pero nunca con confianza.

Los últimos días de mamá fueron pacíficos y llenos de lo que pude darle de amor.

Cargaré eternamente el dolor de haberla dañado de muerte, así como cargaré eternamente su ataúd, que aún me pesa en el alma.

Sentado en esta plazoleta, que no es tierra de nadie, vendiendo los buñuelos hechos con la receta de mi madre y conversando a regañadientes con Dios en la capilla que la refugió cuando me perdí, me toca seguir adelante.

 

4 respuestas

  1. Qué reflexión tan profunda. Historias como esta nos recuerdan que la vida es un regalo y que cada decisión tiene consecuencias. Nunca es tarde para cambiar, valorar a quienes amamos y vivir con propósito. Felicitaciones Fer por compartir una reflexión tan humana y conmovedora, capaz de hacernos pensar y tocar el corazón. ¡Gracias por este mensaje!

  2. Que historia, cruda y real. Que facil es caer bajo y que dificil levantarse. No importa el tiempo que tome, lo importante es retomar el camino y si en ese camino se incluye a los seres que se amam , estoy segura que esa alma sera perdonada. Fuerte historia Fermandito.

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