ENTRE PULPOS Y VACAS

ENTRE PULPOS Y VACAS

Y ahí estaban los dos, sentados frente a unos platos con pulpos y vacas, a punto de tener una conversación que Gonzalo no esperaba.

Andrea y Gonzalo se sentaban uno al lado del otro después de un año, dos meses y doce días, equivalentes a 439 días o sesenta y dos semanas y cinco días.

Mucho tiempo, para dos personas que se guardan cariño; pero, para quienes sus personalidades siempre habían representado una gran barrera.

Sentados frente a sus respectivos platos, Andrea preguntó cuatro veces: “entonces, ¿cómo te va?”.

Gonzalo no entendía la redundancia, respondió de muchas maneras.

Habló desde el plano laboral, desde sus nuevos proyectos, desde el plano sentimental y para la última vez ya no sabía qué más decirle así que solo dijo:

– Estoy bien.

Con una honda bocanada, y un posterior suspiro, Andrea empezó una densa conversación.

– Bueno, creo que es momento de decirte porque no te he hablado en todo este tiempo…

Gonzalo la miró con desconcierto y sonrió.

O sea, sí, no habían hablado con fluidez en el ultimo año (más IGV); pero, no le resultaba del todo raro.

Andrea era una mujer particularísima. Inteligente, guapa, con mucho estilo y, sobre todo, radicalmente correcta.

Gonzalo, por su parte, era un tipo radicalmente incorrecto, con un estilo bastante ecléctico, guapo e inteligente.

Claramente sus puntos en común era lo que generaba esa extraña atracción por la que Andrea no podía mandar al tacho a ese muchacho que conoció cuando se le coló en su fiesta hacía más de diez años.

Era su némesis política; pero, no filosófica. Su némesis en formas; pero, no en pasión. Era la perfecta versión opuesta de ella en sus fondos; pero, había una profunda admiración de su argumentación.

Para ella, él era ese ser que no elegiría conocer nuevamente; pero, que quería con locura en su corazón.

Por su parte, Gonzalo era un tipo distraído. Cuando Andrea le dijo que en un año no habían hablado, él pensó.

– Ni cagando… pero si nos hemos mandado reels y, en su más reciente viaje, he conversado con ella y le he comentado publicaciones, ¿dónde está el dichoso año?

Con la firmeza que le caracterizaba, Andrea empezó a recordar que Gonzalo tuvo una poco caballerosa descortesía con ella.

Para él fue un segundo viaje en el tiempo.

Había que recordar el momento, la situación; pero, sobre todo las circunstancias en las que se dio.

Por los perfiles antes descritos, no es difícil de creer que esta no era su primera charla con ese perfil en diez años.

Era la cuarta o quinta y siempre por temas relacionados a imprudencias, malas formas o ideas que Gonzalo buscaba imponer de manera natural.

Claro, naturalmente resultaba incómodo; pero, tarde lo entendió y tarde enmendó las cosas con muchas personas.

Las lecciones de la vida, cuando no estamos dispuestos a ser maleables, terminan pasando facturas caras como trabajos perdidos, relaciones deshechas o simple pérdida de tiempo.

Mucha gente no asume este último factor como algo crucial; pero, al final todo en la vida se reduce al tiempo que te toma conseguir lo anhelado.

– Pero yo no pago con tiempo, pago con dinero…

Ese es un pensamiento recurrente en las personas que no encuentran en la pérdida de tiempo una pérdida irreparable.

Sucede que el dinero es fruto del trabajo y, el trabajo es la aplicación de tu tiempo para determinada tarea.

Así, el dinero es tiempo cuantificado o convertido en un instrumento de cambio aceptado por todos.

– Señora, ¿a cómo está la hamburguesa?

– A media hora especializada, joven.

Eso jamás ha pasado; pero esos diez o veinte soles son eso, la representación de tu tiempo invertido en determinada labor.

Andrea era muy consciente de ello y siempre buscaba alejarse de las pérdidas de tiempo.

Ella sabía lo que el tiempo valía y no permitía que nada ni nadie se lo arrebatase, ello incluía a Gonzalo.

Luego de plantear sus argumentos, Gonzalo recordó las circunstancias; pero, a diferencia de ocasiones anteriores, no buscó justificarse.

– Lo siento, no supe manejar mis emociones y reaccioné mal contigo, lo siento Dre

Con una sonrisa, Andrea quedó sorprendida de la actitud de Gonzalo.

Ella estaba lista para escuchar media hora de contra argumentos que definan su queja en una niñería, una tontería o simplemente nada.

Escuchar un mea culpa sin justificaciones, peros o alguna otra excusa para lo hecho, fue un gesto que agradeció desde el fondo de su corazón.

Aparentemente el tiempo también había hecho lo propio en él y lo agradecía.

Los pulpos y las vacas desaparecieron de los platos, bueno, ya quedaba poco al iniciar el anecdotario; pero, no quedaba nada para cuando terminó.

La conversación fluyó mucho después de las disculpas, las asunciones de responsabilidad y las reconciliaciones.

Gonzalo miraba a Andrea como aquella chica que conoció de la nada, con la que empezó a hablar de la nada y con la que disfrutaba discutir, de todo y de nada.

Claro, ya no era la pequeña niña que conoció.

Era ahora una mujer profesional, con mundo y aún más antojos y gustos que cuando se vieron por vez primera.

No era ella en forma; pero, en el fondo, seguía latiendo ese corazón de pollo, noble y tierno que cuidaba como una fiera, con esa actitud de femme fatale.

El tiempo fue tirano y corrió. Cuando se percataron del reloj, ella estaba a quince minutos de una importante reunión de trabajo y él de ir a la oficina a terminar el trabajo acumulado de la semana.

A bordo de su motocicleta, Gonzalo dejó a Andrea en la oficina y se despidió de ella con una sonrisa.

– Delicioso almuerzo, Dre

– Muy rico todo, Gonza -respondió.

– No te desaparezcas mucho tiempo, pues -dijo Gonzalo.

– No hagas tonterías, pues -replicó Andrea- ¿podrás?

– Haré lo posible -afirmó Gonzalo.

– Entonces, estamos en contacto -finalizó con una sonrisa.

Manejando a la oficina, Gonzalo no dejaba de sonreír, no sabía si fueron los pulpos, las vacas o los años, los que les regalaron ese momento; pero, sentía la inmensa necesidad de agradecer a todos y a todo por él.

3 respuestas

  1. Fernando, a lo largo de tus columnas has expuesto el eros y agape en multitud de ocasiones; pero nunca has expuesto el philia de una manera tan sencilla y profunda a la vez como esta.
    No hizo falta que contaras qué le hizo Gonzalo a Andrea, pero retrataste las emociones de ambos con mucha sencillez. Me encantó.
    Esto no necesita calificación. Amé esta columna

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