Son las 5:20 de la mañana, ya es domingo, anoche salí y estoy cansado como un trapo. Eso de salir después de los treinta, sin haber hecho siesta, es un problema.
Me detengo a escribir esto porque estoy ingratamente impactado.
En mi ciudad abundan las fiestas, los antros y las discotecas; pero, sólo hay una precariamente decente en la que me gusta disfrutar de la música y del safari de conquistas.
No caeré en una falsa humildad, tengo éxito con las mujeres. Ya está. Hay mucha gente que podría encontrar mis palabras soberbias; pero, es mi situación, es mi realidad.
No me cuesta abordar a una mujer, proponerle bailar y no han sido pocas las veces donde el baile no fue lo último de la noche, si entienden a lo que me refiero.
Mi sorpresa de hoy fue encontrarme con Mafer y que ella me saludase como si nada, mientras tomaba de la mano a un sujeto que en mi vida había visto.
Mafer cortó comunicación conmigo hace tres semanas luego del polvo de mi vida. Se suponía que sería un trámite regular; pero, no lo fue.
La conocí en el mismo lugar donde ahora tomaba de la mano a otro sujeto.
No sé si me molestó más verla con alguien o que me saludase como si no hubiera pasado absolutamente nada; o sea, como si desaparecer sin rastro fuera lo más normal del mundo.
Cuando la conocí me llamó la atención su sencillez, su mesura y su elegancia. Era una mujer diferente a las otras que estaban en la pista de baile aquella noche.
Me acerqué, le hice el habla y la invité a bailar. Era el un, dos, tres del manual.
Ella accedió y resultó que era tremenda bailarina. Era de ese modelito que aún no había en mi catálogo, en mi historial de búsqueda. Todo fue ganancia esa noche.
Las horas avanzaban y la cuerda no se nos agotaba.
Volvíamos eventualmente a la barra por unas cervezas; sí, no le hacía ascos al lúpulo, no pedía tragos impagables o cocteles con más fruta que licor, era una chica cervecera y me impresionó aún más.
Cerca de las dos de la mañana me acerqué a su oreja y le dije si es que quería ir a un lugar con menos ruido, algo más privado para conversar.
Obviamente accedió.
Casi no conversamos, no entraré en detalles; pero, lo que pasó en aquella habitación, aquella madrugada de agosto, fue sobrenatural, celestial, casi algo divino.
Nunca, en mis más de quince años de experiencia y mis varias docenas de encuentros, sentí algo similar. Fue un momento que me marcó por completo.
Yo, apóstol del: “Quien se enamora, pierde”, estaba ahí, desnudo en una cama mirando el techo, replanteándome mi existencia entera, dudando si había sido real el frenesí que acababa de vivir.
El éxtasis fue tan superlativo que llegué a cuestionarme si es que Mafer realmente existía o era la mezcla perfecta de todas mis fantasías sexuales, y alguna sustancia me tenía en un sueño mojado.
Era real, realísima. Casi no hablamos.
Luego que ella se cambió, mientras yo aún tiritaba en la cama del placer que aún pulsaba en mi espalda, anotó su número en mi celular y se marchó.
Nunca volteó, no hubo preguntas incómodas, no hubo compromisos de llevarla a su casa o de qué pasará luego. Era la mujer perfecta.
Esperé dos días, lo normal en estos casos, y le escribí:
– Hola Mafer, ¿qué tal?, soy Alejandro, sorry, no te escribí antes por la chamba, ¿cómo estás?
El mensaje llegó y de inmediato de mostraron las dos aspitas, era la noche de un lunes y no fue hasta la tarde del martes que las aspitas se volvieron celestes.
Cuando cambió el color sentí emoción, no lo voy a negar. Quería que me leyera, quería que me viera, quería volver al lugar y momento donde ella se fue para ser yo el que se retire sin decir nada.
Fue extraño, cuando el jueves no había recibido respuesta me sentí atravesado por la situación, ¿qué estaba pasando?
Decidí volver a escribirle, preguntando si había pasado algo con su celular, que le había escrito; pero, que parecía que no le llegaban los mensajes.
Claramente era una mentira y ella lo sabía. La doble aspa blanca se convirtió pronto en azul y la mirada de cazador regresó a mi rostro, esa con los ojos entreabiertos, el ceño fruncido ligeramente, así como una suave presión en la comisura derecha de los labios.
El silencio siguió.
Creo que nunca me había pasado eso. La ausencia de palabras se prolongó una, dos, tres semanas y decidí conversar con algunos amigos para salir a despejar la mente.
Antes de reencontrarme con Mafer, confesé mi situación a mis colegas de la rueda. Sus rostros estaban casi tan desencajados como el mío cuando ella me clavó aquel épico visto.
Evidentemente yo había tenido más tiempo que ellos para procesar la incomprensible situación y sólo había podido llegar a dos alternativas.
La opción uno me resultaba la más evidente de todas. Mafer discutió con su novio, con o sin argumentos, y había decidido desquitarse con el primer tipo que se le atravesara.
Era lo más lógico para la velocidad de lo ocurrido y la premura de la partida; pero ¿era necesario dejar su número de teléfono para luego ignorarme? Algo no cuadraba en esa hipótesis.
En la segunda opción, la situación era fría, ridículamente material, corporal y utilitaria. Para esta alternativa, esa chica sencilla, mesurada y elegante me vio, me eligió y me comió, para luego echar los huesos a los perros.
Si en la primera opción algo no cuadraba, aquí la psicopatía era la única manera de entender los niveles de frialdad que ella mostró; pero, si fue así, ¿cómo va y me saluda como si nada?
A todo esto, ¿quién era el sujeto que la tomaba de la mano? El cornudo o algún nuevo ligue. No entendía nada y cuando regresé a mi rueda, las cosas no se pusieron mejores.
Mis amigos me vieron raro. Yo había llegado del baño con las energías por el piso.
Uno de ellos intentó bromear conmigo para aspavilarme; pero, no funcionó, es más, me incomodó. No fue su culpa, yo no estaba en lo absoluto en el mood.
Otro de ellos me sirvió una copa y me dijo:
– ¿Qué fue?, ¿quién se murió?
– Nada… -respondí.
– Nada te pone así, entonces, ¿qué fue?
No sabía que responderle. No soy precisamente un ser que acostumbre hablar con libertad de sus emociones.
¿Qué se suponía que debía decirles? Ni yo sabía bien qué estaba pasando; pero ¿qué quedaba por perder? La verdad, no mucho.
– ¿Se acuerdan de la chica de la que les hablé?
Todos asintieron con la cabeza y se acercaron para que no alce demasiado la voz.
– Está allá, la de vestido blanco estampado, ella es Mafer.
Guardando las maneras, uno a uno empezó a buscarla, para conocer el rostro de la domadora de leones, de la cazadora de fieras.
– Ya; pero ¿qué fue? -Insistió uno de ellos.
– Bueno… pasó que -respiré hondo- me acaba de saludar como si nada. Pasé por su costado y mi saludó efusivamente, me dio un beso y me dijo que le daba gusto verme.
La rueda intentó contener la risa; pero, fue imposible. El gavilán se había graduado de palomo. En medio de las risas llegó un comentario fulminante.
En una frase, Manuel, el amigo más entrañable de Alejandro, resumió la situación:
– Amigo, ahora entiendo todo, tú fuiste la perra- sentenció.
__________________________________________________________________________________________________________
Adquiere mi novela Historias de Cuarentena AQUI
6 respuestas
Jajajaja se dio cuenta muy tarde que él fue la presa desde el inicio, ese no fue paloma, ese fue pichón jaja
Fer!!! Joder!!!
Qué horror!!!
Has capturado con precision las atrocidades de las que cierto tipo de mujeres son capaces.
Hay un lugar especial en el infierno para mujeres de este nivel.
Adoré el relato, el final fue un cague de risa.
Muy bien escrito, 10/10 y 5 estrellas.
Pobre hombre, ingenuo y charlatán… jajajaa xd
A veces les toca ser la presa. Así es la vida
Jaaaaa como ya te dije
Maldito karma, como te amo!
Jajajajaja
Jajajajajajaja pues literal tú fuiste la presa jajajaja