NO DEBIÓ SER ASÍ

NO DEBIÓ SER ASÍ

Lo peor no fue morir; sino, morir habiendo discutido tan fuerte y estúpidamente. No debió ser así, no debí morir sin pedirle perdón.

Mi purgatorio es revivir todos los días la discusión final en la que nos dijimos tantas cosas horribles, en la que nos dijimos de todo menos: perdón.

Mi nombre es Anthony, morí hace cinco años con treinta de vida en un accidente de moto por no llevar puesto el casco, andar histérico y alcoholizado bajo la lluvia.

No voy a decir que fue culpa de alguien más, por más corresponsabilidad que pueda tener el otro imprudente, el primer imprudente fui yo.

Mi castigo, mi crisol es ver a Cristina no poder seguir, no rehacer su vida por el dolor que le causó mi partida, creo que esa es la peor parte.

Por último, yo me merezco lo que me pasó; pero ¿ella? Hace mucho ya pagó con creces el dolor de aquella discusión.

En una noche, en una pelea, mandamos al garete siete años de relación, la eventual pedida de mano que tendría lugar a fin de año en la playa y todo.

No supimos enfrentarlo.

Pasa que tuvimos siete hermosos años juntos, prácticamente sin discusiones. A veces envidio a esas parejas que parecen estar tan entrenadas en el arte de discutir y ahí siguen.

Nosotros estuvimos bien, perfectos, hasta aquella discusión que nos llevó al extremo, en una, como fuego en gasolina.

Nada nos preparó para la discusión, para solucionarla y para seguir adelante. Era extraño para nosotros estar así.

Con la perspectiva de los años pienso en nosotros y no dejo de concluir que debí -debimos- cerrar la boca antes de decirle tanta porquería al otro.

Cuando nos conocimos yo tenía veintitrés años y Cristina veintiuno, acabábamos de terminar la universidad, ambos nos graduamos de economistas.

Era curioso, pasamos cinco años de universidad prácticamente juntos; pero, ni nos hablábamos, no éramos amigos, a las justas nos definiríamos como conocidos o compañeros de salón.

Fue durante el último Congreso Nacional de Estudiantes de Economía que empezamos a hablar y las cosas fluyeron como jamás lo sentí.

Siempre le tuve alergia a la palabra fluir.

Pasa que mucha gente la emplea como una cobarde figura literaria para la cobardía de no definir el estatus de una relación entre dos personas.

Fluir no se trata de ‘descubrir’ si hay ‘algo entre nosotros’; se trata de avanzar a la velocidad que la relación proponga con base en la compatibilidad de los integrantes de la pareja.

Si los sentimientos surgen despacito, bien, esa es su velocidad natural; pero, si todo surge con velocidad, fluir es no temerle a esa aceleración.

Ella y yo viajábamos a la velocidad de la luz sin miedo y así viajamos hasta que nos encontramos en el camino una catarata llamada Lucía.

Lucía se presentó como una amiga, una buena amiga para Cristina, quien compartió muchos de los pesares y alegrías de la vida.

La relación de Cristina y Lucía fue incluso anterior a la mía con Cris.

Los años, lo vivido, todo hizo que la confianza que ambas se tenían fuera inigualable; hasta el día que todo pasó.

La mañana en que morí recibí una serie de mensajes de Lucía:

Hola Anthony, hay algo que quiero decirte hace un tiempo; pero, no encontraba la manera de hacerlo. La cosa es simple: Cristina te engaña, te engaña hace meses con un compañero del gimnasio. Me molesta mucho que te vea la cara de tonto, eres un hombre maravilloso, inteligente, guapo y no te mereces que Cristina te haga eso.

Yo no quise creer esto, los rumores estaban; pero, me negaba a pensar que mi amiga, mi mejor amiga, le haría una cosa así a una persona que admiro y a quien se supone que decía amar.

No hay una evidencia como tal; pero, esos retrasos al volver a casa, casi siempre con ropa diferente, sudada, despeinada, debiste notarlo y detesto ser yo quien te diga esto; pero, ya está. Espero que te des cuenta de quién es quién, quién cuida de ti y quien te está traicionando.

Tengo cada una de esas malditas palabras en mi corazón, aún no puedo perdonarme que esas letras hayan sido semillas de maldad.

Con las dudas que sembró Lucía en mi corazón llegué aquella tarde a casa; al encontrarme con Cristina, llegada del gimnasio, con la piel tibia, la ropa distinta y esa felicidad que le daba ejercitarse.

Estaba hecho un loco y empecé a increparle mentira tras mentira, volqué en ella cada una de mis inseguridades y miedos.

La traté peor que a una desconocida y ella, en medio de ese ataque, se defendió golpeando a discreción.

Utilizó todo lo que pudo, cada golpe bajo mío fue respondido con otro golpe bajo suyo.

La discusión sólo creció. Ambos estuvimos con movimientos en las manos y, la verdad, sentí que estábamos a nada de llegar a los golpes.

Sabía que podía discutir lo que sea; pero, que jamás le alzaría la mano.

Fue en ese momento que decidí salir de casa. En realidad, debí salir antes.

La verdad, nunca debí haber iniciado esa absurda discusión. De corazón, no sé qué tenía en la cabeza para si quiera prestarle un poco de atención a Lucía.

Salí de la casa con dirección a un bar que quedaba a pocas cuadras de ahí y empecé a beber como si no hubiera un mañana.

Le escribí a unos amigos y, cerca de las once de la noche, me escribieron para darles el alcance en una discoteca.

Cogí la moto y aceleré, subí la velocidad hasta que me encontré con ese motocarro que cruzaba en rojo, mientras yo ignoraba el ámbar.

Mi muerte fue violenta y rápida, lo lamento tanto.

Creo que no hay peor manera de morir que aquella muerte donde no tienes posibilidad de perdonar y pedir perdón, de recordarle a los tuyos cuánto los amas y de que estás listo para partir.

Me fui; pero, no dejo de estar junto a ella. Me fui; pero, veo su tormento diario y lamento no haberme callado, no haber ignorado a Lucía y no haber pedido perdón. No debió ser así.

3 respuestas

  1. Fernando, wow!!!
    Una historia de «infidelidad» que terminó terriblemente mal. No hace falta saber si lo que decía Lucía era cierto o no, no es el objetivo de la columna, sino (al menos para mí) saber tratarse con caridad.
    Tu columna esta semana también la disfruté mucho. No la calificaré.

  2. Que historia! Una tragedia pero que muestra que no debemos demorar en solucionar las discusiones que tengamos, a veces son las últimas palabras que diremos.

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