APRENDER A BAÑARSE

APRENDER A BAÑARSE

Sentados en una reunión de la fraternidad de los antiguos conquistadores de las bailantes, Ricardo Wade explotó en una reflexión que movió a todos los presentes.

– Tengo treinta y dos años y resulta que no sé bañarme.

El grupo se quedó en silencio, posó los ojos en el manifestante mientras los ruidos se silenciaban con las voces y sólo dejaba en el fondo la música que tenían para la fiesta.

Los ojos de sus contertulios lo invitaban a seguir con su proposición. Era evidente que sí sabía bañarse, pero ¿qué significaba lo anunciado?

Ricardo sintió las miradas de sus hermanos y se avergonzó por lo dicho; pero, la presión que cargaba era demasiada y no la había compartido con nadie hasta ese momento.

Del grupo, de la hermandad, Ricardo era el último en casarse; pero, aún no se ataban los cabos en el discurso y la mente de todos.

– ¿Cómo que no sabes bañarte, hermano? -preguntó Manuel, el presidente del grupo.

– Mi mujer… -dijo Ricardo.

– Tu mujer… ¿qué? -replicó Manuel.

– Que eso dice mi mujer, que no sé bañarme…

Todos respiraron hondo, aliviados del origen de aquel extraño manifiesto. Parecía que aquel era un secreto común entre los varones casados que compartían la noche.

Ricardo no entendía la calma o la satisfacción con la que lo vieron sus hermanos. Tenía muchas preguntas, mismas que Antonio Sonnesti, conocido como el viejo, se encargó de amortiguar.

– Bienvenido a la vida del casado -sentenció.

El rostro de Ricardo se descuadró con una sonrisa. ¿Cómo era eso de bienvenido a la vida del casado?, ¿les había pasado también a ellos?

– Cuenta cómo descubriste que no sabes bañarte -preguntó Manuel con una sonrisa.

– Hermano, por idiota creo, no sé, uno queriendo ser romántico y terminó con un análisis FODA de su manera de bañarse…

La rueda rompió en risas.

– Pero cuenta, todos hemos pasado por lo mismo -afirmó Antonio- a mi me metieron el dedo en el ombligo y lo olieron, mi mujer casi murió.

Las risas se multiplicaron y sostuvieron con la imagen de Antonio siendo auscultado en el ombligo por su mujer, que luego se olió el dedo llegando casi al vómito.

¿Quién en su sano juicio le huele el ombligo así a alguien más? se preguntaba Ricardo mientras trataba de ordenar lo sucedido hacía menos de una semana en la ducha de su casa nueva, la casa matrimonial.

– En verdad no sabía que mi mujer se bañaba con agua a temperatura como para pelar pollo -empezó diciendo Ricardo, mientras todos asentían con la cabeza- era una tortura de caliente esa agua.

Yo tuve que salir de la ducha, no soportaba. Procedí a sentarme en el inodoro mientras ella realizaba su baño.

Era casi un ritual pagano por la cantidad de esponjas, aceites, jabones, cremas y demás menesteres. No entendía la complejidad de un acto tan simple y natural.

La fraternidad escuchaba con atención el relato, conmovidos de aquel novel esposo que empezaba a descubrir los desafíos del matrimonio para un varón.

Había una mezcla de nostalgia, esperanza y recuerdos metidos en los ojos de quienes atendían a Ricardo.

– La cosa es que, cuando terminó de bañarse mi mujer, procedió a envolverse en cuatro toallas diferentes. Mientras se momificaba, me metí a la ducha, abrir el agua fría y empezar a bañarme.

Hermanos, me mojé, cogí un poco de shampoo y a la cabeza. Para esto, que odisea identificar el shampoo en medio de tanta botella.

Con shampoo en la cabeza, empecé a enjabonar el cuerpo… como todos ¿no? Pechito, brazos, panza, poto, pelotas y chau.

Todos seguían afirmando con la cabeza, dando pie a Ricardo a que continue el relato, en la verdad común de los miembros de aquella hermandad.

– Bueno, ahí comenzó mi juicio. No me había quitado el jabón del cuerpo, de la cara, cuando llegó una inocente pregunta: ¿y los pies?

No entendí la pregunta, es más, pensé por un instante que no estaba hablando conmigo; pero, Romina insistió: Ricardo, ¿no te vas a enjabonar los pies?

Los fratelis se miraban entre ellos, con la ternura de la nostalgia de aquellas primeras llamadas de atención, por parte de sus esposas, hace ya tantos años.

– Ya me lavé los pies, le respondí con la ilusa esperanza de que me dejara terminar de bañarme; pero, fue en vano.

No te has enjabonado ni los pies ni las piernas, no te has lavado detrás de las orejas ni te has lavado el ombligo. No podía creer lo que me decía.

– ¡El puto ombligo, hermano! -respondió Antonio.

Las risas volvieron y distendieron un poco la situación. Ricardo estaba entre la risa y el llanto.

En su corazón, Ricardo no podía dejar de preguntarse si aquel sería el inicio de un calvario de cuestionamientos.

Ricardo temió, por un momento, que aquel se convirtiera en el inicio del fin de su matrimonio y no estaba dispuesto, él amaba a su esposa.

– Hermanos, ¿esta vaina tiene cura? -preguntó Ricardo.

– No; pero, no es tan grave… -respondió Manuel.

– Al final nos queda admitir que no sabemos bañarnos, que debemos aprender a bañarnos según ellas y seguir adelante -dijo Antonio.

– ¿Por qué? -insistió Ricardo.

Inmediatamente todos los contertulios dieron medio paso atrás, abrieron los ojos como platos de té y recuperaron el silencio inicial.

– Creo que ya deberías saber que estás frente a una pregunta peligrosa Ricardo -afirmó Manuel.

– ¿Por qué peligrosa? – insistió Ricardo.

– Porque no hay una respuesta final, sonso, porque si amas a tu esposa, créeme que te importa poco o nada el porqué de sus cosas, tú recibe, abraza, ama y sigue, si pides razones, probablemente te vaya mal, no es lo idóneo; pero, en mi experiencia y en la de todos, creo no equivocarme al decirte: no preguntes nunca más por qué.

Al ver alrededor, Ricardo vio una vez más a sus hermanos asintiendo con la cabeza con cara de preocupación por aquella peligrosa pregunta.

– Pucha’ en verdad esto se siente raro -dijo Ricardo.

– Bienvenido a la vida matrimonial, hermano -respondió Antonio.

– ¿En serio esperabas que sea lo mismo? Ya pues Richi, las cosas no van a ser las mismas nunca más, van a ser mejores, no lo dudes, ¿la amas, amas a tu esposa? –preguntó Manuel.

– Con mi vida, hermano -respondió Ricardo.

– Entonces, sonríe, recibe estos desafíos con menos preguntas y, por favor, aprende a bañarte -sentenció Manuel.

La rueda volvió a quebrarse de risa con el final del debate.

Ricardo se sintió acompañado en la ridícula noticia de haber descubierto que no sabía bañarse, según su amada esposa.

Son cosas que pasan, cosas propias de compartir la vida con un ser diferente a uno: el modo de lavar los platos, de solear la ropa o algo tan básico como bañarse, muy probablemente encontrarán modos opuestos entre los pares.

¿Es bueno, es malo? No existe respuesta precisa para aquella interrogante. Simplemente es.

Lo que corresponde, en esos momentos, es sonreír, amar y, de ser necesario, aprender a bañarse.

 

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7 respuestas

  1. Me has hecho reír. Hay más de una cosa que uno aprende conviviendo con alguien más. A veces me veo haciendo cosas que me molestaban de mi pareja y que ahora las he incluido en mi rutina con total normalidad jejejeje. Aunque ahora que lo analizo, él tampoco sabe bañarse!

  2. Me has hecho reír. Hay más de una cosa que uno aprende conviviendo con alguien más. A veces me veo haciendo cosas que me molestaban de mi pareja y que ahora las he incluido en mi rutina con total normalidad jejejeje. Aunque ahora que lo analizo, él tampoco sabe bañarse!

  3. Fer, tu relato de esta semana me ha dejado un sabor picante a la intensidad de algunos episodios de mi vida amorosa.
    Me recordaste las ganas que tuve de estrangular a mi ex cuando le anuncié el fin de nuestra relación. 🤣🤣🤣🤣🤣
    Pero en medio de lo divertido de tu relato de esta semana, sí cabe resaltar que así es el amor, todos ganan cuando las partes hacen conseciones por amor.
    Excelente relato, 10/10.

  4. jajajaja aqui Romina ! 🙋🏻‍♀️😅 Esos relatos que te hacen reir y q tod@s nos podemos identificar ! La convivencia es caoticamente hermosa 🫶🏼

  5. Aún recuerdo la primera vez que me pregunto porque tienes tanta botella en la baño, que haces al bañarte y vio todo lo que hacía, no le exigi que modificará su forma de bañarse pero el solo siguió algunas cosas de mi ejemplo y ahora sabe bañarse jajajaja solo seguimos en desacuerdo con la temperatura del agua jajajaja

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