Este fin de semana pude acudir a las tres funciones de la breve temporada de Cabaret: Pasa y quédate, la más reciente producción de Sial Sandoval (Generación Producciones) y Steve Apagüeño (Punto Fijo teatro).
Sentarme en una butaca después de tanto tiempo fue emocionante, tenía las pupilas y los tuétanos tiritando con la alegría de estar ahí frente a frente con el arte. Extraño tanto ir regularmente al teatro.
El teatro es, en mi no tan humilde opinión, la expresión de arte más compleja de todas. Si se comparara con algún otro arte podría acercarse ligeramente a la escultura ¿Por qué? Porque no hay opción a pausa y seguimos, el primer error puede ser el último.
La actuación es el arte de representar la vida misma en vivo y en directo ¿No son acaso demasiado optimistas los actores? Pretender que en un escenario se pueda replicar el mundo real. Poca cosa no es. Creo que ahí radica la soberbia del actor ¿Cómo no serlo si logra hacer lo imposible? ¿Cómo guardar la humildad si el actor es capaz de hacer creer al más incrédulo de los hombres lo que representa?
Sentarme en el auditorio de la Universidad Nacional Intercultural de la Amazonía y esperar la obra, fue una ansiedad deliciosa. Las luces se apagaron y el telón parió una mano delgada, con las uñas pintadas que bailaban al son de la primera canción del musical. Las expectativas se dispararon.
Empezó la obra y me encontré con un gran ensayo general. Fue duro, como alguien medianamente entendido en el teatro, pero traté de acompañar dicha primera función como un espectador cualquiera y desde los ojos de alguien nuevo, la obra resultó más que cumplidora.
Con mis ojos de teatrero, más consumido que consumado, pude encontrar las lentísimas transiciones que duraban más de un minuto y a veces hasta dos minutos. Pude captar los problemas de luces y sonido. Mis ojos de teatrero sufrieron con los errores técnicos.
Mis ojos de teatrero también se enamoraron perdidamente de Sally Bowels (Andrea Vivanco) y de Emcee (Christopher Anadon), amaron la química que nos construyeron Fraulein Schneider (Elena Aguilar) y Herr Schultz (Teddy Nilsson). Mi corazón teatrero latió fuerte con la firmeza de los movimientos bien coreografiados de Lulu (Ariana Rodríguez) y Max (Juan José Chávez).
Dejando al teatrero en paz, fui feliz.
Pasó el día uno y para la segunda función guardaba en el corazón la esperanza de un in crescento considerable. Las diosas de fortuna jugaron con la obra y conspiraron para que no inicie a tiempo. Función dos: retraso de cuarenta minutos. Adicional a ello, la obra inició y un amague de cortocircuito hizo que se tenga un retraso adicional.
La situación no era simple y tuvo estragos en la obra. El nivel general de tensión se elevó en los actores. Estaban nerviosos, a mi parecer, por la duración de la puesta. Todos estaban a salto de polka y con la mirada nerviosa, con la marcación sucia y con la dicción perdida.
En medio de todo este revoltijo surgió una flor, bueno, en realidad surgieron dos. Elena Aguilar y Teddy Nilsson se adueñaron de la segunda función, la hicieron suya, ¡brillaron!, ¡destacaron!, ¡fueron las estrellas de la noche! Ambos consolidaron su presentación en la tercera función.
En esta segunda función, mi teatrero cascarrabias puso el foco en la verdad escénica. Faltó ‘verdad’ en muchas de las actuaciones y eso es culpa de la falta experiencia y falta de formación de los actores.
No puedo sentenciar las actuaciones ya que, como todo, el talento de los actores y actrices alcanzó momentos de una deliciosa verdad escénica. Destaco a Andrea Vivanco en el segundo acto, luego de discutir con Cliff (Piero Linares) se queda sola y comienza a derrumbarse.
Pasa de ser la mujer desinteresada, irreverente, insensible y bastante al-pinchista, a ser una pequeña chiquitita, sensible y frágil que sucumbe ante el peso de sus decisiones. La leona empieza a encorvarse hasta terminar en cuclillas abrazando sus rodillas. Simplemente delicioso momento.
Otro ser que alcanzó serios niveles de verdad fue Emcee, Christopher Anadon sostuvo un personaje complicado, bastante surreal, si bien le tomó tres funciones controlar al personaje con el diálogo, por propuesta de dirección, Emcee entraba y salía de escena como un ente, como una conciencia, como un duendecillo travieso.
Disfruté mucho más la presencia fantasmal de Emcee antes que la mayoría de sus diálogos en las dos primeras funciones. Para la última función Anadon logró el balance adecuado y fue mucho más desagradable su performance, por ende, mucho mejor. Dejo claro que Emcee es un ser despreciable, el desagrado que generó Christopher solo muestra el buen trabajo alcanzado.
Llegamos a la tercera y última función, finalmente, con sala llena. Fue una grata sorpresa de la que no caí en cuenta hasta que el locutor de la función anunció que el mezanine se encontraba habilitado. Fue una alegría enorme que la audiencia, el gran público, haya premiado con su presencia a Cabaret.
La obra nos dejó una serie de sabores y emociones varias que normalmente no se viven en Pucallpa. Escuchar un musical con voz en vivo fue una propuesta atrevida, insolente y revolucionaria. La única cosa que no se puede observar o criticar dentro de Cabaret fue la interpretación vocal de las canciones.
Todos los que cantaron en dos niveles: bien y muy bien.
Solos como Y a mí qué, de Emcee, o La vida es un Cabaret, de Sally, fueron verdaderas joyas musicales. Precisamente con este último sólo me quiero quedar. Me gustaría reflexionar sobre esta frase, coincido plenamente con Sally.
El mundo es un espacio complejo, lo que son problemas trascendentales para uno, pueden ser superfluos para otros. Situaciones tontas para algunos son la crisis total del mundo para otros. En medio de este drama que es la vida, la tragedia y la comedia bailan entre luces y lentejuelas.
Muchas veces sólo queda sonreír entre lágrimas como Sally y gritar cuánto amamos el cabaret de la vida a pesar que nos haga llorar, a pesar que nos haga sufrir. No debemos olvidar que en este cabaret también encontramos el amor, que en este cabaret tenemos hijos, tenemos padres, en este cabaret nos aman y amamos.
Es por eso que, vestido con un chaleco rojo y haciéndole coros a la señorita Bowels, hoy me entrego a gritar: ¡La vida es un cabaret y yo amo este cabaret!
5 respuestas
Excelente
Que hermosa redacción, y que grato saber que no solo tenemos actores , bailarines si no también escritores, que realzan con su buena crítica todo un trabajo de meses de grandes personas , alentando en nuestra región a continuar trabajando y no dejar en el olvido, éxitos para ti y gracias me alegro leer este resumen de todo lo que fue cabaret.
Flotando en el cabaret de la vida 🥰
Me perdí las 03 funciones, espero que el arte reflejado en el teatro siga promoviéndose en Pucallpa
Hola estimado Fernando, quiero agradecerte de manera muy contundente esta pequeña y extraordinaria crítica sobre la obra Cabaret, pasa y quedate, aún siento como si fuera ayer la última función e interpretar a Schultz fué uno de mis más bonitos logros, un recuerdo que llevaré por siempre en mi corazón, gracias por haber asistido a esas 3 funciones y por ser un crítico muy puntual y veráz, espero poder encontrarte una vez más y pronto, en otra obra maravillosa en donde tus ojos y emociones otra vez, puedan ser testigos del buen árte de calidad que se merece el publico y nuestra hermosa Pucallpa.
Saludos mi estimado Fernando!