EL VUELO DEL PERICO

EL VUELO DEL PERICO

Siempre odié volar, los oídos se tapan, ese aire recirculado y frío que me recuerda la persistente sinusitis que no me deja desde la infancia. Odio volar.

Cuando la gente se me acercaba a presumir de sus viajes a lo largo de los años, siempre pensaba en la tortura que representó para uno de los dos viajeros.

Digo dos, pero podrían ser muchos más… dos, tres, cuatro, ¡Qué sé yo!

Digo dos, también, porque habría que estar demasiado triste o necesitado para tomar un vuelo solo a algún destino que no sea su propio hogar.

Hoy viajo solo y no porque esté triste, bueno, sí estoy triste, pero viajo por la necesidad de huir, necesito alejarme lo más que pueda del Perú.

Hay veces que uno hace cosas sin medir las consecuencias y siempre me he ufanado de mi buen criterio, todo iba bien hasta ayer.

¡Cómo odio los vuelos, no deja de temblar esta porquería!

La pelea definía al campeón regional, Perico y yo habíamos esperado mucho tiempo para alcanzar el título que nos llevaría a las grandes ligas.

Perico es el nombre de combate de mi pupilo. Bueno, mi expupilo. Lo entrené durante cuatro años. Seis veces a la semana. A veces hasta dos sesiones por día.

En él había proyectado el sueño trunco de alcanzar la gloria con los puños, esa que una ruptura temprana del tendón de Aquiles me arrebató.

¡Maldito Aquiles, cómo no conociste los aviones para que te jodas doblemente!

Delante de nosotros había un rival duro. Detrás de nosotros… una larga lista de cuerpos molidos por los puños del Perico.

Ese muchacho valía su peso en oro. Libra por libra era una joya, y yo lo había descubierto.

Era hermoso entrenarlo. Hacía caso en todo. Era un sueño como entrenador y un placer verlo sobre el ring.

Si lo mandaba a correr cinco kilómetros, pedía seis; así era el espíritu de ese maniático que hizo propio mi sueño.

– Vamos a lograrlo, coach -me decía una y otra vez.

Cuando lo escuchaba así de animoso con la posibilidad de ser campeón, de seguir los pasos que no pude dar y superarlos, simplemente me impulsaba a seguir con él.

Todo iba bien hasta que apareció su talón de Aquiles.

Su talón medía un metro cincuenta y tres centímetros, pesaba cuarenta y cinco kilos, tenía el cabello lacio hasta la cadera y un maldito rostro angelical.

Su talón se llamaba Liseth y era la hermana de un chico que entrenaba en el gimnasio con nosotros. Debí saberlo cuando los vi por primera vez.

Era mi responsabilidad mantenerlo enfocado en lo verdaderamente importante y no distraído en pelotudeces pasajeras.

Fue imposible. Con cada pelea ganada, Liseth parecía mirarlo más y, con cada mirada de ella, yo me desesperaba aún más.

Mi joya, mi caballo ganador, mi creación empezó a llegar tarde a los entrenamientos, a pedirme reprogramaciones. Debí haberlo cortado ahí.

Cuando empezó con los chupetones en el cuello y con las desapariciones, debí prepararme para el final.

Como un padre, uno guarda la esperanza de que todo mejore, de que vuelva a ser el de siempre, el de antes.

En el fondo, todo padre sabe que cuando piensa así, se está comprando una mentira del tamaño de la catedral.

Cuando los hijos crecen y completan su metamorfosis, ya no son tuyos nunca más.

En verdad nunca lo fueron.

Sólo Dios te los prestó un ratito.

Después los manda a volar fuera del nido.

Perico estaba ahí, sentado frente a mí con la típica cara de hastío y aburrimiento de todo muchacho de dieciséis años que cree que ya conquistó el mundo.

Yo intentaba decirle que, si no se ponía las pilas las siguientes dos semanas, Mano de Piedra Quispe nos haría papilla.

Hagan de cuenta que Perico escuchó: “tu entrenamiento está completo, no vengas más al gimnasio, nos vemos en la pelea”.

¿Me da vergüenza lo que hice? Sí, mucha. Pero no encontré una mejor salida. El pendejo de Perico estaba lanzando por la ventana un trabajo de años.

No podía perder. No así. Menos por ella.

Lo que me confirmó que estaba dando una batalla perdida fue cuando le avisé a don Perico, su padre, que por seguir a su conquista estaba dejando de entrenar y él me respondió:

– Es un muchacho, entiéndalo profe’.

Si ya tenía la batalla perdida, debía asegurarme de no perder la guerra.

Tengo que cerrar esto pronto. Acabamos de aterrizar. No puedo decirles dónde, pero esto fue lo que me sacó del país.

Cuando Perico llegó a la pelea, estaba confiado, muy confiado. Tan confiado que poco o nada se fijó en mis manos mientras terminaba de vendarlo.

El malagradecido este ni siquiera notó el cambio en el peso de sus puños.

Quien sí notó que algo no cuadraba fue Quispe desde el primer jab de izquierda.

Por su inexperiencia, en vez de pedir una revisión de los guantes de Perico, Quispe decidió seguir peleando.

Pasaron los dos primeros rounds y Mano de Piedra estaba pidiendo auxilio. Aún quedaban tres más, pero yo quería liquidarlo cuanto antes.

– Perico, no quiero llegar al cuarto, ahora mismo me lo liquidas, vas a pegarle como si hubiera insultado a tu madrecita y a tu abuela, como si te debiera plata para la comida de tus hermanos… como si le hubiera agarrado una nalga a Liseth.

Los ojos de Perico se abrieron en furia, se pasó y liquidó a Quispe… literalmente.

Perico saltó con ira y molió a golpes a su rival de quince años que competía por el cinturón regional escolar de boxeo.

Quispe no pudo salir caminando. Yo sabía que iba a haber preguntas y no quise quedarme a responderlas.

En lo que tomaba este vuelo, el primero salía cuando llegué al aeropuerto, me enteré de que Quispe terminó con una fractura occipital.

Los médicos no podían entender cómo aquel niño recibió tanto daño en una pelea escolar.

Todos me buscaron, ya no estaba ahí.

¿Me avergüenzo?… Sí.

¿Me arrepiento?… Ganó.

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