Después de una semana de mierda en el trabajo y el corazón, Arturo Sanjinez llegó a casa a darse al abandono un fin de semana más.
La vida pintaba en grises y la posibilidad de colorear no se encontraba activa en el menú de posibilidades.
Todo, todo el día, se trataba de una lucha constante con su síndrome del impostor y las decenas de idiotas que, de manera consecutiva, aparecían en los espacios que frecuentaba.
El abuelo del trovador Facundo Cabral decía que había que tenerle miedo a los boludos (idiotas) porque están estratégicamente distribuidos para encontrarte uno en cada lugar.
Decía Cabral, en dicha anécdota, que los boludos son demasiados, que es imposible combatir contra ese frente.
Bueno, de esos, Arturo tenía muchos y permanentemente luchaba inviables batallas de las que sólo salía golpeado, cansado y decepcionado de la vida.
Tras cumplir dieciocho horas en cama y sin haber recargado completamente sus energías, Arturo recibió una llamada telefónica.
Era su tío Sergio, estaba en el pueblo.
Arturo sabía que Sergio había llegado; pero, no se sentía con ganas de buscar a nadie.
– Sobrino, ¿cómo estás?
– Bien… -respondió, con desánimo.
– ¡Asu!… ¿bien?… bien jodido será, ¡ja, ja, ja!, vamos por unas chelas -propuso el tío Sergio.
Una cerveza heladita era lo que necesitaba para romper esa hibernación en la que estaba recluido por sus angustias.
Después de aceptar la invitación, tío y sobrino quedaron en encontrarse en un restobar que, a Sergio, le gustaba mucho.
Se trataba de un lugar que servían parrillas y cervezas artesanales, para qué, un buen lugar.
Cerca de las nueve de la noche, Arturo llegó hasta el hotel de Sergio para tomar un taxi e ir al restaurante.
Ya ahí, Sergio empezó a hablar, con la verborrea que lo caracteriza, y empezó a contarle sus nuevas aventuras.
Arturo no lograba enganchar con el mundo, ni aquella cerveza de arándano a cero grados lo consolaba.
Su mente estaba en cualquier lado menos ahí.
Sergio se dio cuenta de la situación y empezó a escudriñar.
– ¿Qué fue, sobrino?, ¿por qué andas ahuevado?
Cuando Arturo reaccionó, ya estaba con la pregunta en la cara y no pudo evadirla. Quiso decir que estaba bien, que todo ‘tranqui’; pero, Sergio no le creyó nada.
– ¿Qué tienes?
– Tío, no me siento bien.
– Eso es obvio, huevón, pero ¿qué tienes? -insistió Sergio.
– Hay demasiados imbéciles y siento que no avanzo.
Sergio esbozó una sonrisa.
– Sobrino, tienes que empezar a actuar como el perro cojudito…
Qué rayos era el perro cojudito, se preguntaba una y otra vez, antes de preguntarle, Sergio continuó.
– …cuando hay una jauría queriendo montarse a una perra, siempre hay perros grandes, muy grandes, medianos, pequeños y es un desmadre, todos contra todos ¿verdad?
Arturo empezó a recrear a la jauría en la mente y asintió con la cabeza pensando en esos perros.
– La cosa es que muchas veces, en esa pelea, la perra queda de un lado, son los idiotas esos que se quedan peleándose… ¿vale?… ¿quién sale ganando?
Encogido en sus hombros, Arturo respondió que no.
– Sale ganando el perro que se hizo el sonso, el que no entró a la pelea, el que andaba de cojudito, tirado en el suelo o a un lado y que, cuando la perrita se queda sola, ¡zaz!, ahí ves al perro cojudito montándose a la perrita; mientras, los idiotas siguen peleando.
Con el ceño fruncido, la mirada en el techo del restaurante y asintiendo involuntariamente con la cabeza, Arturo encontró alguna coherencia en la historia.
Definitivamente él formaba parte de una jauría que estaba peleando todo el día.
Él, desde su supuesta sapiencia y superioridad lógica e intelectual, vivía peleándose con todo su entorno.
Cuando escuchó la historia del perro cojudito, se preguntó cuál sería la perrita en su historia.
Como si le estuviera leyendo la mente, Sergio finalizó.
– Ojo, la perra de la historia es ese objetivo que quieres y que no alcanzas por estar peleándote con los demás perros de la jauría. ¿Qué es aquello que quieres y no has logrado?
Arturo lo tenía claro, la lista era larga: salud, estabilidad económica/emocional/personal, viajes… amor…
Con casi treinta años, Arturo tenía identificada a la perrita de la situación; pero, lo complicado empezó cuando tuvo que señalar a los otros perros de la jauría.
Cuando Sergio terminó su fábula, se sintió contento de ver a su sobrino tranquilo y pensando.
– Me jodiste -dijo Arturo con una sonrisa.
– También me jodieron a mí, sobrino; pero, desde que supe lo del perro cojudito lo apliqué como una ley de vida y mal no me ha ido, me estabilizó en el trabajo, me llevó a sacar adelante mi matrimonio, es decir, me acomodó todo.
La noche mejoró mucho después de la historia, las cervezas empezaron a entrar con el buen gusto que amerita una buena chela.
El tiempo pasó, llegó la una de la mañana y tío y sobrino volvieron al hotel para despedirse.
– Avísame con tiempo cuando vuelvas…
– Tranquilo, ya te estaré avisando.
Después de un sentido abrazo, cada uno siguió su camino; pero, Arturo llevó consigo en el corazón la historia del perro cojudito.
5 respuestas
El perro cojudito será mi nueva ley de vida jajsjsjsjs
Jajaja de la nada encontré una respuesta a todo este medio año caótico xdd. Directo a mi plantilla de visionboard
Fer, todos deberíamos ser el perro cojudito, es verdad que por orgullo dejamos que gente estúpida nos quite tiempo y energía.
Esta columna se siente como un ejemplo práctico de cómo sirve «La Purga» (tu columna anterior) en la vida de uno.
Hey sentido particular sencillez en esta columna, pero ha sido una muy buena.
Muy bien escrito, 10/10 y 5 estrellas.
Sin saberlo ya estaba aplicando la del perro cojudito. 🤣
Que buenaaaa el perro cojudito, directo a colocarlo en la pizarra jijiji