Yo me casé enamorada y amé profundamente a mi esposo los 26 años que Dios me permitió compartir con él. Siempre que pienso en él siento un pequeño dolor en mi corazón, él fue el padre de mi único hijo y fue un excelente padre y compañero, siempre tendrá un lugar especial en mí.
Cuando me casé con él lo último que pensé es que antes de los cincuenta años quedaría viuda.
Fue un infarto fulminante y adiós. Desde entonces me tocó mirar para adelante y ayudar a mi hijo a convertirse en el gran hombre que es hoy.
La vida de una viuda no es algo de otro mundo. Es como si fueras soltera, pero sin olvidar que fuiste uno con alguien más alguna vez.
Ojo, hablo de ser uno de verdad, no como las actuales parejas con acuerdos prenupciales y con un plan B ‘por si acaso’. Esa mediocridad moderna, gracias a Dios, jamás la viví.
Este es un testimonio que espero algún día encuentren entre mis papeles mis nietos (espero que ya me hayas dado algunos Raulito antes de que muera).
Bueno niños, su abuela se volvió a enamorar casi veinte años después de la muerte de su abuelito y así fue como pasó:
Un buen día de abril, suena a cliché, hay demasiados temas que hablan sobre abril, pero un día de abril conocí a Julián, bueno, me volví a encontrar con él después de una vida.
A Julián lo conocí cuando mi esposo trabajaba con él en un negocio que ya ni recuerdo, pero éramos muy amigos Julián, su esposa, mi esposo y yo. Nos juntábamos de cuando en vez a compartir una parrillita y cosas por el estilo.
La verdad Julián era sólo eso, Julián, el amigo de mi esposo y ya. La última vez que lo vi fue en el velorio de mi amado Nicanor. Él llegó a darme el pésame, se quedó un rato con alguno de los invitados y se fue.
No lo volví a ver hasta ese día de abril en el hospital del seguro social donde iba a pasar consulta con el cardiólogo. Fue inmediato, cuando Julián me vio se puso de pie con un vigor otoñal y sonrió.
– Nancita -me dijo.
– Julito -me respondí mientras nos dábamos un abrazo.
Encontrarse un viejo amigo, sea cual sea la circunstancia, siempre es un lindo momento.
El seguro social es un desastre y siempre hay retrasos, demoras con las que siempre renegué hasta el día que me reencontré con Julián, con Juliancito o Julito como le decían algunos amigos.
El doctor tardó más de una hora en empezar las atenciones de la mañana y nosotros aprovechamos cada minuto haciendo un up date como dicen los jóvenes de ahora.
Julito no fue escueto en sus palabras, no lo recordaba tan elocuente al hablar. Debo decir que me sorprendió cuando en cierto momento me dijo que lucía muy bien, que el tiempo me había tratado con cariño.
La verdad yo no me sentía así y siendo sinceros, a él el tiempo lo había tratado muy mal. Lucía descuidado, con el cabello desalineado, las manos de un obrero y la ropa de un hombre que no le presta la mínima atención a ese tipo de detalles.
Sentí una penita por dentro y en la charla comprendí que venía de una separación que a la luz de todos los que conocimos a su exmujer era cuestión de tiempo y al Julián sí que le tomó tiempo.
En fin, Julián estaba separado hacía más de un año y bueno, la conversación fluyó de lo más delicioso, hacía tanto no me reía así. Sentí culpa, para qué mentir, me sentí culpable de estar riéndome como cuando hablaba con tu abuelo.
Sabía que no había culpa de nada, pero, somos humanos y a veces sentimos cosas que no debemos o no queremos sentir.
El punto fue que Julián tuvo que entrar a la consulta y hasta ahí llegó la interacción. Me sentía feliz, me sentía bonita, me sentía tan viva después de tantos años.
Esa noche me encontré con otra vieja amistad. Rocío era una vieja amiga, vieja y amiga, que vivía en los Estados Unidos y que había vuelto después de no sé cuántos años a Perú.
Aquella noche entre vinos le conté de mi encuentro con Julián.
– Vaya, vaya, señorona… la veo en coqueteos -dijo Rocío.
– Estás loca y yo estoy vieja para esos trotes -respondí.
– Yo estoy loca, pero tú no estás vieja ni para ese ni para ningún otro trote que por lo que me has dicho no trotas hace mucho -replicó.
Lo siento, sé que no es lo más usual que sepan estas cosas pero hasta las abuelas nos bromeamos así entre amigas. Risas van risas vienen y Rocío me preguntó:
– Me imagino que ya te dio su número ¿no?
– No… -respondí con miedo.
– Pero es que tú estás tarada o qué ¿si quiera se lo pediste? -replicó.
– No… -volví a responder.
– Y se puede saber ¿Por qué no pediste ese teléfono? -atacó Rocío.
– Es que no sé… no sé ni cómo se hace eso -respondí.
– Bueno cariño, mucho tiempo no me queda aquí, ya me regreso en unos días; así que no quiero volverme a enterar que se vieron, porque lo vas a volver a ver en estos días, yo lo sé, y que no le pediste el número ¿Estamos?
– Vale Rocío.
Rocío era medio pitonisa, estoy segura de eso. Dos días después de esa charla tuve cita con el gastroenterólogo. Llegué temprano, como correspondía, y el doctor llegó tarde, como se esperaba en el seguro.
No me crean si no quieren, pero es lo que pasó. Julián estaba sentado esperando su turno para pasar también con el mismo gastro ¿Qué probabilidad había de que eso sucediera? Segura estoy de que no eran muchas.
Volví a hablar con Julián y la conversación siguió con la misma alegría y complicidad del primer encuentro. No sé cuánto tiempo pasó y el doctor llegó, Julito era el primero en entrar a consulta así que aproveché el momento:
– Oye, qué rico charlar contigo, pásame tu número para no perder el contacto -le dije armándome de todo el valor del mundo y procurando disimular lo roja que tenía la cara.
Julián tomó un trozo de papel de su agenda, anotó su teléfono y me lo dio. Fue muy bonito, como antes, papel, lapicero, tinta, esos gestos que espero que para tu generación ya se hayan recuperado.
Yo me hice la interesante, le recibí el papelito y lo guardé en mi cartera como si fuera un papelito más. Nos despedimos con un besito en la mejilla y él entró a su consulta.
Después de mis consultas de esa mañana volví a casa con una sonrisa de sonsa, como una chiquilla ¿Qué está pasando? Me pregunté.
Pasó ese día, transcurrió todo el día siguiente y cerca de las ocho de la noche mi teléfono timbró, era Rocío. Yo le contesté, nos saludamos y me dijo:
– Hermana, ya estoy en el aeropuerto, en la sala de embarque, en dos horas tomo el avión y sólo quiero hacerte una pregunta para irme en paz ¿Lo viste?
– Sí, lo vi -respondí feliz.
– ¿Le pediste el número? -replicó.
– Sí, se lo pedí -respondí aún más feliz.
– Y ¿ya lo llamaste? -preguntó Rocío.
– Espera ¿debía hacerlo? -dije con voz extraña.
Rocío estaba furiosa, lo podía sentir a través del teléfono, su voz se aceleró, se agitó y elevó:
– ¿Cómo es posible? ¿Por qué no llamaste? ¿Qué tienes? -gritaba Rocío- mira chiquilla, ahora mismo cuelgo esta llamada y vas a llamarle, me importa un comino la hora, me importa nada, tú lo llamas porque lo llamas ¿ok?
¿Qué le iba a decir? En efecto Rocío colgó la llamada y bueno, sí tenía ganas de llamarlo, pero me daba un poquito de roche. Hacía falta ese empujoncito.
Decidida entré a mi cuarto a buscar el dichoso papelito… y no me acordaba qué cartera había usado aquel día. Fueron 20 minutos vaciando carteras, encontrando plata, omeprazoles y aspirinas, pero no ese bendito papelito.
Parta cuando encontré la nota de Julito, la emoción de la orden de Rocío había bajado bastante y empecé a pensar… a sobre pensar en realidad.
En medio de tanta pensadera decidí escribir el número de Julián en mi celular entre que decidía si sí o si no. Estaba desojando margaritas en mi mente hasta que finalmente dije no y apreté el botón verde por error.
Yo quería cerrar la aplicación de la llamada, lo juro.
Antes de la segunda timbrada Julito me atendió el teléfono.
– Nancita ¿Eres tú? -preguntó Julián con aquella voz que tanto me gustaba.
Esa llamada fue el inicio de un largo viaje que dura hasta ahora. No sé cuánto tiempo más tendré al lado de Julito, de mi Julián, pero lo estamos aprovechando al milímetro.
Querido Raúl, queridos nietos, les dejo esta pequeña historia para que sepan que el corazón de esta vieja se enamoró, amó perdidamente, enviudó y años más tarde volvió a latir con fuerza.
Queridos míos, nunca duden del amor que surge de sus corazones, si están con Dios, actuando en la verdad y la corrección, no tengan miedo de amar una vez más.
Si no lo hacen, si no se dan esa chance, si no me hubiera dado esa chance, quizá jamás hubiera conocido a mi segundo gran amor.
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7 respuestas
Aseguro que con el Seguro, sino te atraviesas con la muerte durante la espera, por lo menos resucita el corazón enamorado!!!
Que hermosa historia!! Un claro ejemplo que de alguna manera la felicidad se hace dando las debidas oportunidades.
Qué locura de historia que te mandaste con amor, comedia y hasta una bruja psicótica 🤣🤣🤣🤣🤣
Amé el tono desenfadado de esta historia y sus personajes,
Sería divertidísimo tener una historia desde la perspectiva de Julito.
Muy bien hecho Fer!!!
Me encantó!!!!!!
Qué historia tan conmovedora Feeer🥹
Ya había escuchado está historia en persona, pero nada mejor que leerlo y descubrir más detalles de la historia. Un éxito Fer🫶🏼🫶🏼🫶🏼🫶🏼🫶🏼🫶🏼
Me divertí mucho con la historia.
«Nancita ¿Eres tú? -preguntó Julián con aquella voz que tanto me gustaba.» ¿Alguien más dió un pequeño grito en esta parte? Lo amé.
Que bella historia , me divertí mucho , muchos éxitos y bendiciones