La siguiente columna es la ficción de alguien que todavía no sueña con una venganza así, pero sí con una muy parecida.
El personaje aquí descrito está inspirado en una persona real, más no es él -el padre sí.
Hace trece años mi padre nos abandonó a mí, a mi madre y a mis dos hermanas. Sus decisiones lo llevaron preso y mis sueños de venganza, probablemente también me lleven ahí.
Quizá sí tenga algo en común con ese canalla.
Yo nací donde él se encuentra actualmente de manera ilegal y llevando una vida al margen de la ley, mi pasaporte me ata a ese país y a ese sujeto.
Nunca dio señales de vida después que mi madre, prácticamente, huyó aprovechando la ventana que le dio su ingreso número siete a la cárcel.
La verdad, con lo nulo que nos daba, una llamada hubiera sido todo frente a los más de once años que nos tuvo en silencio.
Era frustrante sentir que tenía un padre que decidía no amarme, no amarnos.
No hablo de que ame a mi mamá como mujer -eso es otro negocio- sino a mis hermanas, a mí, que si quiera salga de su boca un: “¿Cómo están?».
Ni si quiera aspiraba a que pregunte por mí, que pregunte por todos nosotros en Navidad, en el día del padre… en nuestros cumpleaños.
No fue hasta que mi hermanita menor se puso mal, a finales del anteaño pasado, cuando mi madre decidió contactarlo rogándole ayuda.
Era como si, para él, no hubiese pasado una década.
Ese cabrón le habló a mi mamá e hizo como si nada, después, por primera vez envió dinero -a mi cuenta- y empezó a tener conversaciones con nosotros.
¿Para qué, ahora que no las necesito?
Cuando no sabía qué hacer, cuando me puse mi primera corbata, cuando tuve mi fiesta de promoción, cuando fue el quinceañero de mi hermana… ¡Ahí lo necesité!, ahora no lo necesito.
Él cree que aquí todo está bien; pero no sabe que, en mi corazón, aquella primera llamada sin una disculpa activó una bomba de relojería que viene corriendo en un infinito tic-tac.
Su frescura, su holgura espiritual me hizo entender que ese tipo no descubriría una falsa ternura e interés por parte mía y empecé mi venganza.
Probablemente me vaya al infierno por lo que pienso hacer; pero, no me importa, si es que esa basura recibe su merecido.
La clave de mi venganza será la simpatía que le pueda generar a mi progenitor.
Él jura que lo quiero, que lo admiro y que deseo irme hasta donde está él para darle un abrazo y empezar una vida con él.
En parte eso pasará.
Yo estoy esperando que ese mitómano cumpla, al menos, con la promesa de comprarme el pasaje para ir a verlo.
Una vez que llegue voy a buscar un trabajo que me dé algo de dinero y conocidos para lo que seguirá.
Cuando finalice mi segundo mes viviendo con ese tipo, los efectos de la Shambo Sal habrá hecho efecto.
Esta sal es un exótico condimento que, en cantidades navegables o en tiempos prolongados, terminan con la vida del comensal.
A diferencia de él, que no sabe nada de mí, yo sé que es un hipertenso irresponsable que aún hoy consume mucha sal.
Que lo atienda dos meses con su comida será suficiente para que los calambres empiecen y finalmente, el único músculo que alguna vez me interesó se detendrá.
Imagino el día en que amanezca con esos calambres y lo llame por primera vez papá, imagino su rostro de ilusión, imagino todo eso y ya quiero estar ahí.
Quiero cocinar para él esas ocho semanas para que, en su último día le pueda decir cuanto lo odio y cuánto daño nos hizo.
Que sepa que, desde la familia que le abandonó, le llegó la muerte y que fui yo, su único hijo varón, del que tanto se ufanaba en ciertos grupetes.
Que muera sabiendo que, al final, sí le pasó factura toda la porquería que hizo en esta vida.
Para lograrlo, debo sostener unos meses más esta mentira, aquella donde me quiere y lo quiero.
Debo seguir convenciéndolo que todo está bien, que el pasado está en el ayer y que tenemos toda una vida por delante.
La sal la tengo en la maleta desde hace más de un año, desde que llamó por primera vez como si nada.
Estoy listo para una vida en prisión, tampoco es que afuera me adapté muy bien.
La libertad nunca me fue cómoda, creo que porque siempre busqué ese amor que mi padre me negó y no lo encontré.
Un favor, si alguien encuentra a mi viejita pídanle que no intente detenerme, ya está. Esto es por nosotros, por mis chicas, por ella.
Mi mamita, mejor que nadie, sabe que ese tipo se merece cada padecimiento, así que, díganle que sólo abrace mi determinación y que me acompañe con sus oraciones.
Prometo que, saliendo de prisión, seré un hombre que habrá estudiado, tendrá disciplina y estará en buen estado físico.
Es lo único que puedo hacer ahora, prometer ser mejor que esta cagada que soy, como siempre tan cariñosamente me lo recuerda ella.
A mis hermanas díganle siempre que las amo, que son mi todo. Si consigo hacer dinero se los enviaré.
Es curioso como ya siento el frío y la soledad de la cárcel y, ni si quiera eso, me aleja de la idea de cumplir con mis sueños.
4 respuestas
Muy bueno…
Aunque me quedé con las ganas de un desarrollo morboso detallado de algunas comidas y efectos
Un enorme abrazo sobrino!!
Muy buen relato, espero una segunda parte donde se encuentre con su padre.
Fernando, tu columna de esta semana es un vivo reflejo de las consecuencias de la ausencia de un padre, claro a veces el resultado no es tan desagradable, pero te fuiste al extremo opuesto. He leído estas líneas con el corazón apretado de dolor por lo que este joven pretende hacer.
Muy bien escrito, como siempre.
Ohhh espero haya segunda parte! Muy buen relato!