Respirando hondo y con la mirada fija, Juan Manuel cruzó el dintel de la puerta con un objetivo en mente: hacer rugir al león.
Desde que Juan Manuel supo de la fiesta de Esther, algo se despertó en sus revueltas entrañas.
Esther, vieja amiga de la vida y una de las pocas personas en quienes Martina —esposa de Juan Manuel— confiaba plenamente, había organizado una fiesta de cumpleaños.
Después de muchos años, después de muchos dolores, después de una separación desastrosa y de un proceso de alimentos, Esther decidió celebrar la vida.
Martina lo sabía y lo celebraba con ella. Es por eso que, cuando Juan Manuel le comentó sobre la fiesta, ella dijo:
—Anda, por los dos.
Dijo «por los dos» debido a que ella se encontraba en la capital para hacerse unos análisis luego de que le hallaran un tumorcito que crecía y fue detectado durante un chequeo general.
Veinte años juntos y poco trabajo en la relación habían desgastado las encías de aquel caballo que ya no jalaba la carreta del matrimonio como antes.
Juan Manuel vio, por primera vez en años, la ruta despejada: su esposa lejos, un lugar libre de sospechas. En general, todo acomodado para comprobar si el león todavía sabía rugir.
El plan era simple. De manera discreta, abordaría durante el baile a una que otra damisela a quien le calentaría la oreja.
Una respuesta positiva significaría un punto. Cuantos más puntos acumulaba esa noche, más habría rugido el león.
Así estaba planteada esa ecuación: la fórmula del desastre.
Vestido con camisa y pantalón negros, zapatillas blancas recién lavadas y perfumado hasta más no poder con sus mejores aromas, Juan Manuel llegó hasta la casa de Esther.
Llegó con una sonrisa enorme, saludando a la madre y a la hija de la cumpleañera.
Esther le presentó a alguien de quien habían hablado semanas antes. Después de todo el mierdero atravesado con el padre de Camila, la hija de Esther, finalmente estaba conociendo a un galán.
El encuentro de Juan Manuel y el galán fue natural, como si de dos hermanos se tratase.
Esther estuvo feliz de ver a su hermano de la vida y a su cuarentón, que había llegado a moverle el piso, en buenos términos.
Juan, por su parte, estaba ya en modo cacería. Se sentía fuera de forma, como si las técnicas de principios de los dos mil ya hubieran quedado obsoletas.
Una voz en el fondo del corazón le decía una y otra vez:
«No lo hagas. Vete a casa y borra todos estos pensamientos de una buena vez».
Pero ahí estaban el ego, la soberbia y esa pendejada de chiquillo que solo encubría carencias de infancia y el abandono de su padre.
Parado en una esquina, con un vaso rojo en la mano, Juan Manuel se acercó a una chica de vestido coral, corte A, de muy buena caída, con el cabello recogido en una media cola y lentes grandes de marco pequeño.
Fueron precisamente los lentes y el cabello crespo los que llamaron la atención de Juan Manuel, quien se acercó aprovechando que ella salió de la fiesta por un instante.
—¡Hola! Soy Juan Manuel, el mejor amigo de Esther. ¿Qué tal? ¿Cómo estás? —preguntó sin dudarlo.
Juan Manuel se acercó atraído por la ternura e inocencia que proyectaba detrás de aquellos grandes lentes y de aquella sonrisa profunda.
—Me llamo Diana, mucho gusto. Creo que no te había visto antes… —respondió ella con una curiosidad seductora.
Juan Manuel decidió ignorar veinte años de matrimonio, que varias personas ahí conocieran a Martina y que aún llevara puesto el anillo de casado.
—No suelo salir, pero por Esther hice una excepción —respondió el galán otoñal.
—Me alegra que te hayas animado —sentenció su interlocutora.
La conversación empezó a girar en torno a sus trabajos y a establecer, si cabe el término, algo que estos nuevos «amigos» pudiesen tener en común.
La discreta conversación empezó a llenarse de disforzadas risas por parte de ambos. No faltó quien volteara a ver hacia aquella puerta sin entender lo que pasaba.
No habían transcurrido ni veinte minutos cuando Juan Manuel y Diana empezaron a bailar.
Convengamos en que hay maneras y maneras de bailar. No todo baile per se es una tentativa de seducción.
Se puede bailar en grupo, se puede bailar por diversión y también se puede bailar por seducción. Y, a diferencia de otras circunstancias, en el baile las líneas no son delgadas.
Hay mucha diferencia entre bailar por diversión y bailar por seducción. Lo que el cazador y su presa estaban haciendo era un claro juego de seducción.
Los minutos pasaron y aquella pequeña reunión llegó a la conclusión de que debía emigrar. Pasarían de la casa de Esther a una discoteca a la que ni Juan Manuel ni Diana llegarían.
En un último vestigio de razón y sensatez, Juan Manuel le dijo a Diana que se encontraba casado.
Quizá esperaba con eso alejarla y que, habiendo cumplido su objetivo —rugir una vez más—, simplemente pudiera seguir con la noche.
La respuesta de Diana lo descolocó.
—Yo también. ¿A quién le importa? ¿A ti te importa?
Juan Manuel sonrió nerviosamente. Sabía que el título de cazador le empezaba a quedar un poco grande en aquella situación, pero ni siquiera ahí tuvo la buena cabeza de parar.
Buscando vanamente intimidarla, Juan Manuel empezó a hablar de las indecencias que estaba dispuesto a hacerle si ella no detenía en ese momento la seducción.
Diana atacó el fuego con fuego y Juan Manuel se empezó a quemar.
Cuando todos salieron de la casa de Esther rumbo a la discoteca, Diana susurró al oído de Juan:
—En la esquina doblas a la derecha. Quiero recoger algo de mi casa.
Juan se quedó paralizado por un momento, pero al llegar a la esquina dobló tal y como se lo habían ordenado.
Avanzó dos cuadras, quizá tres, y sobre la mano izquierda un portón empezó a levantarse automáticamente.
—Entra —dijo Diana—. Espérame un minuto.
Al ingresar, el portón empezó a cerrarse lentamente y, con él, la posibilidad de echarse para atrás para siempre.
Diana, con el portón cerrado, se abalanzó sobre Juan Manuel. Él evitó el beso en la boca, recibiendo varios en la mejilla.
Tratando de controlar la situación, Juan Manuel la abrazó y le dijo:
—Necesito ir al baño, por favor. Mucho whisky.
Diana, sin prender las luces de la casa, lo guió hasta un baño. Al entrar encontró un espacio bastante amplio, con la ducha cerrada por una mampara de vidrio y varias velas aromáticas.
Juan Manuel cerró la puerta, se miró al espejo, se lavó la cara y entendió que había llegado muy lejos, más de lo que quería. Estaba listo para salir y decirle a la nueva cazadora que hasta ahí llegaba el juego.
Con determinación, abrió la puerta. Al salir encontró las luces encendidas en el cuarto de Diana, y ella se encontraba modelando un encaje blanco que dejaba poco a la imaginación.
Sin correr, la cazadora caminó hacia su presa, lo tomó por la nuca y empezó a lamerle el cuello mientras lo empujaba lentamente hacia la cama.
Juan Manuel, impresionado por la escena, no pudo reaccionar y retrocedió, con Diana empujándolo, hasta que se dio cuenta de que la tenía encima y que los felinos gestos no se detenían.
—Por favor, detente —dijo Juan Manuel—. Necesito que pares, por favor.
Los ojos de Diana se encendieron en furia y, colocando su mano derecha sobre las pelotas de Juan Manuel, las apretó mientras le susurraba al oído:
—Tú de aquí no te vas.
Respirando hondo y con la mirada perdida, Juan Manuel pensó en Martina. Pensó en su enfermedad. Pensó que, mientras él estaba ahí, arruinándolo todo, ella seguía luchando.
2 respuestas
Que bonito este relato, aquí una vez mas nos podamos dar cuenta que la infidelidad casi nunca empieza con un beso o una traición; empieza cuando alguien decide abrir una puerta que sabía que no debía tocar y una vez abiertas, dejan entrar cosas que terminan destruyendo todo. Lo triste es que el arrepentimiento casi siempre llega cuando ya nada es igual, me encantó. Que nunca nos falten tus relator Fernando. 🫶🏻👌🏻
Wowww que tal relato! Una muy buena manera de ver todo ello… Hacer rugir al león.