Hoy me veo contando el vuelto de los errores cometidos en mi juventud. Me llamo Irma, tengo noventa y cuatro años y soy la madre de cinco hijos.
Lamentablemente, uno lo perdí en el vientre, pero eso no me hace menos madre. Soy madre de cinco hijos y quiero contarles una historia.
Hoy pude presenciar el último gesto de rencor de mi primogénita y el último gesto de amor de mi difunto esposo.
Vivo con mi hija mayor. Mis otros hijos hicieron sus vidas y abrieron sus alas para volar lejos del nido.
Mi hija nunca terminó de irse. Lo más cercano a su partida fue el fallido matrimonio que tuvo con una porquería de hombre, militar y fuera de sus cabales.
Yo se lo advertí, ella no quiso escucharme.
En parte la entiendo. No fui precisamente la madre más tierna del mundo con ella. Sobre todo con ella.
Su adolescencia se cruzó con mi divorcio y esa fue una combinación letal. Su rebeldía, propia de la edad, la reprimí reiteradas veces con correazos, palos de escoba o lo primero que tuviera a la mano.
Estoy segura de que ella no olvida eso, pero principalmente creo que ella recuerda mis palabras.
Honestamente yo no las recuerdo tanto, ya no recuerdo mucho de lo que hice o dije, pero sé que ella sí y que eso tiene a su corazón vuelto una ciruela pasa más arrugada que yo.
Cuando fracasó su matrimonio, volvió a mi casa con un niño malcriado, tan terco como ella, en brazos y les juro que procuré ser diferente.
Hace ya como treinta años de ello. Sé que lo recibí con mucho amor y a ella también. Mi nieto me amaba, mi hija me repudió aún más.
Ella era una versión revisada y mejorada de quien yo fui como madre. Le pegaba igual de duro, lo insultaba aún más duro, pero compensaba sus culpas comprándole de todo.
– Eso no está bien, hija linda, le estás haciendo un daño a ese niño -le dije las veces que pude.
– Estás un poco tarde, madre. Veintisiete años tarde para dar consejos de crianza.
Creo que hubiese preferido que me levante la mano y no que me torture sistemáticamente como lo hizo desde que llegó con mi nieto quien hoy también vive con nosotras.
Así que, hoy somos mi hija, mi nieto y el hijo de mi nieto quienes compartimos mi techo, porque es mío. Esta casa hacienda es todo lo que me dejó mi esposo.
Nos divorciamos, en efecto, pero nunca volví a conocer otro varón.
No puedo decir lo mismo de él. Su planteamiento fue darme libertad, aunque en realidad, la libertad que siempre buscó fue la suya. Él no nació para el matrimonio… yo sí.
Él y yo nos separamos para que él pueda vivir la vida que siempre quiso. Nunca nos faltó el pan hasta que, dos años después de divorciarnos, un maldito infarto me lo arrebató del todo.
En ese momento recibí algo de platita de los seguros y una carta, nada más.
Esa carta nunca la quise abrir porque estaba destinada para mí y sus cuatro hijos: María Esther, Juan Luis, Alabama y Próspero.
Mis hijos menores eran muy pequeños y, con el tiempo, terminé olvidándome de la existencia de esa carta hasta hacía un mes y medio.
Hace cinco años mi primogénita administra mis ahorros, mis tarjetas, todo, hace seis semanas, mientras ella husmeaba en mis papeles, encontró la carta de su padre.
Sin consultarme ni consultar con sus hermanos, Ella abrió la carta de su padre y esperó sentada en mi sillón a que regresase del grupo del Divino Niño de la capilla.
Su mirada cargaba odio, resentimiento y dolor.
– ¡Vivo comiendo mierda hace años, sabes que mantengo a mi hijo y mi nieta y jamás me hablaste de tu dote! -me gritó histérica.
No sabía de qué hablaba y se lo hice saber.
– Sí madre, hazte la cojuda. Ahora resulta que no sabes que la dote que el abuelo Riquelme dio por ti, las joyas, el oro y las escrituras de otra hacienda aparte de esta, estaba enterrada en la base de la columna central de esta mierda de casa donde vivimos, ¡Papá dejó la ubicación exacta en la maldita carta y tú preferiste quedarte sentada encima de una fortuna durante toda tu vida!
Seguía sin saber de qué hablaba mi iracunda primogénita. Quiero aclarar que mi casa no era una mierda de casa, tenía dos plantas que construyó mi marido con sus propias manos.
Además, no entendía sus gritos. Su padre jamás me habló de cuanto recibió de dote por mí, una mujer no preguntaba por esos asuntos en mi época.
María Esther, mi primogénita, no pudo con la furia y, con el poco dinero que no se había gastado de mis ahorros construyó una ramada al frente de mi hermosa casa, viejita, pero que aún conservaba su hacendado pasado.
Mi catre y algunas de mis cosas fueron puestas en aquel lugar, mientras mi desquiciada primogénita coordinaba la demolición del corazón de mi hogar.
Ver entrar esas máquinas esta mañana que hacían un ruido infernal, fue de lejos el golpe más duro que Marita me pudo dar.
De a pocos, todas las paredes se empezaron a rajar, por las vibraciones y el centro de mi casa empezó a desaparecer, dejando dos mitades.
Cuando liberaron la columna central, procedieron a demolerla.
En menos de cinco horas esa columna era parte de los recuerdos que seguramente terminaré olvidando pronto.
Empezaron a cavar, cavaron muchísimo y como a tres metros un sonido metálico los puso de una felicidad que no veía en mi hija hacía años.
Ella detuvo todo y ordenó que un tipo bajase con una pala y continuara con cuidado.
De a pocos, una caja empezó a emerger del fondo seco de aquella columna que fue el tronco de mi hogar desde hacía más de setenta años.
El obrero le pasó la caja al capataz quien se la entregó a Marita como si de un pago ceremonial se tratase, casi poniéndose de rodillas frente a ella.
Al tomar la caja, el rostro de María Esthér se iluminó y con un martillo reventó el oxidado candado que la mantuvo cerrada casi un siglo.
En el interior de la caja no hubo ninguna luz dorada encegueciendo a mi hija, hubo una sombra que le arrebató la poca alegría que descubrir la caja le había brindado.
María metió la mano, sacó una botella en cuyo interior había un papel y la estrelló contra el suelo.
Casi me dio un patatús con el ruido y la violencia con la que arrojó la botella.
Marita se acercó al papel, lo abrió y empezó a llorar amargamente gritando desde el fondo de sus adentros: ¡¿por qué?!
Cuando empezó a largar a los obreros y llevarlos hasta la puerta de la hacienda, me acerqué a revisar el papel.
Era la letra de mi amado Armando. Incluso tantos años después, aquellas palabras se sintieron como un suave arrullo y un cierre.
Si alguien llega a leer esto, significa que ya perdimos todo aquello que realmente importaba.
A quien encuentre esta confesión:
Cuando me casé con Irma rechacé la dote de mi suegro por completo. Nunca merecí todo el amor y cuidado que Irma, mi esposa, tiene conmigo y ese fue, es y será siempre mi más grande tesoro.
No me siento capaz de corresponder al amor con el que Irma me ama. Espero que nadie, nunca, ¡jamás!, lea estas palabras, porque eso sólo podría significar una cosa: que la casa que construí para mi familia ya no existe y que, junto con ella, también se derrumbó la familia que debía sostenerla.
2 respuestas
Qué historia tan profunda y dolorosa. Mis felicitaciones Fernandito, por la sensibilidad y el talento para crearla, porque detrás de estas palabras hay una gran verdad sobre la vida y sobre el valor que muchas veces aprendemos a reconocer demasiado tarde. Es triste pensar que una hija pueda llegar a mirar a su propia madre como aquello que algún día heredará, olvidando que antes que una herencia existe una vida entera de sacrificios, desvelos, lágrimas y amor.
Que gran historia, como siempre dejandome sumida en reflexiones, buscando el porque y la desazon de reconocer que el ser humano muchas veces se deja llevar por la ambicion, la envidia, la intriga. Me gusto mucho la forma como llegaste al final.