LA QUE NO PUDE AMAR

LA QUE NO PUDE AMAR

Dicen que uno es de donde la sangre le llama. Me pasa con mi tierra natal, Iquitos; me pasa con la tierra de mis abuelos, Arequipa; y me pasa hasta con Argentina.

Lamentablemente, nunca me pasó con la tierra donde mi familia se asentó y he tratado de resolver por qué pasó o, mejor dicho, por qué no me pasó con Pucallpa.

Yo recuerdo que, cuando niño, todos mencionaban las ciudades donde habían nacido y se enorgullecían de ser de Lima.

Era como un plus para ellos decir que habían nacido en Lima y yo no le encontraba mayor encanto a la capital.

Quizá había conciertos o cosas que no había en Pucallpa; pero poder decir que era iquiteño era algo que profundamente me llenaba de orgullo.

Pensar en Iquitos era pensar en el Amazonas, en la región geopolíticamente más grande del Perú, en la región más cercana a la línea ecuatorial, en la mayor biodiversidad del país.

Eran demasiadas cosas que Lima no tenía ni cerca.

Cuando pensaba en la tierra de mis abuelos pensaba en el misti y en aquel verso que recitaba:

“No en vano se nace a los pies de un volcán”

Y es que Arequipa tiene muchas cosas que no son precisamente lindas; pero entiendo a la perfección esa pasión por su tierra, sus carnavales, sus playas, su cultura.

Creo que voy entendiendo por dónde viene esta pasión mía por esos lugares. Iquitos y Arequipa son tierras con muchísima identidad, con un fuego natural por lo suyo.

Entendiendo eso, mi amor por Argentina surge naturalmente.

¡Qué tierra para más orgullosa de sí misma! He tenido la oportunidad de estar dos veces en Buenos Aires y si llega a haber una tercera, probablemente no haya un retorno a casa.

Entiéndanme algo: no es una beatificación. Arequipa, Iquitos y Buenos Aires tienen un montón de cosas feas y procederé a enumerarlas para que me crean.

Arequipa tiene un tráfico descontrolado, un racismo fuerte hacia todo lo que sea altoandino y unos niveles de corrupción que no le ha permitido aprovechar a Cerro Verde como se debe o explotar a Tía María.

Iquitos parece una zona de guerra, sus calles angostas y destrozadas, sus obras sin sentido como el Puente Nanay o aquella alameda de una cuadra porque una autoridad quería un jardín en su casa: un desastre.

Buenos Aires tiene una generación acostumbrada a recibir por existir, el wokismo está en cada esquina, hablan más de derechos que de deberes y, mientras menos educación tienen, más racistas son.

No soy ciego ante sus defectos; pero tienen una identidad y una pasión que, lamentablemente, no encuentro en Pucallpa.

Pucallpa es una tierra linda de oportunidades, repleta de migrantes que han hecho suyo este suelo a orillas del Ucayali; pero todavía no encuentro esa magia.

No encuentro esa pasión que invite a venir, salvo su gente y, por ella, vale la pena venir mil veces, eso no tiene discusión alguna.

Ahora, con la gente de Pucallpa me pasa algo que no tiene que ver con su calidad humana —que me disculpe quien se ofenda—, pero no percibo ese orgullo colectivo que sí encuentro en otras ciudades.

Hablan de su comida… ¡y ya!, es como si no tuviesen algo más de qué sentirse orgullosos cuando hablan de su ciudad.

Yo he tratado de resaltar los valores de Pucallpa cuando he tenido que ser, involuntariamente, guía de algunos amigos aquí.

Hablar del Ucayali como un cuerpo de agua de más de 800 metros de ancho en pleno centro de la ciudad es para sentirse más que afortunados.

¿Qué hace la ciudad con ese río majestuoso? Nada: ni un puerto, ni limpieza, ni orden. Es un desastre… ¿Cómo anunciarlo? Como una nueva oportunidad perdida.

Pienso en Yarinacocha y finalmente tiene un malecón… sin sombra ni bancas, ¡joder! ¿No pueden hacer una cosa bien por la ciudad?

No son capaces de poner una vía digna a la laguna de Cashibococha.

Me pregunto por qué no son capaces de hacer un circuito turístico decente para el boquerón de Padre Abad.

¿No pueden darle señal, baños, accesos, guías, limpieza…?

¿Qué clase de amor no cuida? ¿Podemos hablar de amor cuando no nos interesa el bienestar de algo o alguien?

El gran problema, la gran cruz de Pucallpa, es que muchos pucallpinos no parecen enamorados de su ciudad.

Irónicamente, no he visto gente más encantada con Pucallpa que los migrantes asentados aquí. Ellos tratan de hacer suya esta tierra; pero también los noto algo cansados.

Es como cuidar a un enfermo que no quiere ser cuidado. La voluntad termina desgastándose y la esperanza de lograr algo parecido a un cambio, se diluye en tanta indiferencia.

¿Soy un malagradecido con Pucallpa? Creo que no.

Trabajo aquí y doy lo mejor, personal y profesionalmente hago lo mejor que puedo por Pucallpa; pero mi corazón se ha enamorado de otras ciudades antes que de Pucallpa.

Espero, algún día, que una generación de pucallpinos haga de la tierra colorada su tierra y que los que llegamos de otros lados realmente tengamos que ganarnos a pulso un lugar en medio de la furia colorada.

Ojalá que las cosas cambien, que mejoren.

Uno no escoge dónde nace. Tampoco dónde termina viviendo. Pero sí puede decidir qué ciudad quiere ayudar a construir.

Quizá nunca llegue a sentirme pucallpino; pero me conformaría con que mis hijos sí lo fueran.

2 respuestas

  1. Orgullosamente pucallpina, tristemente defraudada de la burocracia que no la deja crecer, ni presupuestalmente, ni por quienes la saquean y aprovechan, no pagan impuestos ni cambian de domicilio. Acá viven, ensucian, consumen servicios, pero no son contabilizados como lugareños. Hay mucho de qué sentir orgullo, especialmente de nuestra propia contribución ciudadana, aunque sea por sembrar un frondoso árbol de guaba que da frutos y sombra.

  2. Orgullosamente de ser Pucallpina y creeme también me duele ver a la gente que no lucha por esa ciudad. Veo tanto potencial, tanto de que sentirse orgulloso, tanto de que sacarle provecho y realizar la ciudad, comentarios de la gente que la visita que les encanta pero que si sienten que no le dan el cuidado que se merece. Espero que también alos después puedan cambiar algo o mover la aguja a algo mejor… A pesar de todo sigo queriendo a mi linda tierra colorada y sigo sintiéndome orgullosa de Pucallpa.

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