Rodando por la Panamericana Norte entre Ciudad de Dios y Guadalupe, Ignacio Vivanco tuvo una extraña revelación.
Haciendo una señal intermitente a la derecha, detuvo su motocicleta para revisar el mapa, había algo en ese lugar que lo llamaba.
Horacio, su compañero de viaje, avanzó unos metros y se percató que rodaba solo.
Volviendo sobre sus pasos, Horacio encontró a Ignacio revisando aquel mapa digital. No entendía qué sucedía.
– ¿Ahora qué? ¿Qué has visto? -replicó.
– Nada -dijo Ignacio.
– No pues, habla de una vez, ya paraste, ya estamos aquí ¿qué quieres ver? -dijo con cansada insistencia.
La verdad, para esa altura del viaje, Horacio maldecía la mitad del tiempo haber salido de ruta con Ignacio.
O sea, no era una situación insalvable; pero, viajar con alguien más, que no fuera su padre, se convertía en un permanente recordatorio de que aquellos viajes no volverían a ser los mismos.
La primera vez que Horacio salió a la carretera no tenía edad legal para hacerlo; pero, siempre contó con la mano protectora y apañadora de papá; y, esa complicidad, duró toda la vida del jefe.
Los años, la vida y la muerte llenaron de historias y memorias el corazón de Horacio y, si había algo de lo que estaba seguro, era de que no había mejor lugar en donde conectase con su papá que en la ruta.
Papá ya no estaba, papá emprendió el viaje final hacía tres o cuatro años y, aquella vez en la Panamericana Norte, era la primera vez que Horacio le rendía un honesto homenaje.
Esta sensación del homenaje lo abordó desde que planificó el viaje.
Horacio sabía que estaría muy conectado con la memoria de papá, sabía que quería recorrer esos caminos, una vez más, lo volvería inevitable.
Sabía también que hacer ese tipo de viajes en solitario no era precisamente lo más recomendable, y fue ahí donde cayó por fortuna de Dios o el diablo en la compañía del indeciso Ignacio.
Ignacio era un entusiasta; pero, muy nervioso compañero de vida y de viaje.
Si bien lo conocía hacía muchos años, el viaje representaba un desafío.
Es bien sabido que nunca se termina de conocer a las personas.
Si había algo que tanto Ignacio como Horacio sabían muy bien, era que durante los viajes la gente muestra realmente quienes son.
No hay máscara que aguante quinientos kilómetros o tres días de convivencia en medio de todos los desafíos que viajar presenta.
El viaje en cuestión recorrería la Panamericana Norte hasta Chiclayo, para luego cruzar por la Interoceánica hacia el corazón de la selva.
Sería un viaje de casi tres mil kilómetros y más de doce días.
Para cuando Ignacio se detuvo en aquel remoto desvío, Horacio ya sabía que, o ejercitaba la paciencia, o lo mandaba del todo a la mierda.
El cruce de los Andes había sido un primer desafío a las limitadas habilidades de Ignacio en su KPT 200 y a la paciencia de Horacio en su Africa Twin 1100.
La ruta fue hostil en los silencios y actitudes.
Viajar en moto, por más que sea en grupo, siempre es un desafío individual.
Los más de mil quinientos kilómetros que llevaban rodando, para ese entonces, ya había dejado algunos acuerdos tácitos.
Si Ignacio quería ir a ver una piedra en medio de la nada, era mejor negocio para Horacio ir que intentar convencerlo de no.
Ojo, a cambio de estas concesiones, Horacio sabía que la ruta, el ritmo y las llamadas de atención iban a estar siempre en la punta de su lengua, para responder a la altura de la seguridad y la experiencia.
– Habla, pues, ¿vamos a entrar aquí?, ¿qué hay aquí? -preguntó Horacio.
– Sí -respondió Ignacio.
– Ok, entremos. Si se nos hace más tarde, va a ser una mierda entrar a Chiclayo -finalizó Horacio.
Aquel desvío era la entrada a una antigua hacienda norteña llamada La Calera.
El desvío fue hermoso, los moteros pasaron de un paisaje con lomas costeña, piedras y arenas, a rodar en medio de un tupido arrozal sin clara dirección.
Con un ojo en el mapa y el otro en la ruta, los amigos cruzaron los campos y, unos diez minutos después, aparecieron en una apacible plazuela.
Era un espacio detenido en el tiempo, una plaza radial de estilo republicano, con una iglesia amarilla, un cerco de casas alrededor de la plaza y una capilla a lo lejos.
El lugar olía a tierra seca, un poco de estiércol a lo lejos y bastante calma.
Nadie se atrevía a romper innecesariamente el bello silencio de Calera, salvo un humilde caballero que cruzaba el pueblo llevando paja en una carreta jalada por un burro.
La entrada de los viajeros, por su parte, fue ostentosa.
Ignacio y Horacio se sintieron como Cortés y Pizarro llegando, de la nada, a una tierra nueva.
Ambos, montados en sus corceles, rodaron por el pueblo.
No faltaron los vecinos curiosos que se asomaron por la única bodega del lugar o desde algunos balcones.
Luego de recorrer la plaza, los socios de la conquista se ubicaron en un banquito frente a la Parroquia Madre del Buen Consejo.
Ahí sentados, Horacio no pudo evitar preguntar lo obvio.
– Loco, ya estamos aquí, me cuentas ¿por qué?
Ignacio tenía en el rostro una sonrisa que no se le borraba; pero, aquella sonrisa era diferente su recurrente, ridícula y redundante sonrisita cuando recordaba a su más reciente último amor.
Esa risa sonsa, Horacio la conocía muy bien y la detestaba; pero, esa nueva sonrisa era diferente.
– Habla, pues, que el paisaje no paga el desvío, ¡eh! -dijo Horacio.
– No, nada; pero, necesitaba conocer este lugar -respondió Ignacio.
– ¿Ah?, ¿sí?, ¿qué pasó aquí?, ¿por qué es importante este lugar? -replicó Horacio.
Rompiendo la sonrisa y mirando fijamente a los ojos a Horacio, Ignacio habló:
– Este lugar se llama Calera, era una hacienda de caña o de arroz, la verdad no recuerdo tan bien; pero, aquí surgió una historia que marcó mi vida.
Mirando a Ignacio, Horacio intentaba atar los cabos.
– ¿Recuerdas a Camila? -preguntó Ignacio.
Horacio, que empezaba a hacer el esfuerzo de seguirle el paso al loco que lo sacó de la carretera para sentarse en medio de la nada por adquirir una anécdota, sintió que le lanzaban un baldazo de agua helada.
Otra vez Camila, la expareja, la que le sacaba esa estúpida sonrisa, la que lo dejó, la que le caía tan mal. Lo último que Horacio quería escuchar era ese nombre a mil kilómetros de casa.
– Dime que no estamos aquí por ella… -dijo, con resignación y desesperanza, Horacio.
– No, no estamos aquí por ella -respondió Ignacio.
– Entonces, ¿por qué la mencionas?, ¿era necesario?
Ignacio sonrió, con algo de culpa, y recuperando la postura, retomó su relato.
– Hace cincuenta o sesenta años, en este lugar se fundó una familia que tuvo como cuatro o cinco hijos. El hijo mayor de esa familia, como muchos, por motivos que aún desconozco, salió de aquí, desde el corazón del norte, para terminar en la selva.
Horacio, con incredulidad, empezó a seguirle el viaje a Ignacio.
– Hace como treinta o treinta y cinco años, el hijo mayor del viajero caleño, viajó hasta donde vivía su padre para estudiar.
Era extraño, Horacio quería seguir escuchando la última locura de Ignacio; pero, mal no sonaba.
– Hace como treinta años, en aquella ciudad, ese joven universitario conoció a una señorita de la que se enamoró perdidamente y, con el tiempo, terminaron fundando una nueva familia.
Horacio sólo asentía con la cabeza.
– Esa nueva familia, por azares de fortuna, terminó estableciéndose en nuestra ciudad, ciudad donde hace diez años yo conocí a Camila, primera nieta del primer hijo de aquel viajero.
Con la boca entreabierta y los ojos ligeramente fruncidos, Horacio sólo atinó a decir:
– Ok… entonces, la familia de Camila es de aquí, vale, y querías venir aquí porque…
Con una sonrisa consolidada y segura, la primera de todo el viaje, Ignacio le respondió a Horacio.
– Porque sé que algún día escribiré sobre sobre eso, me parece una historia interesante. Ojo, es la historia de mi abuelo y la historia del tuyo también. En nuestro caso sabemos de dónde vienen nuestras familias, la mía del sur, la tuya del centro; pero, estando aquí, quería saber de dónde venía la familia de Camila. No podía perderme la oportunidad.
La explicación de Ignacio le hizo sentido a Horacio; aunque no justificaba del todo aquella charla de media hora en medio de la nada.
Ignacio se sentía extrañamente liberado y feliz.
Si bien el tema de Camila tenía harto a Horacio; el abordaje que le dio a la historia era particular, interesante.
Horacio sintió, por primera vez, que Ignacio había hecho algo por él mismo y su historia con Camila, sin pedirle permiso a ella.
– Bueno, ya vimos, ya conocimos, tampoco es que haya algo interesante por aquí, no me vengas a decir que te gusta este lugar -dijo Horacio.
– En verdad gracias por la compañía -respondió Ignacio.
– Tranqui, ya estamos aquí, sólo escribe bien cuando me menciones, es más, ¿qué te parece si nos hacemos una foto?
Poniéndose de pie, Horacio se sacudió el polvo del pantalón y caminó hacia la iglesia.
– Mínimo quiero un registro de que estuvimos aquí, pendejo -dijo Horacio mientras hacía señas a Ignacio para que haga la foto.
Ignacio no sospechó nada cuando, sin previo aviso, Horacio encendió su Africa Twin, antes de ir a su posición al lado del campanario de la parroquia de Calera.
Cuenta uno… dos… tres y Horacio se voltea, sujeta el cabo del campanario y empieza a redoblar las campanas, como si se tratara de una emergencia.
Las campanas resonaron en todo el pueblo. La gente empezó a correr a la plaza a ver qué sucedía, mientras los moteros corrían a sus corceles, habiendo robado la paz de aquel lugar.
Con el Cristo en la boca, Ignacio abrazaba su poderosa KPT 200, con el acelerador a fondo; mientras Horacio, a toda máquina y parado sobre los estribos de la moto, iba sonriendo como un arlequín medieval descocado.
La hilarante escena de los dos viajeros perdiéndose por el camino fue presenciada por todo Calera que, en con un desconcierto común, no entendían qué rayos hacían ahí aquellos dos idiotas.
Manejando como desquiciados, la tensión de la salida reventó uno de los eslabones de la cadena de Ignacio quien, mirando hacia el pueblo que dejaban, tuvo que detenerse y rezar porque nadie viniera tras de ellos.
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4 respuestas
Qué bonita historia. Casi puedo imaginar a Horacio renegando con Ignacio jejeje.
Descubrir el inicio de todo siempre es muy interesante, más aún si se trata de una persona. Las raíces son identidad, parte esencial de cualquier historia. Los viajes nutren el alma y transforman al viajero. Es claro el contraste entre Ignacio y Horacio: cada uno con su propia historia, pero ambos con la voluntad de descubrir otra. La vida es corta, pero la ruta es larga. Al final, nuestra historia también alimenta otros caminos.
Gran relato profesor Polar.
Ignacio… digo, Fernando 🤣🤣🤣🤣🤣
Qué tal relato que has armado!!!
Divertidísimo de leer: el personaje de Horacio es un encanto, curioso, chistoso y algo chismoso. Cómico y adorable.
La historia parece tener final cerrado, pero tú eres especialista en sorprenderme. Lo dejo a tu criterio.
Me encantó, incalificable.
Porque no importa las locuras que uno haga, si está tu mejor amigo,.el incondicional, se vuelve épico.