DEL MIEDO Y SUS RESPUESTAS PARTE II

DEL MIEDO Y SUS RESPUESTAS PARTE II

Después de que Alonso le contó a su amigo el escritor sobre la situación de Lorena y Rodrigo, el escribidor pidió conocer a la timorata felina.

Un café sería la excusa perfecta para profundizar en el corazón de la fiera y descubrir cómo era posible entrelazar en un solo ser el miedo y la seguridad.

Lorena no estaba del todo convencida; sabía que el escritor era eso: un divulgador de historias, y que muy probablemente la suya terminaría siendo publicada, pero había algo en la propuesta que no podía rechazar.

Sentirse musa era algo que le faltaba en el currículum y, a pesar de las circunstancias, el corazón roto y las dolencias de la vida, decidió aceptar el café y responder a las preguntas del infidente consentido.

El escribidor pidió que la cita se diera en el mismo lugar donde años atrás Lorena conoció a Rodrigo. Ella aceptó. Llegó tarde. No vestía el glamoroso vestido negro de la noche que lo cambió todo para los, alguna vez, enamorados.

Sin maquillaje, los ojos de Lorena lucían aún más pequeños. Sus lentes cuadrados de marco negro la asemejaban más a un ratoncito de biblioteca que a la femme fatale que el escribidor tenía en mente cuando Alonso le contó el drama en cuestión.

Una blusa estampada y holgada, un pantalón beige y unas zapatillas. Esa fue la armadura elegida por Lorena para enfrentarse al escribidor, que la esperaba con un cuaderno de notas, una pluma y mil preguntas.

“No lo sé, en verdad no sé por qué no pude más” -ese fue el alegato de apertura de Lorena, quien se había preguntado lo mismo que el escritor más de una vez. ¿Qué faltó para que pudiera Lorena amar a Rodrigo?

– Con todo respeto, lo que Alonso me contó me resultó bastante familiar, pero me dejó con un sinsabor, con una sosa sensación de vacío. ¿Qué pudo hacer distinto Rodrigo? -preguntó el escribidor.

“No lo sé, creo que nada” -afirmó Lorena, quien en menos de dos minutos de conversación se había vuelto un pedacito de mujer. Era impactante verla deslizarse por la calle, pero al ver sus ojos, al leer sus hombros, al oír su voz, era evidente que algo andaba demasiado roto en ella.

Para Lorena, hablar con el amigo escritor de Alonso era como conversar con el psicólogo y con un buzo especialista en almas. Ese tipo alto, corpulento y de mirada incisiva le generaba mucho miedo, pero a la vez lo sentía transparente en su intención de comprender la situación.

Los minutos avanzaban, se convertían en cuartos y medias horas que rodaban en el reloj.

Lorena le comentó sus devenires sentimentales, sus apuestas emocionales y lo sorprendida que se encontraba de, a pesar de las evidentes ventajas evolutivas con que contaba (físicamente hablando), así como de su clara inteligencia, no haber podido resolver el acertijo del amor.

– ¿Eres consciente de lo que dices, Lorena? Los perfiles que me has nombrado la última media hora son idénticos, más guapos, menos guapos, más o menos ricos… todos superficiales, todos obsesionados con lucirte, y muy poco interesados en conocerte -sentenció el escritor–. Es curioso que en tu relato solo sucedió una cosa diferente y es precisamente la que nos trajo aquí -agregó el interrogador–. Es el hecho de haber sido tratada distinto por Rodrigo; es el único que rompe tu patrón, ¿lo puedes ver?

Lorena lloraba sin saber por qué. Aceptó con la cabeza la sentencia de su interlocutor. Respiró hondo y, levantando la mirada, dijo:

– No pude hacerlo diferente, es quien soy, es como soy.

El escribidor lloró. Recordó en esa frase tan honesta, tan desgarradoramente sincera, la mirada de su ‘Lorena’ y cómo, al final de los finales, todo se reduce a la voluntad que tenemos para trabajar con quienes somos, a nuestra capacidad de ser mejores o simplemente conformarnos con un “así soy yo”.

Desde la ruptura de Lorena y Rodrigo habían pasado meses, más de un año y medio. Lorena confesó casi con vergüenza que había ido a terapia y que incluso requirió por seis meses antidepresivos y alguna ayuda para conciliar el sueño.

– ¿Y quién te dio el alta? -pensó el escribidor.

Frente a él aún estaba una mujer rota, una mujer que necesitaba muchas más horas de guía profesional para sanar. Era curioso: para Lorena el proceso estaba casi concluido, mientras que, para Rodrigo, el camino aún estaba en sus primeros pasos firmes.

“La esperé hasta hace muy poco” -fue lo primero que Rodrigo le dijo al escribidor, quien inmediatamente después de agradecer el café a Lorena y despedirse, cogió el teléfono, llamó a Alonso y pidió audiencia con la otra mitad de la historia.

La cita con Rodrigo fue en otro café; no quiso volver a su Hiroshima.

Antes de que Rodrigo le permitiera al escribidor profundizar en sus recuerdos, preguntó por el objetivo de dicha investigación. ¿Qué podía haber para él en medio de esa tortilla de patatas y dolores?

– Deseo comprender mejor a las personas, deseo entender en algo el amor y el dolor. La verdad, en el fondo, deseo asimilar algunos pasajes de mi vida y, si me lo permiten, escribir en algún momento sobre todo lo que encuentre en el camino -afirmó el escritor.

Rodrigo comprendió en ese instante que frente suyo había un hombre que necesitaba respuestas, y se compadeció. Eligió no preguntar. Rodrigo era lo suficientemente inteligente para saber que era su momento de hablar, no de oír.

El proceso de Rodrigo fue silente. Pasó gran parte del tiempo luchando entre las ganas de mandarlo todo a la mierda, largarse del país y empezar de cero; y las infinitas ganas de volver a ella suplicando un innecesario perdón.

– ¿Por qué no lo hiciste? -preguntó el escribidor.

– Porque los problemas también tienen pasaporte y viajan con uno a donde vaya -respondió Rodrigo.

“¡Qué buena frase!” pensó el escritor mientras preguntaba por su proceso de sanación. Claramente estaba más encaminado que Lorena a nivel individual.

Rodrigo contó que empezó a ir a terapia luego del cuarto ‘aniversario’ de su relación, aniversario que no se celebró por obvias razones; pero que sirvió de piedra angular para reestructurar su corazón.

Fueron muchas horas de conversación con su psicólogo, consigo mismo, con su pasado. Fueron momentos tensos donde tuvo que decidir qué hacer con eso que le tocaba como vida.

– Es muy difícil, Rodrigo, lo que me dices es muy complicado; no es así de simple que decides dejar de pensar en qué hubiera pasado si una sola cosa, una pequeña cosa hubiera sido distinta -refutó el escritor.

– Tienes razón -dijo Rodrigo-, pero es eso o no avanzar más.

El escritor volvió a pensar en la segunda frase magistral que había escuchado en media hora. Rodrigo se adelantó para seguir con su descargo antes de que el escribidor lanzara otra pregunta.

– Ojo, fácil no es, no fue y no creo que lo sea nunca. Lorena jamás dejará de ser una de las mujeres a las que más amé, pero ¿qué hago con ese amor si no estaba lista o, peor aún, si no quiso estarlo? -encajó Rodrigo-. Piensa, es como si tuviera una jarra con el mejor vino del mundo y me obsesionara con servirlo en un vaso rajado. ¿Podré tomar de ese vino? ¡No! Y en el fondo no es culpa de nadie, quizá de la terquedad del servidor por servirse en un vaso roto o del vaso por no admitir a tiempo que no podría sostener el vino en su interior.

Al escuchar esas palabras, el escribidor derramó otra lágrima.

– Loco, queda tomar decisiones. ¿Duele? ¡Cómo mierda! Pero al final siempre es lo mejor. Yo he trabajado años en tener un excelente vino y no soy quién para juzgar las rajaduras de Lorena o las de nadie. Amaría verla un día como un bello kintsugi e incluso, si las circunstancias se dan, me encantaría intentar coincidir como jarro y vaso… pero ese es su proceso, esa será su decisión y ahí solo tiene espacio el Gran Guionista para saber qué pasará. Yo solo puedo trabajar en mí, el presente es mi jurisdicción; en el pasado no tengo competencia -finalizó Rodrigo con una sonrisa, pero también con los ojos aguados y nostálgicos.

El escribidor sonrió, agradeció la conversación y preguntó (como a Lorena) si es que, con algunas variaciones de nombres y lugares, podría escribir alguna vez sobre lo que le contaron. Dijo que sí.

Sin saberlo, Rodrigo y Lorena habían tomado (casi) juntos una decisión por primera vez en muchos meses. El escritor sonrió al pensar en esa travesura, pequeña, pero hermosa. Al volver a casa, el escribidor llamó por teléfono a Alonso y le agradeció haber compartido esa historia con él.

“No es tal cual lo que te pasó… pero… ¡tiene un tufo!” -dijo Alonso entre risas, mientras el escribidor comprendía la ironía. En fin, cosas de la vida.

 


 

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7 respuestas

  1. Has expuesto el cuadro de Rodrigo y Lorena con tal claridad que es casi fácil imaginar a la pareja: desde el desgarro en el alma de Lorena, hasta la resistencia a la ralladura que está desarrollando Rodrigo. No es sencillo dibujar un alma con papel y pluma, pero estás bien encaminado en hacerlo

  2. Mi niño grande eres un genio, y saldrás de Lorena aún que ya es tu musa, pero del desamor jiji… creo siento que creces y encontraste en tu escritura para sanar. Sana por amor de Dios, tú dolor me duele y Lorena saldrá a medida que tú lo permitas te amo mi niño

  3. Diosss, por favor que haya III parte!!! Yo quiero seguir leyendo de esa historia!!! 😩
    Mi total admiración mi querido maestro Polar 👏🏻

  4. Excelente relato querido amigo.
    Las personas experimentamos el desamor de distintas formas. Lo importante es saber reconocer lo que valemos y merecemos,

  5. Me recordó a mi misma, con mis respuestas egoístas de “¿y?, así soy yo”, y que ahora lo he cambiado por “enséñame cómo puedo mejorar”. Uno aprende siempre.

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