OJOS DE CRISTAL | Parte 2

OJOS DE CRISTAL | Parte 2

Cristel, bello nombre que hacía referencia a lo brillante de sus ojos negros como el café, brillantes como el cristal.

Simplemente era la mirada de un ángel.

La tarde del 16 de abril de 1973, Cristel fue a visitar a Martha, una amiga del colegio, con la que se llevaban más que bien. Eran muy buenas amigas.

Ella salió temprano y almorzó fugazmente, tomó un taxi y fue de inmediato a casa de Martha, donde ella le entregó un sobre color rosa y púrpura.

Al abrirlo, observó que era la invitación que llevaba esperando mucho tiempo: la fiesta de quince años de Erica.

No podía perderse esa fiesta. Era la primera vez que Cristel era invitada a una reunión de ese tipo, así que corriendo fue al teléfono y llamó a casa, a su mamá, para pedir permiso.

Fue inevitable sonreír al escuchar la emocionada voz de su hija y, sin mucho rodeo, decidió darle permiso.

Las chicas acabaron la tarea, como todo joven con ganas de salir a la calle, por ese sentimiento de andar por la ciudad sin destino definido aplanando calles.

Era una simple tarea de álgebra y, una vez arregladas las mochilas y lustrados los zapatos, eligieron la ropa que usarían esa noche, se alistaron y enrumbaron.

Besos iban y venían en la fiesta, mientras Martha presentaba a Cristel a todos sus amigos.

Luego de la sesión de presentación social, las amigas tomaron asiento en unas sillas ubicadas en una esquina.

Martha le contó a Cristel cómo es que Erica se volvió amiga suya. Para ser honesto, a Cristel le aburrían esas historias de alta sociedad.

Se sentía rara en medio de toda esa gente extraña y desconocida.

La fiesta no fue nada extraordinario, excepto por el derroche de dinero en comida y tragos que llevaron a más de uno a perder la cabeza y la cordura.

Ella no entendía muy bien el sentido de una fiesta de ese tamaño, era todo realmente tan monótono, que ni siquiera se le antojaba bailar.

Cristel no esperaba la hora en que todo el mundo cayera cansado, de hambre o por efectos del alcohol y Martha decidiese llamar a su mamá para que las recojan.

Esa angustia fue aplacada cuando, de repente, entró un joven alto por la puerta más oscura del local.

Era un chico camuflado tras una larga cabellera que le cubría parte del rostro, vestía un traje que delataba la misma apatía de Cristel.

Su mirada perdida, su forma de andar, él, al igual que ella, parecía sentirse en el lugar incorrecto en el momento inadecuado.

Aquel joven, era yo, nervioso hasta más no poder y con ánimos de no quedarme en la fiesta.

De mucho miedo me acerqué a ella y pregunté si podía tomar asiento al lado suyo, Cristel asintió con la cabeza, y yo tomé posesión al lado derecho de la bellísima Cristel.

– Disculpa, no quisiera sonar atrevido, pero… ¿me podrías decir cómo te llamas? -le dije.

A lo que sonrojada respondió en voz muy baja:

– Cristel- dijo sonrojada y en voz baja.

Ese nombre entró en mis oídos como un dardo y se asentó en mi cerebro, profundizó su imagen en lo más hondo de mi alma y me hizo fijarme en un detalle que no había observado anteriormente:

Su mirada, ¡qué mirada tan profunda!, sus ojos, ¡qué bellos!, ¡qué perfectos!, su simetría, su pureza, ¡qué perfecta armonía!, caí hipnotizado en esa mirada suya.

Indescriptible: así podría resumir esa mirada tan bella.

Me sentía más que avergonzado de no poder quitarle la vista de encima a ella; pero, ahí seguía: perdido en ese infinito mar de ébano y marfil.

Haciendo un esfuerzo, más que grande, cerré los ojos e inmediatamente me sentí en la necesidad de abrirlos, no podía privarme de ver tan hermosa mirada.

Ella se había convertido, en ese preciso momento, en la droga que el resto de mi vida quería consumir, era ella, sólo ella y nadie más que ella.

Era su voz, su cuerpo, sus manos, sus piernas, su delgada silueta y sus ojos. Era ella, si estuviera repartida no sería la misma, era la composición perfecta de su piel canela y esos labios rojos.

Sus cabellos, como serpenteantes columnas de humo, y sus ojos, como dos zafiros estrella negros, hacían que este servidor mantuviera fija la atención en ella.

Sentados, entablé una charla que al final resultó amena. Cristel era muy inteligente y armándome de valor le ofrecí para salir a bailar.

Bailamos hasta que las piernas nos dolieron. Fue muy gracioso, yo no era un gran bailarín; pero ese día, para ser más preciso, esa noche, bailé como nunca.

Me sentía tan bien al lado de Cristel que olvidé mencionar mi nombre, así que, después de bailar, cuando volvimos a sentarnos, me acerqué a ella y, en un tono muy suave, le susurré a su oído:

– Mi nombre es Alonso, Alonso Quijano.

No lo podía creer, estaba hablando con la chica perfecta, sin trabas, sin vergüenzas, sin ningún tipo de censura en mi habla, ella me inspiraba, me hipnotizaba, pero, ni siquiera fue su presencia: fueron sus ojos.

Dios mío, ¡sus ojos!, eso era lo que ella tenía, eran esos ojos los que me mantenían atado en una conexión inalámbrica a ella.

Me enamoré de sus ojos.

No lo podía entender lo que me pasaba, bloqueaba mi mirada, y no sentía más que una simple atracción por ella, pero, veía esos zafiros y simplemente no lo resistía.

Ella era más que todo lo que anteriormente hubiese visto en mi vida, ella era perfecta.

Todo eso recordé cuando volví a casa, cuando abrí la puerta y tiré las cosas en un rincón.

Tan pronto como me encontré tirado en el sillón de la sala, empezó a rondar en mi cabeza una pregunta, ¿Se acordaba Cristel de aquel Alonso que conoció en la fiesta de abril del 1973, hoy 12 de agosto de 1975?

Más alternativas negativas que positivas rondaban mi mente, me sentí un poco mal; pero, empecé a buscar los medios para poder verla.

Quería averiguar si era ella. No podía ser, una vez más, una quimera de mi desesperación.

Lo primero que hice, después de llegar a esa conclusión, fue armar un pequeño telescopio, uno de los tantos juguetes que nunca usaba y estaban tirados al fondo del armario.

Lo armé en mi cuarto, que estaba al lado de la ventana que daba directamente a la calle.

No tenía malas intenciones al querer espiarla; ¡tenía que corroborar que era ella!, la angustia era tremenda.

La casa de ella era simple, como la mía, de lo poco que podía ver desde la calle, era que había una ventana en el segundo piso, al costado de un balcón, que daba directamente a la calle y frente al mío.

La casa tenía paredes de color melón claro, el muro exterior era de color azul, uno muy particular. Lo más resaltante de toda la fachada era el arco y la puerta de cedro rojo, era una casa muy bonita.

Me percaté entonces que la luz del cuarto de al lado de la ventana, por las noches, permanecía encendida o, mejor dicho, la prendían.

Tras el tul, que cubría esa ventana, se observaba una silueta muy esbelta que se sentaba en un escritorio, bien iluminado.

No podía distinguir bien su rostro, ni siquiera con la ayuda del telescopio. Esa persona vivía prácticamente sin salir de su casa. Fue entonces que recordé que Cristel tenía dos años menos que yo.

Yo estaba ya en décimo grado y ella debía estar en octavo, el gran problema era que yo estudiaba por las mañanas y ella por las tardes.

Así que, cuando ella estaba; bueno, si estaba, se encontraría sumida en su labor escolar, sin ánimo de ocio.

Otra vez mis pensamientos tristes volvieron a abrazarme; pero, esta vez sin eliminar el interés por averiguar quién era la chica que vivía en la casa de Rué Jeadux 141.

Casi podía jurar que era Cristel la chica que vivía frente a mi nueva casa, pero, no existía rastro de ella.

Llevaba un mes sin poder verla. Seguía buscando el método de identificar el rostro de la chica del segundo piso; pero, ¿qué más podía hacer?

La sombra en el tul era la más nítida de las sombras; pero, no podía observar nada más que su delgada silueta y el contorno de su espalda mientras se sentaba en su escritorio por las noches.

Me moría de ganas de abrir esa ventana y descubrir al ángel que vivía ahí, era tan semejante a Cristel, que solo podía ser ella, ese aroma, esa silueta, ¡debía ser ella!

 

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2 respuestas

  1. Fernando… dinos qué sí era Cristel!!!
    La segunda parte, aunque menos intensa que la primera, aun dan ganas de torpedear a Alonso directo por la ventana de la casa de -la aun probable- Cristel.
    Qué haya parte 3 ASAP!!!
    Muy bien escrito!!!

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