Después de hacer el amor con Joaquín, Lucía se quedó mirando al techo de aquella habitación que tantas veces había visto antes, de aquel lugar donde tantas veces fue parcialmente feliz.
Era el mismo lugar, el mismo cómplice, las mismas sábanas y la misma culpa ¿O quizá no? Quizá esta vez más que culpa había decepción en sus ojos.
Era complejo para Lucía disfrutar de aquel momento, de aquella decisión.
Joaquín era un tipo entrado en sus treintas, un romántico empedernido y un ferviente devoto de Lucía. Se conocían más tiempo del que ambos quisieran admitir.
Él amaba a Lucía, Lucía amaba la idea de estar con él.
Luego de casi cinco años de relación, Lucía cortó por segunda vez con Joaquín a la voz de “esto no da para más”.
Joaquín recibió la noticia como una notificación de atraso en el pago del mes, incomoda, pero que no sorprende cuando ya sabes cómo funciona la empresa donde trabajas o la mujer a la que amas.
Joaquín estuvo junto a Lucía en todos los estados de la materia y la vio florecer, acompañó su formación profesional, personal y emocional desde sus intrincadas raíces hasta sus primeras flores y frutos.
Lo que Joaquín nunca notó es que más que una pareja, él era para Lucía un mentor, un guía… era su complejo de Electra.
Lucía se sentó en la cama y dijo: “Ay Joaquín, esto no debió pasar”.
El extasiado Joaquín tuvo que emprender el viaje de vuelta de Saturno a la Tierra en caída libre.
Esa combinación de palabras sólo significaba una cosa, se venía al menos dos horas de tertulia entre el “esto no debió pasar”, “ya lo hemos hablado antes”, “esto no está bien”, “sabes que esto es malo” y su favorita “entre nosotros ya no hay nada por rescatar”.
Era muy difícil para Joaquín entender que entre ellos no había nada por rescatar cuando, hacía tan solo minutos, ambos vivieron un frenesí caníbal de inspiraciones profundas, mordiscos y rasguños.
Viéndola desnuda a su lado, recostada, como tantas otras veces jugando con los ojos entre sus ojos y la nada, Joaquín pensó en lo difícil que se había vuelto la situación.
La ruptura con Lucía había sido, como dicen en estos tiempos, su evento canónico.
El romántico más empalagoso de la ciudad recibió de vuelta la esmeralda que entregó como señal del compromiso que propuso a quien se suponía era la mujer de su vida. La vida se paralizó.
Era la segunda ruptura con el amor de su vida; la primera ruptura de un compromiso matrimonial y la última vez miraría con inocencia a Lucía.
Las semanas posteriores a la ruptura fueron extrañas, Joaquín decidió respetar la decisión de Lucía, a diferencia de la primera vez que ella rompió con él y, en medio de la hecatombe, al romántico se le ocurrió desplegar una red de contactos para saber de la prófuga; a la par que decidía dar un golpe bajo a través de una canción que los exponía de la única manera en la que Lucía podría sentir el gancho, desde la Fe.
En el silencio de las tardes vacías y las mañanas tristes, Joaquín pensaba en los errores cometidos a lo largo de los años, en las heridas provocadas y en las recibidas por parte de su otrora amada.
En esos días taciturnos, Joaquín se mordía la lengua y los dedos para no regresar implorando una reconsideración, un perdón innecesario, una oportunidad más de humillarse.
A pesar de este silencio, Lucía agarró la costumbre de aparecer como un eclipse mensual donde por cuatro días descubría en Joaquín al amor de su vida, al padre de sus futuros hijos, al modelo de hombre al cual aspiraba… y Joaquín le creía, o elegía creerle.
Era irónico que dudara de cada vez que Lucía lo mandaba al carajo; pero, creía ciegamente en cada una de sus efímeras palabras de amor.
Meses pasaron en ese nefasto devenir hasta que Joaquín decidió iniciar el abordaje de la situación, buscándola, pretendiéndola, presentándose de manera espontánea en busca del amor que alguna vez creyó ver en los ojos de Lucía.
Por su parte, la duquesa (como amablemente la habían apodado los amigos de Joaquín) sistemáticamente se encargó de dejarle en claro que no había nada que rescatar porque simplemente: “estamos en momentos distintos de la vida”.
Era extraño. Cuando Lucía quería buscar a Joaquín para hablar, besar u otros menesteres, él siempre estaba a la orden. Cuando Joaquín buscaba a Lucía para hablar, besar u otros menesteres, ella simplemente no estaba interesada.
Fue inevitable para Joaquín recordar escenas pasadas de los años en los que conoció a una joven Lucía quien, en su temprana coquetería natural, gustaba de bailar la nefasta danza del sí, pero no, pero quizá sí…
Recordó entonces una vez que hacía muchos años, Lucía y Joaquín se encontraban en la sala de su casa, descansando después de compartir un arduo debate sobre Marx y el capitalismo en América latina, cuando de pronto ella comenzó una serie de movimientos felinos de ronroneos, miradas y vellos hirsutos.
Ella se acercó a él y tomó asiento en sus piernas, lo acarició y comenzó a rozar con sus labios el cuello y orejas del compañero quién, atónito, no podía pensar en otra cosa más allá del hecho de que se trataba de un terrible error o confusión por parte de Lucía.
Las caricias fueron aumentando y Joaquín decidió sumarse al baile con sus manos que empezaron a recorrer la cintura y espalda de Lucía quien, complacida, seguía besando y susurrándole al oído cosas poco sutiles.
El momento era fulguroso, ardiente y pasionario. Era una mezcla perfecta de amor, deseo y ternura.
En cierto punto del baile, Joaquín intentó tomar la iniciativa y cambiar de paso. Lucía inmediatamente detuvo todo, abrió los ojos como luna llena y con esa mirada felina, profunda y café, colocando su índice en forma vertical sobre los labios de Joaquín dijo: “Yo estoy jugando, tú no”.
Los devenires recientes donde cuando ella buscaba sí y cuando él buscaba no, eran irónicamente similares a aquella declaratoria inmadura, controladora y absolutista que planteó Lucía a Joaquín tantos años atrás.
Recostados en la cama, Joaquín recordaba esa escena mientras Lucía seguía preguntándose ¿cuál era la diferencia entre estas recaídas y los encuentros casuales que tuvo en el periodo de ruptura de su canónica relación previa?, ¿qué la llevaba a los brazos y la cama de Joaquín?, ¿era algo diferente o era su tóxico patrón de conducta?
Mirando al techo, Lucía buscaba sus respuestas.
Mirando a Lucía, Joaquín se preparaba para el consomé de reclamos, culpas y vanas reafirmaciones sobre la incompatibilidad de ambos.
Joaquín no necesitaba escuchar todo ello una vez más, Lucía tenía que decirlo inevitablemente para expiar su alma borrascosa, inmadura e indecisa.
Mientras Lucía permanecía catatónica, Joaquín se paró de la cama sin vestirse y se asomó a un rincón de la habitación donde tomó su guitarra, la afinó y empezó a entonar la que esperaba sea la última canción que le dedicase.
Ella sonrió. Recordó porqué estaba ahí, desnuda y satisfecha.
Esa felicidad, esa seguridad, duró lo mismo que la canción y, después, volvió el alud de inseguridades y cuestionamientos sobre absolutamente cada aspecto relacionado con Joaquín.
Joaquín vio en el rostro de Lucía como se derrumbaba una vez más la emoción que él le generaba, apreció como el rostro de su amada se desdoblaba y convertía en el rostro de esa arpía que saboteó años de trabajo y cariño.
El discurso fue el esperado, el consomé estuvo espeso, las redundancias no faltaron y luego de tres horas, Joaquín y Lucía ya estaban vestidos y en dirección al palacio de la duquesa.
Al llegar, su excelencia no abrió inmediatamente la puerta.
– ¿Por qué no entras? – preguntó Joaquín.
– No lo sé, no me quiero ir – respondió Lucía.
Una contradicción más en la noche de los vaivenes.
Esta vez no hubo besos, sólo miradas que gritaban exactamente lo opuesto a lo que la boca decía.
– Entonces, ¿este es el adiós?, dijo Joaquín con lágrimas en los ojos.
Eran las cuatro y cincuenta de la mañana. Lucía respondió:
– Que te vaya bien Joaquín, buenas noches.
Cuando Lucía se disponía a cruzar el umbral del palacio, Joaquín la tomó por la mano y mirando fijamente a sus ojos dijo:
– Por favor, no vuelvas, no soporto una ola más en este mar de confusiones. Si por algún milagro tu corazón finalmente madura y cae en cuenta quién soy para ti, averigua si estoy libre; que, si lo estoy, muy probablemente quiera escribir un nuevo libro contigo.
Lucía no respondió, ni con la voz ni con la mirada. Joaquín se desilusionó aún más; pero, al final todos tenemos que trabajar con la realidad, con los hechos, con lo que genuinamente hay.
Joaquín entendió mejor que nunca que, por más esperanza, debía empezar el camino de la realidad si deseaba tener en algún momento algo más que los recuerdos del pasado o el anhelo del mañana, debía empezar a construir su presente.
4 respuestas
Muy bueno. Gracias !!
Ser o no ser esa es la cuestión, o optar por lo más fácil.
Bueno, no siempre se debe estar disponible para alguien que no se esfuerza en estar disponible para ti.
Fernando, qué ternura de historia de desamor que armaste!
Todos hemos pasado por ser Joaquín o Lucía: un hombre que no madura y acepta que «ahí no es» hasta que se da cuenta o una mujer que, al menos a mi parecer, es una verdadera arpía que busca su propio placer sin importar las heridas que deje. Ambos personajes resultan algo difíciles de leer, pero interpelan la manera de ser que tiene el lector.
Extrañé mucho leerte y qué bueno que sigues produciendo contenido de calidad.
Incalificable, muy bien escrito.