OJOS DE CRISTAL | PARTE 3

OJOS DE CRISTAL | PARTE 3

La mañana del 14 de julio de 1974 fue el peor día de la vida de Cristel.

Amaneció, con el ya clásico y radiante sol de Rosetown, pero ella no lo pudo ver, simple y sencillamente no pudo ver nada.

Cuando despertó, Cristel encontró un velo gris que cubrió de oscuridad el océano infinito de ébano y marfil de sus ojos.

Sus bellos ojos, color zafiro estrella, habían desaparecido, se habían borrado. No eran ni la sombra de lo que fueron.

Cristel no acababa de creer lo que oía, su madre no paraba de llorar y su padre con el teléfono en la mano llamando a todos los médicos del pequeño pueblo.

La escena era angustiante. Todos los médicos convergiendo en la casa de la familia Durant, Cristel siendo observada, revisada y comentada.

Los absortos médicos miraban sus, ahora, grises ojos y discutían las causas de aquella rara situación.

Cristel perdió las ganas de vivir en ese mismo instante.

No quería saber nada del mundo, ¡para que si se había borrado para ella!, no había más luz, más días, más colores, más formas, todo, absolutamente todo, era gris.

La tristeza llenó su alma y nunca más volvió a sonreír, era triste ver su terso rostro dibujando una curva convexa, triste.

Mirar esos ojos grises, vacíos e irreflexivos, que no podían expresar más que una profunda depresión, era una tortura para sus padres.

Ella sufría mucho, y la pena que sentía Cristel no pasaba en ninguna circunstancia: Todo en Rosetown le resultaba triste.

Las cosas siguieron su debacle hasta el día en que finalmente aceptó salir a pasear con su madre por la costa infinita del mar de Rosetown.

Fue en aquel paseo que, por primera vez, Cristel empezó a alzar las mejillas y mostrar aquella perfecta sonrisa blanco-perla, ¡estaba sonriendo!, después de tanto tiempo lo estaba haciendo.

Su madre observó esa tan sutil y bella sonrisa que casi lloró mirando a su pequeña hija, su pequeña Cristel sonriendo y bailando en la arena de la playa.

Mientras ella daba vueltas, sus negros cabellos se alzaban en el aire y sus pulmones se llenaban de vida. Era tan lindo verla alegre.

La madre de Cristel entendió que, si su hija era feliz cerca al mar, era ahí donde debía vivir.

Emprendió entonces la búsqueda de una casa en una zona tranquila y que, sobre todo, este cerca del mar, aquel mar que le robaba sonrisas y suspiros, aquel mar que le devolvió la vida.

Rué Jeadux era una callecita calma, que daba directamente a la playa.

La calle estaba llena de los sonidos y aromas del infinito océano de Rosetown, así que, sin poca calma, fue en búsqueda de una casa en esta pacífica vía.

Lo mágico que Cristel hallaba en la playa Cero, era la posibilidad de ver el mar en medio de su ceguera, era el poder imaginarlo tan fuerte que podía sentir que veía esa infinita playa de arenas grises.

Después de mucho buscar, Cristel y su familia se instaló en la casita de Rué Jeadux 141; era una casa simple y bonita, casi como la mía, dos cuartos, un balcón, una salita y una pequeña cochera.

Afuera estaba pintada de color azul marino y, con el umbral de cedro rojo, daba la sensación de estar entrando a su antiguo hogar.

El cuarto de Cristel quedaba en el segundo piso de la casa, al lado de la ventana que daba a la calle; pero, por más bella que fuese la residencia ella sólo podía imaginarla.

Cristel salió del colegio y empezó a recibir clases particulares por una maestra que le enseñó lectura Braile, para empezar. Las enseñanzas de su maestra le ayudaron a reorientarse en la vida, en su vida.

Ya no parecía estar triste todo el día; pero, por las noches, siempre se ponía a pensar en ella, en su vida, y en tantas cosas que pasaron a lo largo de esta.

Cayó en cuenta que ella no había sido amada por nadie, todas las personas a las que conoció fueron atraídas por su físico o tal vez por su entorno social, pero nunca por quien realmente era.

Se preguntaba si es que ahora que ella era ciega y nadie podía adular sus bellos ojos, sus amigos y toda la gente del colegio, la mirarían y tratarían de la misma manera.

En medio de las noches de insomnio, una pregunta rondó por su cabeza. Sentada en el escritorio de su cuarto, pensando sobre el amor, la rabia, la fuerza y tantas cosas, empezó a recordar a un joven.

Ese chico de cabellos negros que hacía algún tiempo conoció y con quien, realmente, se sintió cómoda.

– ¡Qué boba!, ¿cómo no le pregunté su dirección o el teléfono de su casa? -se repetía una y otra vez.

Cristel tenía muy clara la imagen de Alonso, sí, Alonso se llamaba.

En ese momento ella lo recordó queriendo abordarla en la charla. Era muy gracioso verlo sonrojado e hipnotizado con ella.

Una cosa interesante que encontraba en él era su profunda mirada, era extraño conocer a alguien que no se interesara por mirarle el cuerpo o bailar pegado a ella, sino, nada más en juntar su mirada a la suya.

Aquel respeto fue un lindo detalle que Alonso tuvo para con ella y, a decir verdad, hizo que en Cristel surja una pequeña atracción a él, pequeña, casi insignificante.

La noche del 18 de agosto de 1974 creó en ella la necesidad de aferrarse a ese recuerdo, era más que imposible que vuelva a ver a ese joven de acento medio raro y mirada profunda.

Se propuso amarlo y a hacer crecer un sentimiento de amor hacia aquel recuerdo con todas sus fuerzas, con toda su pasión.

Aprendió entonces a querer una idea, una idea llamada Alonso Quijano, el único muchacho que realmente la hizo sentir como una dama.

La vida juega con nuestras vidas como le da la gana y, si nosotros intentamos predecir nuestro futuro, la vida se esmera en cambiarlo.

El amor es una disciplina inexacta: sabe de dónde viene, pero no tiene ni la menor idea de hacia dónde va.

Cristel fluía todas las noches en pensamientos abstractos como estos para definir quién realmente era en el universo.

Se dio cuenta que Alonso, bueno, que el recuerdo de Alonso era como una droga para ella, la mantenía despierta por las noche y le daba ánimo en el día.

Se dio cuenta que se había enamorado de alguien que nunca más pasaría por su vida.

Ahora, ¿cómo definimos nunca?

Para Cristel, el nunca se circunscribía a un doloroso condicional físico y no sentimental; ya que, incluso si no volviera a verlo, él y su estampa vivían en su corazón.

El hecho de creer que nunca volvería a verlo desapareció el día que ella cumplía un año en las tinieblas, para ser exacto, después de la siesta, porque fue cuando se percató de la llegada un camión de carga.

Era la mudanza de lo que parecía una familia pequeña en la que oyó una voz que recordaba más que clara, más que si la hubiese escuchado todos los días de su vida, era la voz de Alonso Quijano.

No lo podía creer, era él, era su voz, no podía reconocer su aroma, pero era su voz, su áspera, profunda y a la vez tan romántica.

Alonso estaba ahí, frente suyo, cruzando la calle. Él estaba en aquella casa.

Una emoción inmensa llenó su alma y nuevamente se delineó, en su suave y terso rostro pálido, una sonrisa y se sentó en su escritorio.

Desde el momento en que se dio cuenta que Alonso vivía al frente de su casa, decidió dejar de salir la calle y evitar en la medida de lo posible acercarse a él.

Lo amaba, es cierto, pero no podía estar cerca suyo, no sabía por qué; pero, tenía vergüenza de lo que se había convertido: sus ojos y el hecho de tener que usar bastón hizo que ella autocensure y bloquee.

Ella no podía alejarse del mar, era su mejor amiga, era su segunda casa y el lugar donde Cristel se sentía ella misma, y aún así no podía salir a ser la burla de todos.

Decidió pues que si es que tenía que reunirse con la mar sería…

 

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2 respuestas

  1. Fernando!!!
    Quiero parte 4, ya!!!
    Lamento la demora con la que llega este comentario, el ajetreo de la semana no ha sido bonito, pero el programa de Debatible de anoche me hizo proponerme darme tiempo para leer y comentar.
    La manera en que prosigue la historia es muy cautivadora, no puedo esperar el feliz desenlace de esta historia de amor.
    Ver a Cristel ciega y algo deprimida, tomando a la esperanza poe el meñique y Alonso… dame un final adecuado!!!
    Espero la parte 4. No me decepciones.

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