EL DÍA DESPUÉS DE IPARÍA

EL DÍA DESPUÉS DE IPARÍA

Sentada al frente del rápido que la conducía de Iparía a Pucallpa, Esther esperaba encontrarse con el cuerpo de su amor.

No viajaba por fe, ni si quiera tenía la esperanza en que sea él. Si viajaba era porque hacía más buscando en Pucallpa que esperando en Iparía.

– Ese era César -dijo un técnico en Iparía a Esther.

– Pero me dicen que no… -replicó ella.

– Ese era él, yo conozco los cuerpos y ese era el César -insistió el sanitario.

¿El problema? Aquel cuerpo del que hablaba el sanitario se encontraba en Pucallpa y no sería nada fácil acceder a él.

Sentada en la proa del rápido, Esther pensaba en lo que haría llegando al puerto, puerto del que partió su amor.

Esther llegó al puerto cerca de las cinco de la mañana y ahí ya la esperaba su cuñado Matías para ir al Instituto de Medicina Legal.

¿Cómo inicias una charla con una probable viuda?, ¿qué es lo primero que dices o preguntas?, ¿cómo se rompe ese hielo?

¿Cómo estás?… obviamente que está mal, su marido está desaparecido, no encuentran al hombre… ¡Pregunta de mierda!

¿Qué tal el viaje?… un sol más de lo mismo.

Definitivamente no había pregunta buena o que inicie algo parecido a una saludable conversación.

– Tu suegra ya está en la morgue, te están esperando -dijo Matías.

– Gracias, cuñadito -respondió Esther, con los ojos entrecerrados por el cansancio y la angustia.

Esther observó el denso azul marino del lugar y recordó la ropa con la que su esposo había salido de casa la última mañana que lo vio.

Usaba un jean azul marino nuevo, un regalo de cumpleaños que ella le hizo; además, vestía una camisa celeste y una gorrita, también azul.

Tras el umbral, la madre de César abrazó a Esther, quien devolvió el abrazo sin perder la vista de la pared del fondo donde había una puerta que decía: zona de conservación de cuerpos.

Esther tenía la mirada fija en aquel punto. Sabía que quería llegar ahí y que de ahí no saldría sin César.

En medio del abrazo, un sujeto con bata caminó hacia ellas.

– Señoras, buenos días, ¿en qué puedo ayudarles? -preguntó el forense.

– Mi esposo, César Mitma, me dijeron que está aquí -respondió Esther, mostrando una foto de su esposo en su celular.

– Déjeme revisar el registro, por favor, porque en este momento no tengo a nadie en conservación, no hay nadie…

Esther se quedó fría con la noticia, ¿cómo que no había nadie en la morgue?, ¿quién se había llevado a su marido?

En silencio, Esther colapsó y se reconstituyó para seguir buscando a su marido, a su amor.

Quien recibió completamente mal la noticia fue la madre de César, quien luego de gritar: “Entonces, ¿quién tiene a mi hijo?”, se desmayó sobre unas bancas.

Tanto Esther, como su cuñado Matías, empezaron a darle aire a suegra.

En medio de esta melodramática escena, el hombre de la bata volvió a aparecer:

– Estimadas señoras, no tengo a ningún César Mitma en el registro. En la mañana se identificó el cuerpo de Raúl Paredes, treintaicinco años y ya fue entregado a sus familiares. Lo siento mucho, aún no tenemos registro de su esposo.

El corazón de Esther se estrujó y sólo pudo pensar que el sujeto de la bata se había equivocado.

La voz del imprudente que le juró y rejuró que era César quien viajaba a Pucallpa en aquel primer bloque de cuerpos recuperados, seguí ahí presente.

A la salida de la morgue, unos gallinazos se le acercaron a ofrecer cajoncitos blancos, cajones económicos y tantos otros productos y servicios para ese momento de dolor.

Avispada, Esther preguntó por el lugar a donde se habían llevado al muertito de la mañana.

– Seño, no podemos decir así no más -afirmó uno de los gallinazos- pero por cuarenta solcitos podría recordar.

Cuarenta soles era lo que valía que los gallinazos rompieran cualquier reserva de información.

Esther pagó, aun sabiendo que estaba obrando mal; pero, con la excusa de su dolor por delante.

– No está bien, cuñadita -le dijo Matías.

– Necesito verlo -repetía Esther.

Cerca del mediodía, Esther junto a Matías se apareció en la manzana J Lote 15 del asentamiento humano Luz y Paz.

El velorio era humilde.

En un patio sin mayores pretensiones, sobre dos maderitas, estaba el cajón más económico que los gallinazos pudieron venderle a aquella familia.

Al llegar, Esther sintió su cuerpo quebrarse por enésima vez; pero, siguió avanzando.

Frente al ataúd, Esther intentó abrir el cajón discretamente; pero, estaba clavado.

Sus manos empezaron a temblar en ese instante, como si a través de ultrasonido quisiera romper el cajón y revelar quién estaba en su interior.

La familia se acercó a Esther, la sujetó con cuidado de la mano y la alejó del cajón.

– Señora, ¿está bien? -preguntó uno de los familiares.

– No, no lo estoy -respondió Esther- Creo que mi marido está en ese cajón.

El velorio enmudeció.

Una mujer se desmayó al lado del cajón mientras que su interlocutor intentaba darle algo de sentido a esa conversación.

– Señora, es imposible lo que dice. Aquí está el cuerpo de mi hermano Raúl Paredes, murió en el accidente de Iparía, y su cuerpo recién apareció hace dos días, ¿cómo vienes y me dices que ese es tu marido? ¿qué te pasa? -dijo enérgicamente el hermano.

– Mi marido tenía treintaicinco años, viajaba en la embarcación que sumió en Iparía y está desaparecido desde entonces. Un técnico de allá me dijo que su cuerpo estaba viajando a Pucallpa y vine lo más pronto. Sólo quiero verlo, quiero saber si mi César está o no en este cajón.

– Te digo yo: no está y no vamos a abrir ese cajón. Mi madre ya pasó por suficiente, mi hermano tiene un tatuaje en su brazo y es el mismo de este deforme cuerpo que ahora mi madre tiene que despedir. Váyase por favor, antes de que llame al serenazgo.

Matías abrazó a Esther y la sacó del lugar mientras toda la familia atrás se quedaba abrazando el cajón donde yacía la mitad del cuerpo de Raúl.

Debido a los días en el agua, la mitad de su cuerpo había sido devorado por los peces, una imagen que la madre de Raúl jamás pudo olvidar.

Sentada en el motocarro de Matías, rumbo al puerto, Esther sabía que partía para no volver.

Subida ya en el rápido que la llevaría a Iparía, Esther cumplió la promesa que le hizo a su suegra: no volver más sin él.

 

3 respuestas

  1. Fernando, la manera tan clara en que plasmaste este dolor no se me olvidará fácilmente.
    Esther, Matías, la suegra de la que no tenemos un nombre. Todo lo muestras con un detalle que casi provoca llorar con ellos.
    Lo escribiste excelente y no es necesario calificar esto.

  2. Wow… Que fuerte, pero es así,el río no perdona… Y es doloroso lo que pasan los familiares para reconocer cuerpos muchas veces incompletos o hinchados… Es un dolor terrible.

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