CUANDO ARTURO CONOCIÓ A DOLORES

CUANDO ARTURO CONOCIÓ A DOLORES

De pie frente al espejo de su pequeña habitación en el segundo piso de la calle Entre Ríos; Arturo Cavada pasaba, una vez más, el peine entre sus cabellos canos.

Era imposible para él recordar la última vez que había tenido una cita, ojo, una de verdad. No hablamos de las tonterías que se viven hoy en día, sino de esos micro eventos sociales de camisa, pantalón y zapatos bien lustrados.

Arturo temblaba y esta vez no se debía a las primeras señales de un Parkinson que había tardado en llegar. A sus 84 años, Arturo temblaba de nervios por ver a los ojos después de casi 50 años a Dolores.

Cuando Arturo conoció a Dolores el mundo era muy diferente al de hoy. La Primera Guerra Mundial todavía era conocida como la Gran Guerra y el mundo no se había escandalizado con los peinados de Paul, Ringo, John y George.

Cuando Arturo conoció a Dolores el mundo era más bonito, simple y silente. Era un lugar mejor y él lo sabía. Arturo sabía que había pasado de un mundo bonito a un mundo caótico y desconocido.

En cuanto a Dolores, podría decir que era una mujer con el sol en la mirada y surcos de nieve en la piel. Una mujer estoica, bella e imponente.

La edad no era un problema para ella. Recibió cada año con una sonrisa y ellos la abrazaron con sabiduría y amor.

Una mujer que dedicó su vida a formar vidas, una maestra de vocación que ya descansaba tranquila en casa viviendo de la escueta pensión que el Estado le brindaba.

Así era ella, así era Dolores Parra, una respetada jubilada que, mientras Arturo se acicalaba para ir a verla, viajaba en un taxi hasta el café donde la citó su compañero de esa noche.

Cuando Dolores conoció a Arturo ambos eran unos niños, dos críos que jugaban en la tierra a los vaqueros y apaches, dos pequeños que volvían juntos de la escuela casi siempre con el uniforme deshecho.

Cuando Dios juntó los corazones de Dolores y Arturo, hizo que la amistad los uniera hasta que acabaron la primaria, momento en el que Arturo viajó fuera del pueblo para estudiar la secundaria.

Sin saberlo Arturo, Dolores también viajó a estudiar con unos familiares en la capital. Dolores nunca pudo contarle eso a Arturo ya que ella misma se sorprendió cuando su padre le dio la noticia.

Los años pasaron, ambos egresaron del colegio. Ella ingresó a la normal de ciudad capital y él a una ingeniería que sólo conocían quienes la estudiaban.

Cuando en una fiesta del pueblo el ingeniero Arturo Cavada conoció a la profesora Dolores Parra, sus ojos brillaron como el rocío mañanero sobre las flores de la plaza.

– Hola Dolores, soy Arturo -atinó a decir el absorto- ¿Te acuerdas de mí? -preguntó.

– ¡Amigo! -respondió Dolores mientras se acercaba a abrazarlo.

Amigo… esa palabra le sabía tan mal a Arturo, sobre todo viniendo de los labios de una mujer que lo traía pasmado desde aquel reencuentro y por quien había cultivado sentimientos desde hacía tanto tiempo.

“Deja de joder y abrázala, somos amigos” pensó Arturo mientras correspondía el abrazo a Dolores. Durante este primer encuentro, Arturo no encontró más aquellas rodillas mugrientas de tanto jugar y caerse en la tierra.

No encontró más vestidos magullados o sudores impropios. Olía a vainilla con un toque a maracuyá, su piel era tersa y dorada, una seda delicada y sublime.

Dolores no era más la niña de sus recuerdos; era, desde ese instante, la mujer de sus sueños.

La noche le quedó corta a los viejos amigos que conversaron, rieron y bailaron al son de la música del aniversario del pueblo. La noche les quedó tan corta que ambos se sorprendieron al ser descubiertos por los primeros rayos de la mañana.

Se miraron, sonrieron y emprendieron el camino a casa. Arturo acompañó a Dolores hasta su hogar y luego fue a casa de sus padres a dormir un poco para llegar con algo de energía al almuerzo.

La madre de Arturo sabía que esa sonrisa idiota y permanente en su hijo no era una casualidad.

– ¿Qué pasó anoche? -preguntó.

– Nada mamita -respondió Arturo.

– Y ¿Cómo se llama la nada que te pasó anoche? -replicó la madre.

Arturo no podía dejar de sonreír.

– ¿Te acuerdas de Dolores? -dijo mirando a su madre como un niño chiquito- ¡Vino al aniversario! ¡Se va a quedar toda la semana! -completó Arturo.

– Bueno, esa es una chica linda y trabajadora Arturito, y tú que eres todo un churro y también trabajador aún que un poco sonso a veces… imagino que la invitarás a salir ¿No? -preguntó la madre.

Arturo se heló por completo ¿Qué se supone que debía responder a una pregunta como esa? Arturo se moría por invitarla a salir esa y todas las noches que le quedaran de vida, pero tenía miedo.

Su rostro desencajado advirtió a doña Carmen, la madre de Arturo, que su hijo callaría.

– Hijo, esa chica te gusta ¿Verdad? No seas sonso hijo lindo, si te gusta ve y díselo, que se entere y que sea lo que Dios quiera, no por miedo te vayas a quedar callado para siempre ¿O sí?

Sentado en su Mercedes Benz SLS AMG, Arturo recordaba las palabras de doña Carmen y mirando al cielo pensó: “Ay mamita, me demoré, pero hoy es el día, acompáñame mamá Carmen”.

Arturo manejaba un carrazo porque a lo largo de su vida sólo sirvió para dos cosas: trabajar y comprarse caprichos. Ese SLS AMG era el último de estos.

Le resultaba más que incómodo subirse y bajarse, pero, a bordo, volvía a correr como si volviera a tener 20 años y eso lo hacía sentirse vivo.

En algo debía gastar su plata un hombre que no se casó ni tuvo hijos, que destinó cada moneda a viajar por el mundo, construirse las casas de sus sueños y comprarse uno que otro juguete.

Mientras manejaba, Arturo recordó aquel último día en el pueblo cuando la noche volvió a quedarles corta y los silencios sobraron. Estaba ahí, listo para decirle lo que sentía, pero no.

Tal y como doña Carmen advirtió, no pudo abrir la boca hasta años después, muchos años después cuando, después de dejar la joya con el valet parking, tomó posesión de la mesa para dos que había reservado.

Con su típica puntualidad, Arturo llegó diez minutos antes del encuentro y cinco minutos después de tomar posesión de su mesa ingresó por la puerta Dolores, la reconoció de inmediato.

Dolores llevaba un vestido celeste con ligeras flores estampadas, flores naranjas, verdes y azules. El cabello era corto y canoso, una pequeña piedra verde en cada oreja y un collar que hacía conjunto con la esmeralda que portaba en el anillo que cargaba en la mano derecha.

Así llegó Dolores al café, con un abrigo y lentes rebajados. Era ella, era Dolores y su esperada armonía y estilo, era la mujer que había soñado tanto tiempo, todo ese tiempo que permaneció en silencio.

Arturo se puso de pie y se acercó a recibir a Dolores.

– Estás hermosa -dijo Arturo.

– Tú no estás nada mal -respondió Dolores.

Luego de las lisonjas, ambos tomaron asiento y ordenaron un croissant y un café con leche para Dolores, mientras que Arturo pidió una porción de magdalenas con un café moca con leche sin lactosa.

– Cierto ¿No? Ya estás con ese temita… ¿Cómo se llama?… ¡Vejez! -dijo Dolores.

Ese fue el inicio de una noche llena de risas y sonrisas culpables. Una actualización de los últimos 50 años en los que prácticamente no se vieron por un sinfín de razones, la mayoría de ellas de carácter geográfico.

– Entonces el don señor ingeniero que no se casó ni tuvo hijos ¿Qué pasó Artur? ¿No apareció la indicada? -preguntó Dolores.

– Tampoco hables querida maestra, magister y doctora en no sé cuántas especialidades pedagógicas. Tampoco te casaste ni tuviste hijos… podría formularte la misma interrogante -contestó Arturo.

– Primero pregunté yo ¡Responde! -insistió Dolores.

– Bueno, bueno, sí apareció la indicada en algún momento de mi vida -afirmó Arturo.Y entonces ¿Qué pasó? -dijo Dolores.

Arturo llevaba años preguntándose exactamente lo mismo ¿Qué pasó? ¿Cómo pasó la vida por sus narices sin poder decir absolutamente nada de lo que llevaba en el corazón o al menos sin poder cambiar lo que sentía?

¿Cómo fue que se encontraba atiborrado de riquezas y no de nietos que lo saquen se quicio a esas alturas del partido? ¿Qué pasó?

Arturo miró a los ojos a Dolores y habló por primera vez en medio siglo.

– Sabes… pasó que me acobardé… pasó que nunca me atreví a decirlo… a decírtelo… a decirte que me moría por ti, que me muero por ti y esa fue la cruz de mi vida. Sé que es una locura, que probablemente pienses que estoy loco o idiota o ambos para decirte algo así a estas alturas de la vida y sin previo aviso, pero, en algún momento debía decirlo ¿no te parece? No espero nada aún que quisiera todo contigo. Me encantaría vivir todo lo que me reste de la vida cerca de ti, junto a ti para encontrarnos en más cafés, charlar, reír y quizá enamorarnos.

Dolores no evadió la mirada de Arturo y escuchó con atención las palabras de su ‘amigo’.

– Sí que te demoraste en hablar ¿eh? -respondió Dolores.

Sin casi entender qué pasaba, Arturo apretó ligeramente los párpados y con cara de incredulidad preguntó:

– ¿Tú sabías esto?

Dolores sonrió y le contestó:

– Claro que lo sabía, siempre lo supe.

Arturo no podía creer lo que escuchaba, con más preguntas que respuestas, replicó:

– Y ¿tú sentías lo mismo?

Dolores respondió:

– Desde niños, desde que jugábamos a los vaqueros. Aquél encuentro en la verbena del pueblo me confirmó que me encantabas.

Arturo no sabía de qué color poner el rostro, moría de la emoción.

– Pero, si es así ¿por qué nunca me dijiste algo o me diste algún sajiro, una pista ¡algo!, una señal de que podía cortejarte?

Dolores sonrió sin dejar de mirarlo y sentenció:

– Porque no podía darle pie a un hombre incapaz de acercase a mí y decirme con claridad sus intenciones. Porque no quise nunca un cobarde a mi lado.

Arturo sintió una presión en el pecho, pero no como aquella vez que le dio un infarto. Era una presión distinta, un dolor diferente, una cachetada directa a su historia, al corazón y al cobarde que por tanto tiempo habitó su piel.

Casi derrotado, Arturo bajó la mirada y los ojos se le inundaron quedando a una gota de la ruptura total de la represa. Dolores se percató de eso y abrazó su dolor con amor.

– ¿Sigues siendo ese chiquillo cobarde que no pudo decirme hace 50 años que me quería?

Arturo no lo pensó ni un segundo, Dios había respondido a sus plegarias y había recibido fuerte y claro el mensaje.

-Ya no más, hoy tengo el valor de mirarte a los ojos y decirte que te quiero y que quiero conocerte, descubrirte y acompañarte todos los días que me queden de vida, querida Dolores -dijo Arturo.

Dolores estiró la mano al rostro de Arturo y secó con el pulgar una lágrima que corría por la arrugada mejilla de su chiquillo valiente de 84 años.

Sin quitar la mano del rostro, Dolores le sonrió y se acercó a darle un beso en la mejilla. Arturo no podía creer lo que sucedía. Era mejor que el mejor de sus sueños, simplemente era real.

– Yo también quiero conocerte Artur, creo que seríamos una buena dupla, yo también te he querido desde hace mucho y llegué hasta aquí, hasta ti, porque mi corazón nunca pudo cambiarte por nadie. No sabes cuánto me alegra que me hayas llamado para este café.

Los años no fueron mezquinos, pero tampoco suficientes. No sé más de cómo transcurrió la vida entre Dolores y Arturo, pero lo que sí sé es que, cuando Arturo conoció a Dolores, jamás imaginó que al final de sus días sus lápidas descansarían una al lado del otra.

 

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13 respuestas

  1. Suena tal y como debería sonar una historia de amor entre ancianos, un señor y una señora que nunca dejaron de mirarse, sin saber que el otro los miraba.
    No es fácil llegar a viejos y solteros por miedo al amor no correspondido, pero esta historia de amor es un rayo de esperanza para todos ellos que creen estar fuera de un juego tan bonito.
    Me gustaron los dos personajes, Dolores un poco más porque a pesar de parecer alguien inalcanzable, también tiene esa sencillez que la hace hermosa a pesar de los años.

    Muy bien escrito

  2. Una trágica historia de todo lo que pudo pasar en 50 años, una vida por vivir, ganada por la cobardía, ¿Qué puedes perder si se trata de amar?

  3. Que historia tan linda y tierna, desde la mitad de la historia esperaba que el final sea justo y como terminar. Gran trabajo, Fer🩷

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