OJOS DE CRISTAL | FINAL

OJOS DE CRISTAL | FINAL

Ya era más de un mes de estar observándola, convenciéndome cada día más de que era Cristel la chica que vivía al frente, en la casa de Rué Jeadux 141.

Había un pequeño detalle que no dejaba de intrigarme. De aquella casa, todas las noches, salía con destino a la playa una mujer con una capa blanca que le cubría de la sien hasta los tobillos.

Ese ser usaba un bastón largo y gris, era raro, ¿quién saldría a esa hora con ruta a la playa?

Esa no era la única coincidencia. Cada vez que se apagaba la luz de la habitación del segundo piso bajaba esa misteriosa persona. Empecé a sospechar que era la madre de Cristel.

Quise corroborarlo, así que empecé a registrar el camino que seguía esa enigmática mujer.

Todas las noches salía a la misma hora y recorría nuestra calle, hasta perderse en la curva del malecón, desde donde se podía bajar a la playa.

– Debo ir -pensé en aquel momento.

No soportaba estar un día más sin descubrir quién realmente era ella.

La noche siguiente me escapé, deslicé mi cuerpo por la casa con absoluto sigilo para no despertar a mis padres y salí por la puerta grande con ayuda de las llaves que tomé del bolso de mi madre.

Salí antes de que bajase la mujer. Fui completamente vestido de negro a sentarme en una de la bancas del malecón.

“La espera, desespera”, es un dicho más que cierto y cada segundo que transcurría parecía ser una año de ansiedad. No soportaba la espera para descubrir a la dama de blanco en su paseo nocturno.

Se me ocurrió la genialidad de no verla directamente, sino, tomarle una foto con mi Polaroid y observarla al llegar a la tranquilidad de mi casa.

En efecto fue lo que hice, a las once con cincuenta y nueve de aquella noche, la dama de blanco paso por mi lado, tomé la foto y empecé a caminar en dirección contraria a la de ella.

No la vi; pero, al cruzarnos, sentí en el aire un aroma a flores que sólo había percibido anteriormente en el cabello de… Cristel.

Algo no cuadraba, aquella persona con la que me crucé era invidente, el bastón, era un bastón blanco… pero Cristel no era ciega, ¿cómo se explicaba el bastón?

Era extraño, olía a ella, tenía su altura; pero, la mística y ese bendito bastón no cuadraba en la ecuación.

Luego de distanciarme unos metros de ella, emprendí carrera a casa.

Abrí la puerta, con mucho cuidado, y entré a mi cuarto. Saqué la foto que llevaba en mi bolsillo, la coloqué bocabajo en mi velador y me acosté, fue una noche intensa.

A la mañana siguiente bajé a desayunar sin ánimo y a la vez con mucho miedo de observar la foto, no sabía qué pensar.

Todo era tan confuso que no sabía que creer, únicamente esa foto sería capaz de mostrarme quién era la dama blanca.

Voy a ser honesto, me acerqué con mucho miedo a mi escritorio, cogí la foto y me acosté. Me moría de miedo de averiguar quién era la dama blanca.

Al voltear la foto quedé pasmado con lo que vi.

El velo cubría la mitad del rostro de la dama blanca que era… Cristel.

Estaba profundamente cambiada, se miraba un vacío tan profundo en ella que me aterroricé y creí estar viendo un fantasma.

Su piel canela estaba pálida como la luna, sus cabellos negros estaban más oscuros que nunca; pero sus ojos, ¡Dios, que miedo! ¡Qué le pasó a mi bella Cristel!

¿Cómo es que sus preciosos ojos negros se convirtieran en eso?, ¡¿Qué era realmente eso?!, ¿Tenía cura? No lo sabía.

Caí de espaldas sobre mi cama y lloré tanto, que no volví a abrir los ojos hasta muy entrada la tarde, mi madre no estaba en la casa, así que no se alarmó por mi ausencia ese 16 de septiembre que jamás olvidaré.

No era ella, no podía ser ella. La Cristel que yo conocí en abril del 73, no podía ser ella… sus ojos, ¡Dios mío!

¿Dónde estaban sus bellos ojos de noche despejada, negros como zafiros, el más puro ébano!, ¿dónde estaban sus ojos?

Buscaba una respuesta y no la hallaba.

Bajé a la sala y le dejé una nota a mamá diciendo que me había ido a acostar temprano, y en efecto llegué a mi cama a las siete de la noche y caí privado, en un sueño que cambió del todo mi manera de pensar.

Cristel se me apareció y me dijo:

– ¿Por qué te alejas de mí?, ¿Es que acaso no me amas?

Fue entonces cuando me di cuenta de que los ojos de Cristel eran un detalle; pero, lo que realmente había aprendido a amar no eran sus ojos, sino, que había aprendido a amarla a ella.

Aprendí a amar a la persona que existía dentro de la otrora piel canela de Cristel.

Lamento tener que decirlo, pero en aquel instante, no pude obtener el valor suficiente para hablar con ella, me ataban ciertas ideas, estúpidas.

Me ataban a la incapacidad de romper mis parámetros. No fui capaz de salir durante tres días de mi casa; o sea, iba al colegio, pero de ahí más nada de nada.

– Déjate de tonterías, anda y háblale -me dije la tercera noche de mi luto.

Afrontando todos mis miedos, olvidando el ego y llevando conmigo un corazón ciego y una rosa roja, con un tallo verde y sin espinas, bajé poco antes de la media noche y llegué a la playa.

Me senté en la fría y húmeda arena esperando a Cristel, bueno, a la dama blanca, la esperé y me extrañó el hecho de que no llegase.

A las dos y media de la mañana, medio adormecido, triste y desesperanzado, volví a mi casa y me quedé dormido en mi balcón.

Estaba en mi puesto de guardia, cuando cerca de las 6 de la mañana escuché un ruido al frente. Era la dama blanca regresando a casa.

Me di cuenta de que ella había cambiado su itinerario desde nuestro encuentro y que estaba yendo a la playa muy temprano por la mañana,

Esa era la noche, volví a cortar una rosa y, a las 4 de la mañana, caminé al malecón de la playa cero, sin hacer el menor ruido.

Frente a mí pasó la bella Cristel, cubierta como siempre por su capa blanca, parecía un ángel deslizándose por el suelo.

Saber que efectivamente era ella quién se guiaba por un bastón me carcomía el alma. Tenía mil preguntas; pero, tenía aún más ganas de abrazarla y preguntarle si alguna vez pensó en mí.

Al llegar, tomó asiento en la arena de la playa ubicada bajo el peñasco sobre el que estaba el malecón.

Ver desde las rocas su delicado cuerpo y sus oscuros cabellos perderse en la noche disolviéndose, era casi mágico; pero, a la vez doloroso.

Lloré un largo rato, hasta que pude reincorporarme.

Cerca de las 5 de la mañana, decidí bajar a la playa y hablarle, decirle quién era yo, presentarme y esperar que ella se acuerde de mí.

Cuando toqué la arena, me percaté que ella empezaba a levantarse de un profundo sueño. Me acerqué, cuando de pronto oí:

– ¿Quién anda ahí?

Tan claro, tan propio de ella, era Cristel quien preguntaba, a lo que respondí:

– Soy Alonso Quijano… ¿Te acuerdas de mí? -ella enmudeció

En un movimiento ocultó su rostro con una mano.

– ¿Qué haces aquí?, no son horas de estar en la playa…

Cristel continuó ocultando el rostro, con una visible incomodidad.

– Cristel, sé que nos hemos visto una sola vez en la vida; pero, quería decirte que, desde aquella noche, única y exclusivamente pienso en ti.

Al principio, te juro que sentí que era un gusto; pero, me hipnotizaste, me dejaste cautivado… me enamoré y te amé desde el momento en que te vi.

Cristel, eres la chica más bella del universo, aquella con la que sueño, quédate a mi lado por siempre, estoy a disposición de tu voluntad, me declaro hoy un eterno vasallo tuyo.

Ella no sabía qué decir, ¿era, acaso, un sueño? Ella había pasado por el mismo camino.

– Alonso, no tienes idea cuánto he esperado para decirte esto, es cierto, yo también he pensado mucho en ti; pero, mírame, no soy más esa princesa.

Soy una muchacha ciega. No puedo ver el amanecer, el rostro de mis padres envejeciendo, no puedo verme, no soy más la chica de alegre sonrisa, pues un velo gris me impide sonreír.

Sólo me siento bien pensando en el mar y… en ti.

Pasmado respondí:

– Siempre supe que la chica de capa blanca eras tú, y tus ojos zafiros, ese infinito mar de ébano y marfil no se fueron a ninguna parte, se quedaron en lo más profundo de mi alma.

No son tus ojos, no es tu cuerpo, eres tú de quien me enamoré, sí, ¡quiero afrontar los retos y desafíos de la vida! pero a tu lado.

Sin ti soy incapaz de lograrlo, quédate conmigo, seamos uno.

Quiero ser tus ojos y tu sonrisa quiero ser sol que ilumine tu alma y brisa que refresque tus mares, te amo.

El sol empezó a izarse en Rosetown por el mar, y sus primeros rayos nos cubrieron a Cristel y a mí, cuando la vi fijamente, estábamos los dos parados en la orilla de la playa.

Acaricié sus cabellos negros como la noche que huía, y le susurré:

– Seré tus ojos y todo lo que me permitas, te amo.

Y acariciando su mejilla la besé.

Las primeras luces del alba nos cobijaron, como si el destino nos otorgara permiso para escribir juntos, en la arena húmeda, un nombre doble: Alonso y Cristel.

 

Fin.

 

Pd: Esta historia fue escrita a finales de 2008 en la ciudad de Pucallpa por un escolar enamorado y bastante intenso: yo.

 

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2 respuestas

  1. Fernando!!! Perdona lo tardío que llega mi comentario.
    No pensé que escribirías un relato de romance de este nivel.
    Es díficil decidir a quién de los dos quiero abrazar: si a ese muchacho enamorado de corazón o si a la chica que terminó ciega y en su oscuridad encontró el amor.
    No tengo miedo de admitir que es tu mejor relato romántico hasta el momento y he disfrutado cada parte con mucho placer.
    Felicitaciones Fernando!!!

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