La muerte de mi abuelo sucedió hace más de cinco años. Su casa siempre tuvo cuartos llenos de hijos, nietos y recuerdos de una vida bien vivida.
Vivió bien: donde quiso, cuanto quiso y como lo deseó.
En una etapa borrascosa de la vida, gracias a Dios o mi abuelo, tuve un sueño de aquellos que te ayudan a resolver la vida.
De la nada, estaba subiendo una cuesta, una calle que terminaba en una plazoleta con una parroquia.
Fue automático, sabía exactamente dónde estaba. Era el pueblo de mis abuelos, Mollendo, y estaba la plaza San Francisco.
Ahí estaban aquellos jardines marrones que reverdecían cuando yo iba de vacaciones y asumía el reto de regarlos todos los días.
En la esquina, el viejo restaurante donde todos los domingos comíamos adobo de cerdo con pan de tres puntas y poca cebolla.
– ¿Por qué no le pones un poco más de cebolla, Juancito? -le preguntábamos siempre.
– Porque no me gusta -respondía con holgura.
Recordando el restaurante de Juan vino a mi memoria la zarza de patas y el chicharrón que compraba cuando me escapaba con algo de propina.
Sentí nostalgia al encontrarme ahí.
Frente a la puerta de madera, toqué el timbre blanco con centro negro para que, con una soguita, abrieran la puerta desde el segundo piso.
Al subir las escaleras encontré el viejo piso de parqué y la entrada a la cocina con esa mesa de cemento que terminaba en los fogones y el horno.
A la derecha, un mueble donde nunca supe que guardaba.
Tras el pequeño pasillo, la enorme sala de la casa: a la izquierda los muebles frente al televisor, a la derecha la mesa de comedor y la computadora del abuelo.
Un pasadizo a la izquierda y aparecían los tres cuartos del piso: dos de invitados y el cuarto de la abuelita. Además estaba el angosto baño de piso negro, con ventana directa al parque.
Recuerdo que, cuando niño, moría por descubrir al camión recolector de la basura que pasaba a las cinco de la mañana.
La vez que pude verlo, fue precisamente a través de esa ventanita del baño, ya que no podía abrir la puerta de madera del balcón de la sala donde mi abu tenía cactus, sábilas y otras plantitas.
En el tercer piso, había dos almacenes, uno de macerados y otro de herramientas.
Además, a la izquierda había un cuarto enorme; a la derecha un cuarto pequeño -un solárium- y dos habitaciones al fondo, una de las cuales alguna vez le perteneció a mi bisabuelo, suegro de mi abuelita que aún nos acompaña.
Cuando subí, la casa estaba repleta como en el mejor de los veranos de mi infancia. Estaban mis padres, mi tío Nancho y toda su familia, mis primos Mesía y yo.
Mucha gente, tíos, primos. La abue, que no esperaban mi llegada, me preguntó amablemente cuándo había llegado.
Le respondí que no sabía y ella se sorprendió.
– ¿Dónde te vas a quedar? -preguntó mi abue, eso me rompió el corazón.
Le sonreí nerviosamente, le di un abrazo y no respondí.
Fui a la cocina a tomar un vaso de agua del viejo filtro. Su agua salobre me trajo mil recuerdos, recuerdos de los primeros dieciocho años de mi vida.
Es que todos los veranos de mi vida, hasta la mencionada edad, los pasé en aquel pueblo, en aquella casa y bebiendo el agua de aquel filtro.
Mientras bebía, mi madre se acercó y repitió la pregunta de mi abue.
– Espero que aquí, ¿no? Es la casa de los abues -respondí alterado.
– Aquí no hay espacio -me respondió mamá.
– ¿Cómo que no hay espacio?, ¡arriba hay dónde! -insistí.
– Está todo lleno -replicó, mamá.
Salí a la sala, mientras hablaba con mi mamá, y me percaté que toda la familia estaba ahí.
– ¿Alguien me explica por qué no puedo tomar uno de los cuartos del tercer piso?
– Ahí estamos nosotros -respondieron mis primos mayores.
– Hablo de los cuartos del fondo -insistí.
– Ahí están las cosas de tu abuelo -respondió mi abue.
¿Las cosas de mi abuelo? Me parecía una tomadura de pelo que me dijeran que no podía descansar ahí porque estaban cosas de mi abue que lleva muerto casi diez años.
– Se necesita el espacio, abue, porque no se desocupa. El abue ya no necesita de todo eso y nosotros sí necesitamos el lugar -dije con energía.
En aquel momento, mi abue me vio a los ojos, con esa mirada sobrecargada de amor y sabiduría, y me dijo:
– ¿Cómo me hablas tú así, si tienes el corazón lleno de cosas de personas que ya no están en tu vida, acaso no necesitas tú también ese espacio?
Me quedé helado y desperté como si estuviera asfixiándome.
Cuánta verdad cargaban aquellas palabras.
Yo, en ese momento, estaba asfixiándome con habitaciones llenas de recuerdos empacados y apilados, sin posibilidad de darle espacio a nuevos recuerdos.
Amistades deshechas, relaciones acabadas; recuerdos que deberían ocupar una pagina y no un almacén de emociones y recuerdos que no sirven para vivir.
Siempre asumí que el corazón era infinito y que podía llenarlo de emociones y recuerdos; pero, los años me enseñaron que no.
Sobre todo no, cuando tienes -como yo- propensión a guardar cargas negativas y dolorosas, antes que sonrisas y alegrías.
Ese sueño fue la epifanía que reveló que ya venía tarde para despejar el corazón de tantos dolores, de tanto pasado.
Dios, con su infinita sabiduría y amor, puso el mensaje en voz de una de las mujeres que más he amado y que más he sentido que me ha amado.
Su voz es ley; pero, una ley que cumplo con amor.
No tuve alternativa, no pude mentirme más: era hora de barrer la casa y botar lo que se tenga que botar de una buena vez.
Tuve miedo, no puedo negarlo. La idea de desarraigar tanto viejo recuerdo me aterraba; pero, lo hice.
Días después de empezar el despojo, empecé a conversar con quien hoy llamo mi compañera.
No puedo evitar pensar que el sueño llegó a tiempo; porque, donde ella hubiese llegado un mes antes, simplemente no hubiera tenido espacio.
Simplemente hubiera encontrado mis cuartos llenos, con las cosas embaladas; pero aún haciendo bulto.
5 respuestas
Que verdad tan grande…hay que sacarlo todo para dejar espacio a lo que tenga que llegar. Me encantó el sueño.
Fernando, cuando empecé a leer tu columna no pensé que la lección estuviera casi al final.
Sinceramente la rompiste: armaste un relato lleno de emociones solo para decir lo necesario que es hacer espacio a lo nuevo que llega a uno.
Me encantó y me interpela un poco tu columna y estoy seguro de que no soy el único que se siente así.
Lo hiciste excelente, no es necesario calificarla.
Mis abuelos maternos marcaron mi vida…
No hubo día que no aprendiera algo nuevo… Hábitos, rutinas, frases, pensamientos, aprender a oír antes de hablar…
Amo las historietas y cuentos cortos .
Pero creo las tuyas, me encierran con emociones, estas historias con descripciones, te llevan a reconectarte con tu historia propia.
Excelente forma de amarrar dentro de las historias a tus lectores.
Siempre es bueno recordar y atesorar los mejores momentos, de igual manera que uno purga cosas de su hogar, igual hacerlos con los malos momentos, decepciones o energías malas que tuviste. Dar espacio a nuevas aventuras, vivencias y atesorar lo que se viene.