Siempre he vivido en Buenos Aires, es curioso, sé de mucha gente que se muda; pero, no es algo que me nazca.
Si bien no he viajado, he tenido muchos laburos: trabajé en bares como mozo, de portero en una escuela e incluso trabajé en la construcción.
Nunca me fui de Buenos Aires por el viejo piso que heredé de mis tíos en la nueve de la calle Monseñor Alberti en Palermo, de otra manera es imposible vivir en CABA.
Amo mi piso, es tranquilo, callado y aún está cerca de todo el quilombo que es la ciudad de la furia cuando tiene hambre de caos.
Amo mi barrio, Palermo es un lugar con clase que no llega a la ridiculez de otros, como San Isidro, que simplemente andan en una nube de pedos.
Si bien he tenido muchos laburos, desde hace un par de años soy conserje en un edificio de apartamentos. La política es simple: dueños e inquilinos no se pueden ver, entonces, ahí llego yo.
Es un trabajo intenso, pero también relajado. Hay semanas enteras donde mi máxima preocupación es que el muchacho de la limpieza no me toree; pero, también hay semanas como las de diciembre, donde las cosas se ponen muy jodidas.
La señora Pastrana me llamó temprano por la mañana.
– Roberto, buenos días, sí, el muchacho del 717 me ha llamado de una manera muy extraña. Decía una serie de pelotudeces que simplemente no entendí más que se iba, que dejaba el departamento, que si vos querías podías quedarte con las cosas y que le disculpe la manera en la que se iba. Roberto, haceme el favor y entrá a ver que no haya hecho una locura este chabón.
En el 717 vivía Gerardo, el pibe era artista. Siempre lo venían a visitar amigos estrambóticos, imagino que serían de la movida under ¿qué sé yo?
A veces, Gerardo bajaba al hall del edificio y conversaba conmigo, me comentaba de lo que escribía, de las historias que tenía en mente, de las vidas de sus escritores favoritos.
El pibe era un buen conversador y, en mi opinión, era un buen escritor. Más de una vez me trajo sus manuscritos para revisarlos con él antes de lanzarlo por las redes sociales.
Siempre me pareció un desperdicio ponerlo en internet; pero, él siempre me decía que se trataba de una ventana de oportunidades que él mismo se abría para que lo conozcan.
Las charlas con Gerardo eran divertidas hasta que se hablaba de ella. Su nombre era Camila, y el pibe se me desmoronaba cada vez que hablaba de ella, sobre todo en la última temporada.
¿Viste que hay personas que siempre van y vienen? Bueno, esa era Camila.
De los cuatro años que Gerardo vivió en el edificio, dos años fueron más o menos estables, pero los últimos dos años fueron de visitas esporádicas y luego el pibe sin salir días.
Los repartidores desfilaban por el 717.
Los que sí no desfilaban en esos periodos eran los amigos estrambóticos. Misteriosamente brillaban por su ausencia.
Había veces que yo fingía errores con los repartidores para subir, tocar la puerta del 717 y chamullar un poco al pibe para al menos escuchar su voz, saber que estaba vivo.
Detestaba ver pasar por el hall a Camila cada dos meses durante una o dos semanas, para luego desaparecer… siempre me hacía la misma pregunta ¿sabe lo mierda que se queda este pibe cuando se va?
Nunca pregunté, no era mi asunto, no era correcto; pero, las ganas estaban siempre presentes.
La llamada de la señora Pastrana no me sorprendió. Yo sabía que Gerardo había salido del edificio con una mochila de viaje, se despidió amablemente y se fue.
Lo que no sabía era que no había planes de retorno.
Me ofendió un tanto ¿sabes? Yo lo consideraba mi amigo, era un inquilino tranquilo, pagaba puntual, nunca tuvo problemas con nadie. ¡Una rareza, si me lo preguntan!
– Ingresá al departamento, tomá lo que quieras, empacá el resto y asegurate que todo esté correcto. Si este pibe hizo algún desbande, lo voy a demandar -dijo la señora Pastrana.
Yo hice lo que me indicó. Saqué la llave de repuesto, subí al piso siete, ubiqué el departamento y abrí la puerta.
La escena era extraña. Había cajas en todo el lugar. Parecía que él había empezado una mudanza que no terminó.
Me llamó la atención el orden de las cosas, la gran cantidad de libros que tenía a pesar de ser bastante joven y lo bonito que había distribuido el espacio.
En el cuarto no había nada más que la cama bien tendida y las mesas de noche, dos. No había tele, radio, ni si quiera su ropero.
En la sala había un sillón de tres y un sillón para uno, una pequeña alfombra, una mesa de centro y sus libreros, cuatro distribuidos entre esa salita y su escritorio.
El escritorio sí era un quilombo, torres de cuadernos escritos a mano, papeles sueltos, notas pegadas por todos lados, un cenicero que parecía un volcán y una silla bastante cómoda.
Una de las cosas que más me llamó la atención fue el baño. Nunca vi un baño ocupado por un hombre que esté así de limpio. Esas cosas no son usuales en mi trabajo.
Por lo general, cuando un departamento es ocupado por hombres, suele ser un desastre y el epicentro del desastre suele ser el baño. Este no era el caso.
Volví a dar una mirada general sobre el departamento y me senté en el sillón pensando en qué cosas me llevaría a mi piso.
Definitivamente la biblioteca y los libreros vienen conmigo; los manuscritos, también. El escritorio estaba interesante, me acerqué para verlo a detalle y sí, era de madera pura.
Intenté moverlo; pero, era muy pesado. Empecé a sacar uno a uno los cajones para aligerarlo y en el último cajón de la derecha encontré un sobre.
Adentro del sobre había una carta que decía:
Querido Gerardo:
No sé por qué te estoy escribiendo esto, pero aquí estoy. Quiero pedirte perdón por todo lo que hemos vivido estos años, por todas esas cosas que ya hemos hablado
No sé por qué te digo esto; pero, me voy. Tengo que seguir mis sueños y viajaré al norte con mis tíos en Salta. Conseguí un laburo y bueno, ya está.
Espero que con esto finalmente quede todo atrás, y todo te incluye a vos.
Te amo, nunca en mi vida he amado tanto a alguien y nunca me he sentido tan amada como me amás vos; pero, no puedo seguir adelante con esto.
No puedo seguir intentando ignorar el miedo que me atraviesa al ver las cosas tan serias contigo.
Encima no tienes más que tus sueños de ser escritor y pretender que deje absolutamente todo para acompañarte o no sé bien qué pretendes; pero, no doy más.
Te suplico que por favor no vengas a buscarme, yo estaré bien y espero que tú también. No tengo más el teléfono que tenía y también cambié mi dirección de correo.
Creo que este es finalmente el final. Seguro renegarás de la manera en la que te escribo, y yo no entenderé una vez más por qué te preocupa tanto eso y discutiremos en el silencio de la distancia.
¿Ves? Por eso es que no debemos seguir intentando algo que ya comprobamos que no funciona.
Nunca podré ser indiferente a ti. Dudo que alguna vez deje de amarte, pero, eso es todo. No quiero un tú y yo. Espero que lo entiendas y lo respetes.
Tuya siempre,
Cami.
Simplemente me tumbé una vez más en el sillón frente a tanta boludez concentrada en una sola hoja de papel.
¿Será posible acaso tanta estupidez? Me preguntaba una y otra vez con la carta en la mano. Claramente sí era posible, ahí tenía la evidencia.
En medio de la vorágine de emociones que me generó ‘Cami’, sólo pude pensar en Gerardo ¿A dónde carajos se había marchado?
Ojalá y esté en la Patagonia contando pingüinos o qué se yo, lo que sea menos en Salta. Ojalá y haya cruzado el charco a otro país o que si se fue al norte sea más allá del Ecuador.
Gerardo no se merecía eso, el pibe era un buen pibe y eso es muy raro en estos tiempos donde los hijos de puta cada día ganan más territorio.
Lo que verdaderamente indigna es que los hijos de puta de ayer procuraban ser discretos, buscaban andar tranquilos por la vida siendo unos hijos de puta y el que lo descubría, bien ¿y el que no? también.
Pero ahora, los hijos de puta son descarados, lo anuncian y, es más, alardean de ser hijos de puta… ¡Y la gente lo celebra! ¿Pero nos volvimos todos locos o qué?
Yo estaba en medio de esa catarsis cuando la señora Pastrana me llamó preguntando por el estado del piso 717.
Escuchado a la señora pensé: ¿en verdad sólo te interesa el departamento? ¿no? ¿el inquilino que se desaparece después de cuatro años de la noche a la mañana te chupa un huevo? ¿verdad?
Esas son cosas que pensamos y no decimos, son cosas que deben quedar para uno.
Respiré hondo y le respondí:
– El departamento está impecable. Sólo requiere pintarlo por el desgaste natural, pero todo está bien.
– ¡Qué buena noticia, Roberto! por favor, encárgate de dejarlo listo a la brevedad -señaló la señora Pastrana.
– Por supuesto señora, yo le mantengo informada -terminé.
No me siento bien, no puedo dejar de pensar en Gerardo. Incluso no puedo dejar de sentir lástima por Camila, ojalá y se le resuelvan los quilombos alguna vez.
Pasé semanas dándole vueltas a la situación y decidí abrir la caja donde puse los manuscritos. Ahí yacía uno en particular, era ya una novela.
En la primera página decía: Para Cami, mi Valentina, y precisamente ese era el título de la novela: Valentina.
He terminado de leerla y es la historia que nunca me contó en el Hall, estoy en busca de un editor y una casa que desee publicarla porque el mundo merece leer a Gerardo, y Gerardo merece ser universal.
La novela empieza tal que así: “Sentada en una mecedora de madera vieja, arada por la exposición al salitre del mar azul infinito de Cabo Blanco; Valentina Arias encendió su pipa y bostezó las primeras bocanadas del día…”
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5 respuestas
Wowwww realmente la viví! Excelente relato, ojalá Gerardo pueda superar lo que tenga que superar y perseguir su suelo de escritor.
Joder Fer!!!
Me he quedado pensando con acento argentino!!! 🤣🤣🤣
Qué excepcional el relato de esta semana!!!
Sí, dan ganas de hacerle vudú a la infeliz de Camila por dejar al pibe más santo de BA…
Muy bien escrito, un excelente regalo de Navidad!!!
10/10
Pobre Gerardo 💔
Buenísimo
Siento que ahora Gerardo es mi amigo y siento tristeza por su situación, espero que pueda conseguir una pareja que realmente lo valore.
Una historia muy interesante, también escuché el relato por Spotify y me encantó ese dejo argentino.