EL PREMIO MAYOR

EL PREMIO MAYOR

La mañana en que Iván Romo ganó los 4 millones y medio de soles de la lotería, despertó más temprano que de costumbre.

Los niños llegaron a la cama y él salió a jugar un poco con ellos mientras les preparaba el desayuno y Daniela, su esposa, empezaba a alistarse para ir al trabajo.

Aquella mañana de octubre, Iván salió de casa con sus hijos rumbo a la escuela después de darle un beso a Daniela que salía en su carro rumbo a la oficina con ese sastre azul marino que tanto gustaba.

En el carro; Enrique, el menor de los hijos de Iván y Daniela, empezó a entonar una melodía que Iván llevaba mil años sin escucharla.

Poco a poco empezó a tararear con Enrique mientras que Joaquín hacía muecas. A sus eternos 11 años, lo que cantaba su hermanito era una bobería de niños, algo que no estaba a su altura.

Iván abrió la puerta de la camioneta y los polluelos salieron disparados mandando besos volados a su padre que no dejaba de observarlos y sonreír. Era la parte más divertida del día.

Al confirmar que Joaquín y Enrique estaban ya dentro de la escuela, Iván manejó a casa, aparcó el carro y subió a su oficina donde revisó los textos de la noche anterior para ir masticando lo que escribiría aquella noche.

Luego de un par de horas de lectura, Iván bajó a la cocina y empezó a preparar Iro, un delicioso plato que lo evocaba a su abuela y que era una de sus especialidades.

Abrió la refrigeradora y sacó el zapallo que picó en dados grandes, desgranó el choclo y picó la papa que luego puso a remojar en agua fresca para que pierda un poco de almidón.

Con una cebolla picada en cuadros pequeños y pasta de ajo, comenzó el sofrito de base del Iro al que salpimentó y agregó laurel, orégano y comino, así como el secreto de la abuela, un atado de hierba buena.

Cuando el sofrito estuvo en punto, agregó las papas, el zapallo, los dientes de choclo y un poco de habas y alverjas que sacó de la refrigeradora.

La ceremonia del pelado y desgranado de las vainas de haba y alverja era una tradición infantil compartida de generación en generación, aspiracional para los más pequeños y casi punitiva para los grandes.

Al agregar el agua a la preparación para comenzar la cocción a fuego lento, Iván cayó en cuenta que no contaba con queso fresco para el Iro, volteó a ver reloj y aún estaba en hora, ni sobraba ni faltaba tiempo.

Iván apagó la cocina, revisó que todo esté en su lugar, los caños cerrados, también las puertas, todo bien y finalmente fue al carro para ir al mercado del barrio a comprar el quesito.

Si había tiempo, Iván siempre prefería comprar en los mercados minoristas y no en los supermercados. Era una mezcla de idealismo al apoyo del pequeño vendedor y la calidad de los productos ofertados.

Siempre en el mercado, cuando se trataba de insumos artesanales, uno encuentra mejores productos, mayor variedad y muchas veces mejor precio que en las grandes cadenas de supermercados.

Luego de recorrer algunas cuadras del mercado, entre frutas, verduras, aves y carnes, Iván llegó donde su casera de leche fresca y quesos.

– Buenos días casero ¿Qué se va a llevar? -Le preguntaron.

– Queso fresco caserita, por favor, estoy preparando un Iro para el almuerzo -respondió Iván.

La casera sonrió y le pesó 400 gramos de un queso fresco de Junín. Un queso en el punto exacto de sal y contextura. Iván agradeció y luego de volver a sortear las aves, plátanos y cebollas subió a su carro y manejó de vuelta a casa.

Ya con el queso, Iván prendió la cocina y terminó la cocción del Iro. Sobre el final agregó el queso en cubos medianos y lo dejó reposar mientras preparaba el arroz.

Era curioso cómo sentía en la piel los detalles de su memoria aquella mañana.

Al preparar el arroz y agregarle esas dos bolitas de pimienta chapa, fue inevitable ver a doña Irma sonriendo. El sabor que le aportaba esa pimienta al arroz era único, sabía a tradición, a la casa de la abuela.

El celular anunció que era hora de recoger a los peques’ del colegio y salió a por ellos.

Como de costumbre, Joaquín se pasó todo el camino de regreso haciéndole mimos a Enrique que no paraba de cantar la canción de la mañana. Iván sonreía y tarareaba para que Enrique no se detenga.

– Por favor, lleven todas las cosas a su cuarto, nada de dejarme mochilas o zapatos en la sala -dijo papá Iván ni bien ingresaron a casa los vándalos.

Ambos menores infractores de toda norma paterna se dieron por no aludidos y comenzaron a tirar absolutamente todo mientras corrían a sus cuartos a tomar su Nintendo Switch.

Iván mandó un mensaje a Daniela:

– Los pichones están en el nido -decía.

Daniela sonrió al ver el mensaje de Iván y respondió que en quince minutos llegaría a casa para que almorzaran juntos.

Papá Iván subió y regañó a Joaquín y Enrique. Amenazó con apagar el internet si en dos minutos no estaban todas sus cosas en el cuarto y ellos estaban ya cambiados sin el uniforme de colegio.

Para los vándalos, sólo había una cosa peor que les quitasen sus consolas, era que les quitasen el internet. Con prisa y sin pausa, ambos bajaron a recoger sus chivas y subieron a mudar de ropa.

– Imagino que las camisas están en el tacho y los pantalones en el perchero ¿Verdad? -dijo papá Iván.

– Sí papito -contestó un coro angelical redimido.

Joaquín y Enrique bajaron unos minutos después y ayudaron a poner la mesa mientras Iván servía los platos con Iro. Tras la llegada de Daniela, todos se sentaron a almorzar y comenzar la sobremesa.

Daniela les contó como le fue en el despacho, los pequeños narraron sus aventuras escolares e Iván contó que estaba muy cerca del final de la novela que venía escribiendo hacía ocho meses.

Luego de dar las gracias por los alimentos, los niños llevaron los platos al fregadero y subieron a sus cuartos a jugar los veinte minutos que les quedaba antes de salir para la academia de natación y fútbol.

Daniela e Iván se echaron en la cama fundidos en un abrazo.

– Yo recojo a los chicos del deporte, tú quédate avanzando en tu oficina ¿Si? Sólo llévalos y vuelve -dijo Daniela con un beso a Iván.

Iván sonrió y asintió con la cabeza mientras daba una pestañada y salía de la cama junto a su esposa; cada cual para su destino, el deporte y la oficina respectivamente.

Al volver a casa, ya sentado en su escritorio, Iván pensó que debía destinar su siguiente novela a elogiar lo afortunado que era, la familia y la dinámica que sostenían era un sueño logrado para él.

Mirando la pantalla de su computador, Iván recibió una alerta en el celular, era hora del sorteo de la lotería.

Si había algo a lo que Iván le tenía fe era a la lotería, sabía que en algún momento se la ganaría y no un cachito, sino, el premio mayor.

Iván abrió la billetera, sacó el boleto que compró el lunes, como los últimos diez años, y se sentó a observar el sorteo.

Esta vez resultó más emocionante que otras veces, poco a poco sus números fueron apareciendo en la pantalla.

– Y el número final es el… ¡18! ¡Felicidades al ganador! -gritaron en el programa.

Iván saltó de su silla y pegó un grito. Lo había logrado, había ganado la lotería, era rico, lo sabía, era imposible que con toda la fe que le tenía a los mismos números jugados todas las semanas durante la última década no le diera al gordo.

De repente todo se volvió borroso, sintió un fuerte mareo y se desplomó.

Al instante, Amanda e Ignacio lo abrazaron y golpearon con cuidado las mejillas para que reaccionara.

Iván empezó a volver en sí y reconoció a sus amigos.

– ¡Ganaste huevón! ¡Ganaste!

Sentado en el suelo de su departamento, rodeado de sus amigos, Iván observó sus manos… no había ni rastro de un aro, sortija o anillo de ninguna índole.

Buscó con la mirada algo que le anclara, que lo regresara a casa: un dibujo de Enrique, la sonrisa de Daniela, pero sólo encontró las sombras de una vida distinta.

En medio de su confusión Iván empezó a balbucear.

– ¿Daniela?… ¿Daniela?… ¿Dónde está Daniela?

Ignacio y Amanda se rieron de los balbuceos de Iván y le replicaron.

– Hermano ¿Cuál Daniela? Aquí no hay ninguna Daniela, pero con la fortuna que te haz ganado seguro que te consigues una Daniela ¡o una del nombre que quieras!

Iván trató de sonreír, pero sintió pesado el cuerpo y el alma. Sin poder evitarlo, una lágrima rodó por su mejilla.

Lo había logrado, había ganado la lotería, logró el sueño, pero, supo al instante que, si bien había ganado la lotería, no había ganado el premio mayor.

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9 respuestas

  1. Excelente, la atención a los pequeños detalles siempre es genial. Al final la familia es el gran regalo de Dios. Un genio, Polarcito. 🌸

  2. No me esperaba ese giro en la historia, tan buena que parecía la vida de Iván. Al final si ganó la lotería, pero no como él pensaba.
    Grace trabajo Fer 🫶🏼

  3. Cuando empecé a leer tu historia, algo parecía inusual y es que tú nunca escribes de lo que sucede en un día cualquiera 😅🤣
    Disfruté muchísimo el giro, sí, pobre Ivan, pero más interesante me ha parecido la construcción del mundo en la cabeza de Ivan. Aunque es un personaje ficticio, espero que si encuentre a su Daniela y tengan la casa llena de niños.
    10/10, muy bien redactado

  4. Ohhh ! Me quedé triste por Iván , pero fue una linda historia… Me gustó mucho la organización en casa encabezada por el padre .

    Hermoso relato Fer , éxitos siempre querido amigo ✨

  5. Crecí en un cálido hogar y amo que mi familia sea mi mejor refugio; soy conciente de tanta dicha que trae tal unión que un día espero obtener aquel premio mayor . Bonito relato ❤️

  6. Wowww, realmente me encantan estas historias en las que al final no es lo que parece y te transporta en un Zas! A toda otra realidad. Excelente relato!

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