Cuando, en febrero de 2013, Benedicto XVI renunció al papado, un evento quedó en el aire para mí: la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro.
Su Santidad decidió dar un paso al costado y su sucesor, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, llegó un poco más de un mes después desde el fin del mundo, para llevar adelante la Iglesia Católica hasta hoy, lunes 21 de abril de 2025, que volvió a la casa del Padre.
Soy un tipo de sueño profundo; pero, hoy desperté más temprano que de costumbre, ya que mi perrita empezó a hacer muchísimo ruido en la sala.
Salí a ver qué pasaba, y ella me observaba en silencio.
Al volver a la cama revisé el celular y encontré, como primera noticia, el anuncio del cardenal Farrell: “Lamento anunciar la muerte del Santo Padre Francisco”.
Oré. Sentí como si un amigo hubiera muerto, un amigo con el que me llevaba bien, pero que también me desafiaba permanentemente de manera intelectual y espiritual.
Por cuestiones de la vida, ni el Papa Benedicto XVI ni yo llegamos a Río de Janeiro, en nuestro lugar llegó Francisco a iniciar su papado llamando a hacer lío a los jóvenes, y vaya lío que se montó.
No llegar a Río, no vivir la Jornada, fue algo que me golpeó profundamente y me puso a trabajar como una máquina.
El objetivo era claro: no quería una, quería tres Jornadas consecutivas y debía estar listo para la siguiente que sería en Cracovia (Polonia) en julio de 2016.
Trabajé como profesor de inglés, empecé en el periodismo, hacía de maestro de ceremonias, fotografiaba y filmaba bodas, hacía cuanto cachuelo era posible para armar mi bolsa de viaje y lo logré.
Bueno, eso de que lo logré en el pretérito perfecto simple del verbo ‘lograr’, es un eufemismo. En algún momento les contaré más al respecto.
Retomando, conocí al Papa Francisco la tarde del 27 de julio de 2016 a su llegada al palacio arzobispal de Cracovia.
Fue impresionante verlo y más aún asomarse por el balcón del palacio arzobispal, mismo balcón en donde pude estar sólo unas horas antes.
Haber visto al Papa, como católico practicante, era una bendición enorme.
Jamás imaginé que algo así podría pasarme.
En mi familia, lo más cercano a un evento similar, fue cuando, por esos azares de fortuna, mi hermano mayor tuvo la suerte de poder darle la mano a San Juan Pablo II en Roma.
La presencia del Papa Francisco era increíble, su energía, su fuerza. La vitalidad de aquel hombre de casi 80 años era única.
Durante aquella Jornada, los jóvenes recibimos del Papa un mensaje nuevo: Jesús te ama como eres.
Muchas veces pensamos que eso significa que Jesús ama que pequemos, y nada más lejano de la verdad: Dios repudia el pecado, mas no al pecador.
Eso me dejó Francisco durante su homilía en la Misa de Envío al concluir los ejercicios de varios días en Polonia, esa esperanza de ser amado como soy, imperfecto, pero perfectible.
Evidentemente durante la Jornada tuve la oportunidad de ver pasar al Papa muchas veces en el papamóvil. Siempre me causó gracia ese término.
Yo creí que hasta ahí había llegado mi experiencia con Francisco; pero resultó ser el inicio de una aventura aún mayor.
De Cracovia tomé un tren a Praga, donde permanecí unos días con unos amigos que hice en Polonia.
De Praga viajé en bus a Ámsterdam, de donde partí al día siguiente en otro bus a Ginebra.
En Ginebra pude disfrutar de tres cosas que anhelaba mucho: mi hermana Carla, el Lac Léman y una ducha caliente.
Los días pasaban y no tenía mucha claridad sobre cuál sería mi siguiente punto en la agenda. Sabía que iría a Roma, pero aún no sabía cómo.
Carla, mi hermana, decidió sorprenderme y me regaló un vuelo de Ginebra a Fiumicino.
– Tu regalo por terminar la universidad -me dijo.
Tengo tantas cosas para escribir sobre ese viaje, fue hermoso. Fue milagroso ver coincidir tantas personas, espacios y momentos.
Llegado a Roma, empecé a recorrer la ciudad; pero, recién al día siguiente llegué hasta la Plaza San Pedro, al Vaticano.
Tuvo que ser un miércoles, ya que, sin saberlo, terminé en la audiencia papal de aquella semana en la Sala Paulo Sexto. Era 10 de agosto.
Colas por aquí, colas por allá y finalmente avanzaba hacia la Sala, cuando un escuadrón de la Guardia Suiza puso una infinita valla que impidió mi pase.
Inútilmente pretendí correr. Llegué y me quedé en la primera fila de los que no entrarían, o al menos eso pensaba.
Mi corazón iracundo empezó a entrar en pánico.
Un guardia, con una sonrisa muy amable, trató de explicarme que, cuando pasase el Papa, la valla se abriría para que todos los que estemos ahí podamos participar de la audiencia.
Yo no entraba en razón.
– Hermano, soy de Perú, no hay mucha gente; déjame pasar, por favor, todavía no ha llegado el Papa -le dije, intentando convencerlo.
– No te muevas de aquí, no te puedo dejar pasar; pero, escucha, no te muevas de aquí -me respondió el guardia.
“Ni ti muivis di iqui”, pensaba mientras más y más guardias llegaban a custodiar la valla que cada vez recibía aún más turistas.
Claramente no podía quedarme fuera, estaba ahí, debía pasar.
Desde mi posición, en medio de la valla, empecé a deslizarme hacia la izquierda, pensando vanamente en colarme por el extremo y así escabullirme a la Sala Paulo Sexto.
Mis esfuerzos por alejarme del medio de la barda fueron celebrados por los demás turistas, que se atiborraban y saludaban a la nada.
Yo los veía con desprecio, como ratas tontas, alegres de nada. Mi cabeza estaba ida en el pensamiento iracundo: “Cinco minutos menos y hubiera estado adentro”.
Me deslicé, escabullí y orillé todo lo que pude hasta lo más lejano de la barda y… no pude pasar.
Cosas de la cólera, ¿no?, olvidarse de los abultados kilos que uno carga y considerar, por un micromomento, que pasaría por un espacio tan reducido como si nada.
Arrinconado, como una rata más, sólo podía contemplar desde mi frustración lo que venía ocurriendo.
En el fondo, apareció una nueva tropa y en el medio, vestido de blanco, Francisco: caminando hacia la Sala.
Mientras avanzaba, vi que el Papa decidió voltearse a ver a la gente atiborrada en la valla, hacer un comentario a uno de sus seguratas y empezar a acercarse a la masa.
Las palabras del guardia suizo retumbaban en mi cabeza: “No, te muevas, de aquí”.
Era inútil recuperar mi antigua posición. La batalla estaba perdida.
Su Santidad empezó saludando desde el lado opuesto a mí. Uno a uno, empezó a dar la mano a los fieles.
Ojo, dar la mano bien, no a lo estrella de rock. Francisco estrechaba cada mano tendiendo un puente visual.
Mi desesperación era inmensa, no podía creer lo cerca y a la vez tan lejos que estaría de él por no haber tenido un poquito de paciencia.
Lo veía acercarse y pensaba: “Seguro es la última persona que saluda y se va. Fernando, eres un estúpido”.
Francisco caminó, saludó uno a uno a todos y llegó hasta mí.
Era un Zaqueo gordo, atorado entre la pared y la valla de seguridad, con el brazo extendido recibiendo su tierna mano.
Cuando estreché su mano, miré su rostro y sus ojos estaban fijos en mí con esa sonrisa de nono, de abuelito bonachón, mirando a un nieto travieso.
Al ver su gesto, su conexión, me sentí en paz. El encuentro, si digo que duró diez segundos, seguro que es una exageración.
Sólo sé que fui el último de aquella fila que lo pudo saludar antes de que entrase a su audiencia.
La Guardia Suiza se acercó al Papa y finalmente lo escoltó al interior de la Sala, donde más de diez mil personas aguardaban para este encuentro con Su Santidad.
Pasaron tres años y, en enero de 2019, en la Jornada de Panamá pude ver por última vez al Papa Francisco.
En aquella ocasión pude verlo pasar, una vez más en el papamóvil, por las calles de la ciudad, por los pasillos de la vigilia y, finalmente, durante la Misa de Envío celebrada en el inmenso campo en San Juan Pablo II (Metro Park), a las afueras de Panamá.
Mi tercer encuentro sería en Lisboa, pero no llegué.
Dios quiso que Panamá fuera mi última Jornada.
Lisboa ya pasó y Seúl, en 2027, está bastante lejos física y económicamente; pero, tengo presente a Lucas 1:37: “para Dios, nada es imposible”.
Dios quiso que la última vez que viese al Papa Francisco, fuera el 27 de enero de 2019 en la ciudad de Panamá.
Despertar hoy con la noticia de la muerte del Papa Francisco, me llevó a estos viajes de Fe, de Misericordia y de encuentro. Me llevó a recordar cuando conocí a Francisco sin esperarlo.
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4 respuestas
No sé por qué pero esta historia me conmovió mucho. Quizá su muerte también me ha afectado. Hasta solté una lágrima en el momento que te dió la mano. Hermoso!
Fernando, nunca conocí personalmente al Papa Francisco, pero sí que lo quise y respeté mucho, nunca me dejé llevar por los medios de comunicación y sus patrañas porque él fue el dulce rostro de Cristo en la tierra (Santa Catalina de Siena) y confío en que el Espíritu Santo hará del siguiente sucesor de San Pedro un hombre digno de ese título.
La manera en que mostraste tus emociones en esas anécdotas fue muy hermosa.
Todos los hombres de buena voluntad deberíamos darnos el pésame por haber perdido a nuestro padre espiritual.
Incalificable.
Fer, una linda y emotiva historia, tu relato por un momento nos hace acompañarte imaginariamente y vivir la emoción de cuando conociste a Francisco.
Se logró! Y es una emoción y aventura que vivirá siempre contigo