Cumplir treinta años fue un momento que no quise que pasara inadvertido. No son pocos años, tampoco son muchos, he vivido suficiente.
En este tiempo aprendí a enamorarme, a desenamorarme; aprendí lo que significa morir un poquito cada día con el lento deceso de mi padre.
Aprendí, con amor y perdón, a convivir con mi madre, aprendí a resolver problemas cuando la pandemia me encerró con un novio que llegó a ver un partido, y no se fue más.
Son treinta años bien vividos y, consideraba, que tanto mi madre como yo nos merecíamos celebrar mi aniversario de vida y su aniversario de maternidad.
- Ma’, creo que nos merecemos un viaje por mis treinta
- Estoy de acuerdo, princesa, ¿a dónde? -respondió mi madre.
Era una buena pregunta, a dónde podríamos ir en unas vacaciones madre e hija por primera vez.
Desde que papá murió, la idea de viajar siempre estaba atada al nostálgico recuerdo de aquellas rutas infinitas recorridas con él.
Mamá está por llegar a la base seis y yo, bueno, soy muy comodona, no pienso tomar estas vacaciones por mis treintas para irme a meter mil horas en un bus.
Debía ser avión y debía ser, al menos, fuera del país; pero, ¿a dónde?
Conozco bien a mamá, si el viaje tiene frío, altura, esfuerzo físico, comida extraña, será una tortura para ella.
Su viaje perfecto siempre será a un lugar lindo, para visitar una cosa al día, volver al hotel, con una buena piscina, una chela heladita y una reposera.
Yo soy más de aventuras, de cosas locas. Ahí radicaba el meollo del asunto ¿cómo balancear ambos deseos?
Consulté con amigos, consulté con foros de viajeros frecuentes y, al final, decidí que podía apegarme al estilo de mi mami como un esfuerzo por finalmente descansar, desconectar y disfrutar.
- Nos vamos al caribe. ¡Vamos a San Andrés! -le dije, emocionada a mamá.
- ¡Vamos! -respondió.
Sé que, así le dijera para irnos a un desierto, ella iba a reaccionar así; pero, la alegría con la que dijo ese ¡vamos!, fue única.
Sólo por esa sonrisa, sólo esa alegría, valía absolutamente toda la pena y el esfuerzo.
Pasaron las semanas y logramos comprar los pasajes, reservar los hoteles y hasta uno que otro tour al que la convencí de asistir en nombre de las anécdotas que podríamos cosechar.
¿Viste cuando absolutamente todo se alinea y las cosas son como deberían ser? Siempre he creído que, cuando suceden así las cosas, es porque Dios está enviando un mensaje, un visto bueno.
Cuando solicité mis vacaciones; mi jefe me preguntó por mi ruta y los días que tomaría.
- ¿Para qué vas a pedir tantos días? -preguntó el señor jefe.
- Porque regresando me quedaré por Lima -respondí.
- Pide sólo los días que estarás afuera. Los días que te quedes en Lima corren como días laborares, sólo quiero que nos reunamos con el equipo un día antes de que vuelvas a Pucallpa, ¿ok?
- Fuerte y claro jefe, gracias -respondí con una sonrisa enorme.
Las cosas estaban perfectamente alineadas, no había mercurio retrógrado, ni influencia de sagitario, ni ninguna de esas cosas.
Era simplemente la Providencia diciendo: ve.
Subidas en ese avión, la alegría era enorme, no sólo por el destino; sino por la imborrable sonrisa de mi madre.
Parecía una niña o alguien que estuviera haciendo una travesura, una sonrisa pícara, tierna y jovial.
Aterrizamos, nos llevaron al hotel y empezamos a disfrutar de las instalaciones y paisajes, era un pedacito de cielo.
Nuestro hotel se encontraba alejado de la sección más intensa de las discotecas; pero, era una isla, nada estaba demasiado lejos.
Día uno: recorrer la isla, ir a pasear en moto, comer y empezar el intenso debate de cuál era la mejor cerveza a disposición en la isla.
Una de las cosas que más me emocionó fue ver a mi mami a bordo de una moto. Si digo que hace veinte años no la veía en una, creo no exagerar.
El día uno le dio paso a la noche y mamá decidió que sería una buena idea irnos a en busca de un buen bar.
¿Cómo decir que no? Era imposible.
La noche no fue todo lo larga que mis treinta años demandaba; pero, mamá me dijo:
- Tenemos como seis noches más, no te aloques hoy.
En verdad, soy más que afortunada de tenerla en mi vida, de que sea mi madre y de yo ser su hija.
Cuando amaneció el día dos, mamá me preguntó si movíamos el tour en catamarán para el día tres.
- Quiero ir al spa, disfrutar de la piscina y de la vista, he visto algunas cosas interesantes -confesó entre risas.
No puedo evitar sonrojarme cuando escucho a mi madre hablar así, siempre ha sido así, no soportaba que me hable en público de cosas como ropa interior o chicos.
Si en privado me paltea, ¡imagínalo en público!; pero, ¡no, ya tengo treinta! No, igual me avergüenza, creo que es algo que pasará siempre.
- Bueno señora, espero que usted no sea la única que tenga buen paisaje mañana -respondí haciéndome la valiente.
- No me hagas reír, Andrea, a ver con qué nos deleita mañana San Andrés -finalizó.
El desayuno en el hotel era un banquete; lo que comíamos nos alcanzaba, fácilmente, hasta las tres o cuatro de la tarde.
Bien desayunadas y bañadas, decidimos bajar en bata al spa donde nos hicieron el mejor masaje de nuestras vidas.
Salimos con los ojos a media asta, las rodillas enclenques y el alma regocijada. El viaje seguía superando expectativas.
Saliendo, mamá y yo nos fuimos a la piscina en donde me percaté de una extraña situación de la que me habían comentado.
Resulta que no es inusual encontrarse en esos pequeños paraísos con señoritas que ofrecen compañía de manera poco discreta; pero, sin entrar en evidentes vulgaridades.
Son ‘amigables’ con el turista y, para quienes no andamos embelesadas en sus tretas, bastante evidentes sobre sus intenciones.
Con mamá observamos a esa chiquilla, tendría no más de veinticinco años y se encontraba de cacería.
Mamá y yo lo comentábamos con la mirada, mientras disfrutábamos de una buena negra heladita, mamá una BBC y yo una Club Colombia.
La buena amiga intentó hacerle, primero, el habla a un señor muy entrado en años que se tomaba una sopa en el calor de aquel marzo.
La chica le hablaba y le sonreía; pero, el señor estaba mucho más entretenido en disfrutar esa sopa de camarones que en la chica.
Cuando mamá y yo nos miramos entre risas, mamá se tapó la boca y susurró:
- ¿Ese no es el chico con el que hablaste anoche?
Mi madre no había ignorado una interacción que tuve, la noche previa, con un joven turista de unos veintisiete años.
- Sí es él, ma’ -le respondí.
- Crees que la bandida se le acerque -preguntó.
- No sé, ma’ y no le digas así a esa chica -repliqué.
- ¡Ay por favor Andrea!, ¿me vas a decir que es una monja?, ¡ya pues! -contrapunteó mamá, intentando mantener el volumen lo más bajo posible.
- ¡Mamá! –insistí, mientras abría los ojos y le hacía un gesto para que sea más discreta.
- ¿Cómo se llamaba? -preguntó, ignorando mi gesto.
- Tim, mami, se llama Tim, ahora toma tu chela y disimula que ya nos están viendo -le dije bastante sonrojada.
La verdad es que ver a Tim en el hotel me causó curiosidad.
Para qué negarlo, el corto encuentro que tuvimos en el bar me agradó, y bueno, lo dejé a decisión del destino y, hemos aquí nosotros.
Es de esas cosas curiosas de la vida.
Pero, ahora me encontraba detrás del cristal de mis lentes de sol observando como ese chico respetuoso e interesante de anoche, parecía ser la inevitable siguiente presa de la cazadora.
- Es imposible que este bomboncito no caiga ante esta felina. Abortemos misión de pensar en saludarlo. No pienso acercarme a un tipo que es capaz de caer ante una situación tan baja para ambas partes -pensaba con insistencia.
Mis ojos no dejaban de ver a Tim y a la tigresa que, aburrida del octogenario, enfiló su quilla hacia Tim, mi Tim.
- ¡Zorra! -murmuré entre dientes.
Mi mamá volteó a verme y se empezó a carcajear.
- Ahora pues, ¿qué pasó? -preguntó sarcásticamente mamá.
- Nada mami, nada, no dije nada, no pasa nada -respondí.
Mamá sólo atinó a hacerme un guiño exagerado y a seguir observando la escena con su chela, como si de una serie de National Geografic se tratase.
Yo empecé a pasarla mal. Ver cómo, de a pocos, la loba esa se le acercaba, me pareció nauseabundo. Vi su aproximación, vi a la depredadora cercar a su víctima, lo vi todo, ¡lo vi!
Lo peor no fue el abordaje; sino que, a la primera palabra que le dirigió la bandida esa, él se volteó y le habló.
Risas van, risas vienen y la bilis subiendo por mi garganta. La sonrisa en mi rostro, cada vez más forzada y, de pronto, un crujido en el pecho.
Tim apuntaba algo en el celular, mientras ella se desdoblaba en disfuerzos cuando, de la nada, la canina empezó a controlarse y, en cuestión de nada, salió despavorida.
La escena llamó mi atención; pero, ya no tenía a mi compinche al lado. Mamá se fue al baño y me dejó sola observando aquel inexplicable final.
Pasó la noche del día dos, la mañana del día tres y, volviendo del catamarán, me fui a la piscina a pensar en lo que ya venía pensando: ¿qué pasó?
Echada en la reposera pude ver a Tim pasar e intentar saludarme.
- Andrea, ¿verdad? -dijo Tim
- Sí, soy yo -respondí, casi ofendida.
- Qué loco verte por aquí -dijo con su español masticado- esto está muy loco últimamente -finalizó.
- Vi cómo se te acercaba una locura hace unos días -le dije.
- ¡Ajá!, ¡sabía que eras tú! -dijo Tim- Ese día estaba curándome la resaca y me agarró de sorpresa.
- Pero la sorprendida fue ella, se fue corriendo -repliqué con cierto escepticismo.
Tim se empezó a reír a carcajadas y me dijo.
- Sorry, sorry, es que en verdad me da mucha risa. No se me ocurrió nada más que decirle que apuntaría su número para que me presente algún chico guapo de la isla.
El alma me volvió al cuerpo, quebró el hielo en mi sonrisa y me relajé. La charla fluyó, las risas no faltaron y poco a poco nos fuimos conociendo.
Los treinta que he vivido me han permitido, de una manera que no me explico, respirar y contar hasta diez antes de disparar y bueno, veamos cómo llegamos a los cuarenta.
Por ahora, mamá y yo seguimos disfrutando de estos días en el mar y Tim… quizá algún día sabrán más de él.
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5 respuestas
Jajaja no puede dejarme con ese finalll, necesito más de Tim y Andrea.
Dejando de lado, muy buen relato 💗✨
Ya quiero saber más de tim… 🌍
Bien fer.
Fer, qué bonito relato!!!
Fue un respiro de las emociones intensas que me has hecho leer las últimas semanas, pero no se queda atrás.
Bonita complicidad madre – hija, la nena buscando un sugar daddy, el posible futuro enamorado (bisexual 🤣🤣🤣🤣🤣), imaginar cómo sonaría español masticado. 🤣🤣🤣🤣🤣
Lo disfruté mucho 😁😁😁
10/10 y muy buen relato.
Que buena historia! Y la complicidad de la madre con la hija es demasiado graciosa!
Me quedé con ganas de más historia, pero me generó cierta nostalgia de los viajes con mi madre. Ella siempre atenta al buen paisaje…jejeje!