OJOS DE CRISTAL | Parte 1

OJOS DE CRISTAL | Parte 1

Sentado en un diván, explorando la raíz de tantas cosas, la terapeuta me pidió recordar algún amor idealizado. No lo dudé: debía ser Cristel.

Ante el nombre, mi terapeuta me pidió que escribiera nuestra historia -si la hubo- o al menos que describiera mi lado de esa experiencia.

Entonces… si tuviera que describir la mañana en que nació Cristel, comenzaría hablando del leve brillo solar que tiño de rojizos matices el horizonte.

Podría hablar también de lo celeste del cielo o de la pureza del aire que por entonces se respiraba en Rosetown.

En este perfecto ambiente nació Cristel, bella, de cabellos rizados, labios rojos como las fresas, y aroma a flores.

Tenía unos ojos negros como la noche, brillantes como el sol y a la vez tan melancólicos que, de pensar en ellos, lágrimas corren por mis mejillas.

La amé por muchos años, y en mi juventud, la vida daba por una sonrisa suya, por una caricia, por un beso. Ella era mi sueño, mi único anhelo, ella era todo lo que en el mundo valía la pena para mí.

En sí, Cristel, era la mujer de mi vida.

Cómo la conocí, o cómo nos conocimos, fue una de esas cosas que si te la contasen sonaría a fantasía. Fue tan poco común, casi imposible; pero sucedió.

La vida nos juntó a Cristel y a mí una noche de abril del año 1973. Ella llegó vestida de gala y yo estaba acorde con el evento.

Algo raro sucedió, tan pronto como la vi, sentí cómo si mis huesos se doblegaran ante su presencia, cerré los ojos y el mágico hechizo desapareció.

Los volví a abrir para corroborar que no había sido una alucinación o tal vez la aparición de un ángel, mas ella estaba ahí, frente mío, sonriendo muy discretamente.

No entendí a ciencia cierta qué es lo que realmente ella tenía, solo sé que no podía dejar de verla.

Me enamoré, como nunca antes lo había hecho, como a nunca nadie más amé.

El sentimiento era perfecto; de pronto, una sensación de dependencia a ella y una falta de identidad me dijo: “ella es, si, ¡ella es!”.

La vi toda la noche, como si esa fuese la última vez que la vería en mi vida.

La acaricié, besé, y amé tanto en mi mente, que casi parecía real todo lo que oía de sus labios, los que inertes, no hacían más que dibujar una suave sonrisa en su terso e inmaculado rostro.

No me percaté bien quien realmente era, la noche, las estrellas, tal vez el cansancio, hicieron que a la mañana siguiente ella sea el recuerdo de un diamante bello que en sueños vi.

Se convirtió inmediatamente en el recuerdo más dulce, en lo que a mí concierne, de lo que una mujer bella, buena e inteligente era o debía ser.

Cristel, Cristel, Cristel, bello nombre que encontré para ese sueño.

El recuerdo era tan borroso que no podía ser real. Únicamente era un sueño, el sueño más dulce que jamás soñé, mujer como ella no había conocido hasta ese entonces.

La palabra nunca es demasiado amplia para mí pues, en sueños, ella siempre se aparecía, hablándome, acariciándome y besándome, ¡era tan perfecta!

Fue difícil asumir que no era más que un recuerdo, que mucho me dolía amarla, ¿estaba realmente enamorado de una fantasía?, No lo sabía, ¿existía?, tampoco lo sabía.

Sólo sabía que era el recuerdo más bello que tenía en mi haber.

Después de ella, estuve un largos meses auto-recluido en casa, no quería saber nada del mundo, me cansé de vivir, me cansé de buscar.

Sentía que ya había encontrado a quien tanto anhelaba y la perdí. Estaba tan furioso que en poesía vertí toda mi rabia.

Mucho tiempo pasó antes de que pudiera volver a ser yo mismo, y con esto me refiero al hecho de aprender a vivir con el recuerdo de Cristel en la mente.

Su memoria era perfecta, tan sutil, tan suave, tan linda, verdaderamente tan ella.

Sucedió que, después de casi dos años, mi madre buscó un nuevo lugar al cual llamar hogar y, después de muchos trajines, halló el sitio preciso en la Rué Jeadux 146.

Era una casa muy bonita, clásica, pero bonita. Tenía dos balcones, uno con vistas al mar y otro que era iluminado por los primeros rayos de sol por las mañanas.

La casa tenía un sutil color amarillo con detalles blancos y un pequeño jardín de rosas rojas y rosadas que llenaban con su aroma hasta el más recóndito de los cuartos de la casita de Rué Jeadux 146.

La soledad y la nostalgia invadieron mi cuerpo, que, con solo 16 años, ya había vivido más que suficiente.

Me sentía pésimo, deprimido y sin ganas de continuar abriendo los ojos; ya para qué si, así buscase en el infinito, no hallaría una persona, una mujer, ¡algo!, que fuese más bello que mi amada Cristel.

Y de suspiros estaban llenos mis días, y de suspiros mis noches, y de cada tres segundos de estar vivo cuatro eran para ella, y de amarla no me agotaba.

Siempre tenía energía para pensar en ella, por más cansado que estuviese, siempre, ¡siempre!, ella estaba presente en mi mente,

Era raro, lo admito, pero me encantaba sentirme raro, me encantaba sentarme frente a una pluma y dejar que mi mano baile sobre el blanco papel trazando las delgadas siluetas de las letras en tinta negra.

Me encantaba pensar en ella y suspirar como soñando despierto, reír sin razones y llorar sin motivos.

Amaba estar enamorado de lo que aún no sabía si había sido un sueño, ¿o será que acaso verdaderamente conocí en aquella noche de abril a la infinitamente bella Cristel?

El motivo de centenares de poemas y de tantas noches en vela, sin darme cuenta, estaba más cerca de lo que nunca me hubiese imaginado, tan cerca que creí oler el aroma de su cabello la tarde del 12 de noviembre regresando del colegio.

Volví a olfatear el aire, dudando que fuese… ¿Cristel?,

No podía ser, no podía ser ella, ese aroma era único y lo recordaba del momento en que más cerca estuve a ella cuando me acerqué por una bebida a la mesa de la fiesta.

Sentí como si quisiera vomitar en ese mismo instante un enjambre de abejitas y mariposas,

Sentí un estrepitoso frío recorriéndome la espalda cuando empecé a levitar la mente sobre el pavimento para ir en búsqueda de Cristel.

La recordaba más que bien, más que si la hubiese visto todos los días de mi vida, estaba presente en lo más profundo de mi alma, ella, estaba viva en mí.

Vi mi cuerpo inerte, con la nariz apuntando hacia el otro lado de la acera y continué volando, crucé la agitada avenida y al llegar a la puerta de una casa.

Vi el umbral de cedro rojo y las paredes pintadas de un azul más limpio que el cielo de Rosetown. El olor llegaba hasta ahí, hasta la Rué Jeadux 141, exactamente al frente de mi casa.

Era imposible, mi mente lloraba lágrimas de emoción y no dejaba de pensar en si debería o no acercarme a ella.

Empecé a sentir nuevamente movilidad en los brazos y piernas, a la par que sentía como mis mejillas se sonrojaban y los ojos se me cerraban por el abultamiento de estas,

Era… era algo tan sublime, que inconscientemente caminé los 10 pasos a mi hogar casi bailando, y tarareando.

Llegué a mi casa y me recosté sobre el sillón de la sala aspirando el aire húmedo, y suspiré, ¡ah!, no podía ser verdad, estaba ahí, tan cerca de mí que el recuerdo se personificó en ese mismo instante.

Ella apareció frente mío tendiéndome una mano y acariciando mi rostro que aún no dejaba de sonreír.

Era todo lo que había anhelado durante tanto tiempo, pero tenía un problema, Cristel me conoció una noche, una fría y clara de abril, ¿se acordaría de mí?…

 

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2 respuestas

  1. Fernando, este es tu relato más romántico a la fecha.
    No hay palabras para describir las emociones que se interpretan de un niño adolescente que se enamora del amor, sus emociones conmueven y son muy fuertes. Casi me recuerdan a mi primer amor del colegio.
    Espero con ansias la parte 2.
    Este es de tus mejores relatos.

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