GERONTOFILIA

GERONTOFILIA

Pensando en amantes y amores -incluso en los más insólitos- hace unos días recordé a Rocío, mujer costeña de cabellos canos, piel bronceada y con todos los papeles listos para pasar la base siete.

Desde niño me ha costado relacionarme con personas mayores, quizás por esa línea difusa entre respeto y cercanía.

Claro, ya no soy el chiquillo de quince años que debe decirle señor o señora a todo el mundo, más aún si se está en un contexto social casual; pero, no deja de hacerme ruido tutear a alguien mayor que yo.

El asunto es que, una tarde de febrero de hace dos o tres años, me encontraba visitando a un amigo cuando conocí a Rocío, tía de este buen amigo.

La familia de mi amigo es indiscreta, alharaca y eufórica.

Es el éxtasis hecho grupo, sazonado con sarcasmo y una gastritis erosiva crónica.

Cuando Rocío entró por el dintel de la puerta, sus ojos miel se posaron en los míos a través de aquellos lentes de marco trasparente y sus rulos plateados.

No hubo nada más, no hubo nadie más.

Eran sus ojos fulminantes y los míos, de ciervo indefenso e inhábil, ante aquel pasivo abordaje al que me encontraba sometido.

– ¡Hilda! ¡Hilda! -empezó a gritar desesperada Rocío- ¡Ahora sé por qué nuestro Señor ha permitido que viva todos estos años y no haya muerto aún!

Yo estaba pasmado. Hilda corría desde el interior de la casa a mi rescate, sabía el nivel de demencia que se vendría por delante.

Honestamente, me conmovieron las palabras de Rocío, me hizo pensar en el justo Simeón y la promesa de Dios; pero, evidentemente no estábamos ahí.

El lapso en cámara lenta aumentó la marcha progresivamente con el siguiente alarido.

– ¡Dios me ha traído con vida hasta este punto para conocer este querubín! -finalizó.

Hilda, hermana de Rocío, ya había llegado y la abrazó como un calamar a su presa, procurando empezar el control de daños.

Yo miraba absorto de derecha a izquierda, porque ahora sí no entendía absolutamente nada: ¿Quién era el dichoso querubín?

Busqué respuesta en los ojos de Hilda y ella sólo sonreía de manera nerviosa, aún abrazando a Rocío, sin saber bien qué decir.

Rocío, haciendo a un lado a Hilda, se acercó y me dijo:

– ¿Quién eres tú?, ¿de dónde apareciste?

En efecto, el querubín era yo.

Ojo, esto recién empieza a ponerse raro.

Con una risa nerviosa sólo atiné a decir que era amigo de Alonso, de su sobrino Alonso.

La yaya chalada sonrió y, antes de decir algo más, fue interrumpida por Hilda:

– ¡Ay, hermanita!, tan linda tú. Él es amigo de Alonso, de mi hijo, es casi mi hijo, ¿me entiendes?

– Tampoco me hables como a idiota, claro que ya sé de dónde apareció este bombón, es… es casi un sobrino lejano…

– ¿Para ti?, ¡para ti es mi hijo! -aclaró Hilda en una tensa calma que se diluyó en un concentrado de risas nerviosas.

No entiendo bien por qué no me fui, creo que porque estaba viendo a Alonso después de mucho tiempo.

Además, a Hilda le guardo un enorme cariño, es una segunda mamá y siempre disfruto mucho de la tertulia con ella y Alonso.

Creo que también me quedé porque el almuerzo pintaba bien y había mucha gente, daba roche salirse así.

El punto es que, pasado el asalto de la pirata costeña, La reunión se desarrolló con bastante normalidad.

Normalidad en los términos de Rocío, Hilda y Alonso, con esa euforia insana que bordea, casi siempre, la locura.

Esa tarde todos jugamos bingos, tómbolas, hasta hubo una piñata.

Recuerdo que a un lado había una piscina armada para la ocasión, con el único objetivo de lanzar personas al agua sin su consentimiento.

Era una zona de combate. La música, los silbidos, los bailes y las bebidas fueron marinando a los asistentes.

El tiempo pasó entre risa y risa, y las tensiones iniciales se me habían difuminado del alma finalmente.

Para cuando llegó la comida yo ya era uno más de ellos.

Al terminar de comer empecé a recoger los platos de quienes ya habíamos acabado de comer.

Mi madre siempre decía que yo nunca tenía la mínima intención de ayudar en casa, de ser hacendoso, proactivo y colaborador.

Creo que no deja de tener razón. Por algún extraño motivo, siempre es más sencillo o natural hacerlo fuera que dentro de casa.

Todos los presentes me ayudaron y empezamos a llevar los platos a la cocina, donde se encontraban Hilda y Rocío.

Si no era la última, era la penúltima tanda de platos que llevaba a la cocina cuando, en un absoluto arrebato, Rocío se acercó a mi oído y me dijo:

– Hijito lindo, precioso, ¿sabes qué es la gerontofilia?

Con los huevos de corbata, las pupilas reventadas, como si de un mal viaje de ácido se tratase, y las manos heladas; sólo alcancé a responder con la cabeza que sí.

Rocío, más cazadora que nunca, siguió:

– ¿Te interesaría practicarla?

Mi reacción fue una carcajada profunda, ya la tensión había sobrepasado todos y cada uno de mis límites, no había nada más por hacer.

Sólo me quedaba reír o llorar por la presión de mis nervios. Elegí reír.

Seguro que debe haber alguno por ahí que no entienda qué es lo que Rocío me insinuó. Vamos.

Dentro del mundo de los fetiches, los gustos y las predilecciones, las parafilias son aquellas atracciones, de carácter sexual, que predominan en determinados individuos.

Así, la gerontofilia es aquella atracción sexual por una persona de avanzada edad.

Era extraño, jamás me había pasado nada parecido en la vida y, ahora, recordando esto, me entran algunas preguntas:

¿Estuvo mal lo que hizo Rocío? Yo creo que sí, porque no había suficiente confianza como para desarrollar dicha conversación; pero, no todo es blanco o negro.

Si se tratase de dos adultos en plena facultad de conocimientos y manejo de la situación, ¿cómo debería haber sido?, ¿cuál debió ser su abordaje?

Claro, si estuviéramos hablando de un o una menor, sería una situación insalvable, ilegal y punible; pero, entre dos adultos, ¿no existe acaso la libertad de establecer nuestros propios límites?

Rocío nunca me besó, nunca me tocó.

Sí, me abordó a sabiendas que me incomodaba, y me hizo una serie de comentarios, por lo menos, inadecuados; pero, que estuvieron en la frontera de lo que yo podía permitir.

Creo que los adultos debemos tener, en el marco del respeto, la oportunidad de decir con libertad lo que se nos cante el cuerpo, y asumir las consecuencias.

Creo que es igual de importante entender que la podemos embarrar y que, si alguien pisa una de tus fronteras morales, es deber tuyo informarlo tanto como es obligación del otro retroceder; pero, ello no debe implicar el inicio de una guerra de facto.

Cuando pienso en Rocío, siento un sabor agridulce. No deja de parecerme gracioso; pero, gracioso de raro y, a la vez, incómodo; pero, algo real.

En la vida pasan cosas y no todo es el utópico imaginario que muchas veces queremos crear para salvar nuestros traseros blandos.

¿Me gustaría que me vuelva a pasar? Creo que no.

¿Me volverá a pasar? Por supuesto que sí, el mundo es un asco y situaciones incómodas habrá mil.

¿Es Rocío una mala persona? Definitivamente no. Algo no anda bien en su azotea; pero, no es una mala persona.

¿Estoy interesado en la gerontofilia? Definitivamente no, es más, cada día me acerco más a la vida ascética monástica, que a la exploración parafílica.

Creo que, al final, lo verdaderamente importante es tener claro que sí, que no y que nunca. Rocío no me hizo daño, sólo cruzó una línea sin medirla. Yo puse el límite con mi reacción, y eso bastó.

No escribo esto para denunciar a nadie, ni para ser aplaudido por sostener la risa. Bajemos un poco a la cultura de la cancelación y exploremos el mundo con apertura.

Una pregunta más: ¿Por qué escribo esto?

Pues, porque me pasó, porque me hizo pensar, y porque no quiero dejar de contar las rarezas del mundo, incluso las que me sacan de cuadro.

Los límites están para conocerse, no para dejar de reír.

 

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10 respuestas

  1. Fernando, he leído este relato con dos cerebros a la vez:
    En el primero, he imaginado este relato como el más cómico a la fecha, he dado de carcajadas como no me lo esperaba de ti.
    En el segundo: como algo semejante a una historia de terror con matices de comedia, suspenso y algo de seriedad.
    En resumen fue entretenidísimo como pocos que has escrito (ojo, he dicho entretenido, no chistoso) y me ha dejado con ganas de más.
    Vamos, quiero verte explorar más seguido cuán cómico y serio a la vez puedes llegar a ser.
    Excelente trabajo. Incalificable.

  2. Fernando… interesante historia, me agrada mucho las conclusiones a las que arribas. Comportarse como adulto, que si, que no, que nunca… mientras no se rebase la línea del respeto, todo es una anécdota de vida.

  3. No sé si se trata de un deja vu, pero me parece haber leído esta historia antes. Es interesante ver la reflexión desde el punto de vista masculino, porque creo que las mujeres tenemos más episodios similares y me parecen absolutamente desatinados e incómodos.

  4. Bueno dejando de lado lo incómodo que pudo haber sido, al menos ella respetó la incomodidad que tuviste y quedó ahí. Es un claro ejemplo de lo que significa el respeto. A las finales son dos adultos. Y si sigue contándonos tus rarezas jajaja

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