Esta ha sido una semana incómoda: un cerro de pendientes y pocas ganas de nada. Amanece y siento que casi no tengo energías para afrontar el día a día, la vida.
Este jueves, en particular, tenía algo semi planificado. El plan era simple: agarrar la moto e ir a almorzar a Campoverde porque es una fecha especial para una persona muy especial para mí.
Por la noche, entraría a mis clases de la maestría desde allá y, más tarde, tocaría compartir un brindis y ver la Fórmula 1. Todo esto dependía mucho del clima y de la calidad del internet.
Campoverde queda a treinta kilómetros de mi casa y no siempre tiene el mejor internet posible; por eso tenía en mente el plan B del retorno presuroso para mis clases de hoy.
A media mañana, una buena amiga y compañera de depresiones me escribió:
– Salgo de clases al mediodía. ¿Nos vemos donde Don Napo?
La propuesta estaba interesante; siempre es lindo conversar con ella, compartir dramas y darle consejos que más debería aplicar en mí que en ella. Y viceversa: los consejos que ella me da tienen el rostro de su amor.
Sonreí y le dije que sí. Empecé a responder correos y atender algunas contingencias del trabajo, y me alisté para salir por un late brunch, en español, un típico antojo de una chicha y una empanada de queso.
Todo calzaba. Salí con anticipación y avancé cerca de 50 metros antes de que el sistema de arrastre de mi motocicleta colapsara.
La catalina y cadena se desalinearon por exceso de tensión y no pude avanzar más. No se había caído un plan, sino dos. Renegué, respiré y, después de reajustar como pude el arrastre, me dirigí al taller.
Miguel es el dueño del taller, pero no sólo es un mecánico: es mi amigo hace muchos años y ha sido un compañero de mil batallas. Es un amigo particular en formas que no me cuadran, pero es un buen tipo.
– ¿Ahora para qué vienes? ¡Vete! -me dijo Miguel.
– ¡Trabaja, oe’! -le respondí entre sonrisas.
Ir al taller de motos implica romper la agenda porque siempre tengo mil cosas que me gustaría revisar en la Copito (nombre clave de mi moto; larga historia).
El arrastre era lo urgente, pero aprovechamos para cambiar también los rodajes de la rueda posterior, afinar motor, cambiar aceite y ajustar la chapa que presentaba un inadecuado movimiento que la estaba desgastando y generando problemas a la hora de hacer contacto.
Al llegar al taller, Miguel estaba acompañado de dos personas que trabajaban con él. A uno de ellos lo conocía, era su practicante de la temporada; pero al otro no lo conocía.
– Jhonatan, un gusto -me dijo estirándome la mano.
Al instante me pude percatar de una enorme cicatriz queloide en la mano derecha. Me impresionó mucho; no pude evitar quedarme unos incómodos segundos viendo su mano y rostro en busca de indicios.
Traté de disimular un poco, pero cuando Miguel empezó a llamarlo Napo, no pude suprimir más la curiosidad. Eran demasiadas coincidencias para un solo encuentro.
– ¿No pues es Jhonatan? ¿Por qué le dices Napo? -pregunté a Miguel.
– Napo es su apellido -me respondió-, aunque también le decimos Chispita, normal.
¿Chispita? ¿Por qué diantres le dirían Chispita a un mecánico? Lo entendería en un soldador o en un electricista, no en un mecánico.
La curiosidad me venció:
– ¿Por qué te dicen Chispita? -le pregunté a Jhonatan.
Lo que me respondió me dejó atónito, y al escucharlo empecé a tomar nota porque, si no lo hubiera visto y oído, jamás hubiera creído su historia.
Napo se encontraba trabajando la mañana del 24 de agosto de 2024 en su taller, ubicado en el caserío Santa Rosa, en el kilómetro 50 de la carretera Federico Basadre.
Era una mañana fresca; la noche previa había caído un aguacero hermoso que bajó la temperatura general del caserío. La temperatura no fue lo único que cayó, sino con ella, una banderola.
La banderola anunciaba una serie de conciertos por el aniversario del caserío. Esta se colgó sobre la carretera usando un alambre de acero templado por sogas y piedras, algo bastante rústico.
Debido a las lluvias, el anuncio había caído parcialmente y el teniente gobernador de Santa Rosa le pidió a Napo que lo ayudara a bajar la banderola para que no incomodara el tránsito.
Napo ignoró inicialmente el pedido, pero minutos antes del mediodía, y debido a la insistencia de la autoridad, acudió a su llamado.
Napo llevaba unos guantes de tela y palmas de goma, una camisa manga larga azul, shorts y sus zapatillas de uso diario. Al ver la banderola, consideró que un buen palazo sería suficiente para bajarla por completo.
Buscó y, en medio de la maleza, encontró su cayado, el mismo que agitó y lanzó a la banderola para cumplir la misión encomendada.
Era el mediodía; no había carros circulando. Estaban Napo, el gobernador y un curioso. El tiempo transcurrió despacio, casi en una perfecta cámara lenta.
La vara golpeó el anuncio. Una chispa. Un segundo eterno. Y, de pronto, 23 mil voltios atravesaron el cuerpo de Napo. Nadie cayó en cuenta de que el alambre con el que se había templado la banderola estaba en contacto con los cables de media tensión que cruzaban el pueblo.
– Perdí la visión, todo era negro; mis oídos se saturaron y no podía escuchar nada. Sentía todo mi cuerpo vibrando, sentí que mi brazo explotó y ese zumbido infernal que no acababa nunca -dijo Napo.
Por algún extraño motivo, Napo logró soltar la vara. Quizá los más de 20 mil voltios acabaron con la humedad que hizo de puente para la descarga, o Dios se hizo presente abriendo la mano del desafortunado voluntario.
Será quizá que el sistema contra descargas de la red de media tensión se activó y cortó el fluido en parte del eje carretero. ¿Cómo saber la razón de que Napo pudiera abrir la mano?
Sea por el motivo que fuese, luego de soltar la vara, Napo cayó de espaldas. Estaba inconsciente en ese momento, pero el fuerte golpe que se dio en la cabeza lo trajo de regreso.
– Yo pensé que había perdido el brazo, pero cuando lo vi, me sentí tranquilo; me puse de pie sin ayuda y le dije al gobernador que avisen que no se acerquen porque está cargada esa vaina -relató Napo.
El gobernador salió de su asombro y corrió a tratar de sostener a Napo. No era necesario; Napo estaba bien parado. Tanto el curioso como el gobernador llevaron a la posta del caserío al electrizado.
Cuando llegaron, la enfermera preguntó qué era lo que le había ocurrido.
– Creo que toqué el cable de la electricidad de la carretera y ya -respondió el propio Napo como si nada.
La cara de la enfermera se desdibujó e, inmediatamente, ordenó que lo llevasen a Pucallpa. En el camino, Napo se pudo percatar de que sentía humedad en el pie izquierdo. Observó y se dio cuenta de que había una mancha oscura en el lado externo de su zapatilla.
No fue hasta que llegó a la clínica que se enteró de que su zapatilla se encontraba fundida a su piel y que aquel hueco de dos pulgadas en su pie había sido el punto principal de salida de la energía.
En el mismo pie tenía dos quemaduras más, así como en el pie derecho, donde presentaba tres quemaduras; todas ellas, puntos de fuga de los casi 23 mil voltios que atravesaron su cuerpo.
– Me hicieron examen de todo; ni mi cabeza me dolía de la caída, sólo tenía un poco acelerado el corazón -me dijo sin inmutarse.
Lo que claramente pudo ser una tragedia colosal se convirtió en una de las anécdotas más irrisorias en Santa Rosa. Desde el incidente de la banderola, Jhonatan no volvió más a ser Jhonatan o Napo.
Desde que volvió triunfante, sobreviviente; cuando regresó a casa después de un café con la muerte, Jhonatan era popularmente conocido en el pueblo como Chispita.
Yo anotaba todo mientras Miguel y el otro practicante del taller se reían con cada parte de la anécdota, manías del periodismo que no he podido quitarme hasta el momento.
Esta no ha sido una buena semana; encima, hoy amaneció lloviendo intensamente y la nostalgia me jugó una mala pasada: no poder verme con mis amigos, los gastos de la moto, todo mal.
Pero, al final, lo que parecía una semana gris terminó brillando gracias a Jhonatan. A veces, las pequeñas y chispeantes sorpresas de la vida son aquellas que hacen toda la diferencia.
Gracias, Jhonatan, por recordarme que, incluso en las semanas más oscuras, una chispa puede cambiarlo todo.
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11 respuestas
Que fuerte y que afortunado, chispita. Al final puedes darte cuenta que nada es tan importante como la vida.
¡Una gran historia!, no pude parar de leerla y aún no salgo del asombro de cómo Napo logró sosbrevivir. Sin duda, fue una chispa de suerte o un milagro, prefiero creer en lo segundo.
Jesús bendito!!!
De tus relatos, este es, probablemente, el más aterrador. Un sobreviviente de una descarga pon la potencia suficiente para hacer barbacoa con un ser humano que cuenta la experiencia como si nada… no lo imagino…
Por un momento, me tuviste con el corazón en la mano y eso que el sobreviviente te narró la experiencia.
Muy bien contado Fer!!!
5 estrellas!!!
Pues esta vivo de milagro, realmente una descarga de esa magnitud es fregada, pero que curioso que lo tome de esa manera. Realmente historias que valen la pena tener en cuenta!
Que electrizante 😂
Incluso en las situaciones más complicadas, el humor y la actitud positiva pueden marcar la diferencia. La experiencia de Jhonatan, quien sobrevivió a un evento casi fatal y lo convirtió en una anécdota llena de ironía, nos muestra la fortaleza humana para adaptarse y seguir adelante.
buen relato mi estimado amigo Fernando. muy interesante y es algo que podemos plasmarlo en nuestras propias vidas.. a veces pensamos que después de algún acontecimiento en nuestra vida, sea económico, sentimental, perdida de un ser querido, sea cual fuera la razón. muchas veces entendemos q fue algo del momento pero sin embargo ay algo mucho mas profundo que una simple sacudida.
Ese Napo, si que tiene un altísimo.umbral frente a emociones y dolores, no creo que haya sido tan así de simplemente como.que «me cayó un rayo y ya». Vaya suerte que ha tenido. Me encanto tu relato.
¡Vaya chispita!
Me gustó el cierre del relato, bonito y particular.
Chispita ,al principio pensé que era un relato de fantasía de tu imaginación pero fue un hecho real , me encantó
Dios sabe porque hace las cosas y que chispita este vivo es un milagro que debe aprovechar al máximo. Como siempre buenas historias fer, me encantan!