La primera vez que Alba durmió junto al escribidor fue algo casi cotidiano, casual, presentido. Alba y el escribidor eran amigos desde hacía mucho, y caóticas circunstancias los convirtieron en casi compañeros de piso.
Alba tenía 27 años y el escribidor unos cuantos más que ella. Eran amigos de la vida, colegas en mil batallas y bailarines de tantos ruedos que, entre ellos, existía una absoluta complicidad.
El amor de pareja fue algo en lo que no pudieron sincronizarse nunca, sucedió en momentos aislados, en líneas temporales distintas. Quizá en alguna otra dimensión, Alba y el escribidor hoy son una pareja de larga data con un par de niños… pero no en esta.
El dúo compartía muchos de los devenires de la vida, ese sinuoso vaivén de fortuna que los llevaba a recorrer parajes algunas veces maravillosos y otros no tanto. Viajes que sólo podían afrontar con la seguridad de saber que al otro lado de la línea estaría su amigo.
Líos personales de Alba hicieron que, por breves minutos, quedara a la deriva y sin techo, mismos en los que no dudó en llamar al escribidor para comentarle su situación frente a lo que recibió un inmediato “tienes mi casa, ven”.
En aquel momento, el escribidor recibió a su compinche, le explicó el funcionamiento del departamento y le entregó las llaves.
– Es tuyo el tiempo que necesites, está todo pagado, tú tranquila ¿sí? -señaló el escribidor.
– No será demasiado, no te preocupes, muchas gracias, pero, ¿dónde te vas a quedar? -preguntó Alba.
– Me voy a casa de mis padres, ya coordiné con ellos, tranquila -respondió el escribidor que, luego de darle un beso y un abrazo, se retiró de su departamento.
Era la primera vez en casi un año que volvía a casa de sus padres. Se venía un desafío complicado, volver a vivir en casa con papá y mamá nunca es fácil y me explico, cada uno adquiere un ritmo y estilo de vida diferente.
Desde muy pequeño, el escribidor conoció la frase “mi casa, mis reglas”. Claro, la adolescencia no fue un momento del todo estable como para respetar regla alguna, pero, con los años, la frase cobró sentido.
Volver a casa de sus padres fue una alegría, además de un desafío. Volver a compartir desayunos, almuerzos o una que otra cena, cuando coincidieran los itinerarios, fueron oportunidades adorables.
Por su parte, Alba empezó a explorar aquel departamento de dos espacios y casi 32 metros cuadrados, las cosas de la cocina, la sala, los libros de la biblioteca, el baño y el cuarto… era la casa de un hombre con la sutileza, el orden y la limpieza de un hombre.
– Definitivamente aquí no viene una mujer a menudo… no, aquí no vive una mujer o este sonso no tiene a alguien que lo ayude a organizarse -concluyó Alba.
Aquel departamento era grande para uno solo, exacta para dos personas ordenadas e imposible para dos desordenados. Alba se sintió muy incómoda al saber que todo estaba pagado y al entender que el escribidor no le recibiría de buenas a primeras algo de dinero.
– Ya sé cómo le voy a pagar -pensó Alba.
Para el segundo día, Alba empezó el largo proceso de orden y limpieza del departamento que no tardó en sentirlo suyo.
Era extraño, por obvias razones el escribidor no se mudó con toda su ropa y demás menesteres, así que tenía que volver a diario para darse un baño, cambiarse de ropa y salir a trabajar.
Ambos crearon un código y se comprometieron a llamar antes de abrir cualquier puerta. “Por favor, evitemos las sorpresas”, señalaron en coro y sonrieron.
En el transcurrir de los días, dichas llamadas adquirieron un tono pícaro.
– Estoy yendo, ¿estás?
– No, ya no estoy en la casa, baja si quieres -respondía Alba entre risas.
Poder decir ‘la casa’ y no ‘tu casa’ era algo gracioso para ambos, claramente muy coqueto y definitivamente inadecuado para dos mocosos… pero ellos ya no eran dos mocosos, eran dos adultos enfrentando el gran desafío de vivir.
Los días pasaron y la amistad se reforzó en la complicidad de dicha ayuda minúscula para el escribidor, pero trascendental para Alba. La estancia de la inquilina se extendió casi dos meses hasta que la vida le dio un respiro y le permitió recuperar su entera independencia.
La experiencia de ser casi compañeros de piso, casi convivientes, casi dos, era motivo de sonrisas traviesas entre ambos porque era una historia desconocida para el mundo, era ese secreto que permanecería escondido una eternidad.
Cuando la vida empezó a jugar con el escribidor y profundas y sucesivas crisis asolaron las costas de su paz, quien estuvo ahí para él no fue otra persona sino Alba.
Ella estuvo ahí como un roble al cual el escribidor se aferraba para resistir las oleadas. Del alba al ocaso, Alba estaba ahí, resistiendo, sosteniendo, siendo quien él era para ella.
Estas sesiones de berrinches, mocos y llantos se extendían largas horas, se extendieron largos días en los que el escribidor terminaba tan agotado que no podía manejar para llevar a Alba de regreso a casa.
– Bueno, no estás en condiciones de manejar, me quedo, ¿acaso esta no es mi casa también? -dijo Alba.
El escribidor estaba tan hecho mierda que no tuvo fuerzas para refutar. Alba abrió el ropero, agarró uno de los polos del escribidor, entró al baño y se lo puso, le quedaba como una bata.
La primera noche que Alba se quedó a dormir, el escribidor pretendió quedarse en la sala.
– Por favor, Alba, entra y duerme, yo me quedo aquí -dijo el escribidor.
– No seas ridículo, vamos a dormir y ya, ¡qué drama contigo! Prometo no hacerte nada -respondió Alba entre risas.
En efecto, Alba y el escribidor se acostaron y durmieron plácidamente. Era un descanso y ya, dos personas durmiendo sin más. Claro, dormir junto a alguien nunca es un ‘y ya’, la complicidad, el secreto entre ambos creció junto con las risas traviesas en las pocas reuniones que tenía con terceras personas.
La costumbre de extender las charlas no era rara en ambos, claro, las olas se apaciguaron y no siempre Alba se quedaba a dormir, el escribidor la dejaba en casa con sus hermanos sea la hora que fuere, era algo importante para ella.
En alguna ocasión, el escribidor decidió jugarle una broma a Alba. Ella estaba destrozada por el estrés, los problemas laborales y con un temita con un aspirante a pareja que no sumaba puntos ni con ayuda.
– Ven a la casa -le dijo el escribidor.
– Pasa por mí en 20 -respondió Alba.
El escribidor la recogió y la llevó al departamento, Alba se extendió en detalles de lo charlado por la tarde en mensajes y él aprovechó para regalarle el recuerdo de su vida, como ella lo denominó años más tarde.
– Siéntate bien, voy a hacerte un masaje -dijo el escribidor.
Alba se acomodó en el sillón de la sala mientras el escribidor encendía un incienso y caminaba a su cuarto. Alba estaba extrañada y muerta de la curiosidad, buscaba al escribidor con la mirada.
– ¡Hey! No te voltees, es más, mira a la ventana, por favor -ordenó el masajista.
Ella obedeció. Él volvió de la habitación con un envase de crema para manos y cuerpo y una corbata. Sin que Alba entendiera bien qué estaba pasando, el escribidor le vendó los ojos con la corbata y empezó a hablarle en un tono grave y sereno.
El masaje comenzó en los pies que se encontraban con serias contracturas, subió por los talones y tobillos y se detuvo debajo de la rodilla. Alba estaba en un silencio sepulcral.
La sesión se retomó en el cuello y la parte superior de la espalda, siguió por la sien y una vez más se detuvo. Para finalizar, el escribidor tomó las manos de su paciente vendada y frotó cada uno de sus dedos.
El proceso fue en ascenso por sus muñecas y antebrazos, deteniéndose finalmente en los codos. Alba estaba en otro mundo. Su mente no estaba precisamente ni en esa habitación, ni en esas circunstancias.
– Eso es todo compañera -dijo el escribidor
– Gracias -dijo Alba con voz jadeante mientras se quitaba la corbata de los ojos.
Al ver sentado en el otro extremo del sillón al escribidor, Alba se hizo una avalancha en la mente, se paró y caminó al baño, se lavó la cara, se peinó, volvió a la sala y dijo:
– Creo que ya estuvo bueno por hoy, es de lejos el mejor masaje de mi vida. ¿Podemos ir a mi casa?
El escribidor agarró sus llaves y salieron para la casa de Alba. Al despedirse, ambos se entrelazaron en un profundo abrazo. Un beso en la mejilla, una sonrisa y cada uno para su cuarto.
Años después, tomando un café en el sillón de aquel culposo masaje, Alba daría su versión de los hechos, los lugares a donde viajó en esa media hora a oscuras y lo bien que se sintió.
– Dime lo que quieres, tú y yo fuimos unos excelentes amantes -dijo Alba con una sonrisa.
– No, mi querida Alba, tú y yo somos excelentes por los amantes que no fuimos -respondió el escribidor.
Haciendo sonar las tacitas mientras las lavaban, Alba y el escribidor se abrazaron una vez más y sonrieron, una de las más lindas costumbres que ambos sostenían era sonreír para el otro, sonreír para su cómplice, sonreír entre ambos, entre los amantes que no fueron.
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9 respuestas
Excelente fer, muy buen relato 10 de 10.
Ya sabemos quién era Alba y quien era el escribidor 🥴🥴
Excelente narración 🥰
Lindo, me quedé con ganas de una segunda parte 🫣
La narración me hizo entender la complicidad que ambos obtuvieron con el tiempo y el compartir de alegrías y tristezas. Bonito relato.
Me encantó la forma en que el autor logró transportarme a uno de sus recuerdos más intrépidos y añorados a través de sus palabras. La riqueza de detalles y la profundidad de los personajes me mantuvieron enganchado desde el principio hasta el final. La trama sin lugar a dudas no es algo que pueda dar fe testimonial pero siempre conserva el estilo del autor, con sus sesgos y actitudes acuñadas es un corazón escribidor; es único la perspectiva y visión de Polar y refleja una gran habilidad para contar historias. En general, fue una lectura emocionante y enriquecedora que me dejó con una sensación de satisfacción y admiración por la creatividad del mismo.
Es el final feliz más inquietante que he leído. Satisfactorio, pero dan ganas de una segunda parte.
La narración entera estuvo excelente, el masaje fue 10/10
Excelente relato, me relaja leerte. Abrazos ✨
Cuando alguien sabe narrar una historia realmente transporta al lector en esos momentos, sintiendo incluso todo lo que sintió el escritor. Excelente historia!